
Historia de la sangre derramada
En Matar y morir , editado por Emecé y próximo a aparecer, Vicente Massot revisa dos siglos de violencia política en la Argentina para, a través de las expresiones más bárbaras y fanáticas de nuestra historia, comprender el presente
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Así como el término guerra admite, a tenor de circunstancias de suyo cambiantes, distintas acepciones, lo mismo sucede con su antónimo. Aun cuando paz, por muchas vueltas que se den en su derredor, no supone necesariamente ausencia de guerra. Es cierto que, por economía de términos, guerra y paz no toleran conciliación ninguna. Ahora bien, si nos adentramos en el multifacético y sofisticado campo de la política, pronto caeremos en la cuenta de que, entre los extremos irreductibles, se halla una infinita gama de grises. Dicho con otras palabras: la guerra fría o las situaciones de paz armada están a medio camino entre los dos conceptos antitéticos y plantean, en toda su dimensión, hasta dónde son antónimos sólo relativamente. Por eso parece innecesario explicar, a esta altura de los estudios históricos, que una nación no debe, de suyo, quebrarse geográficamente en dos, como España en 1936; los bandos en disputa reivindicar para sí, exclusivamente, la categoría de autoridad legítima; las facciones enfrentadas, desplegar banderas al viento y amenazarse mutuamente con sendos ejércitos en línea de combate, para que la guerra reciba el calificativo de civil.
Aunque la definición asuste y disguste al mismo tiempo, en la segunda mitad del siglo XX la Argentina sufrió dos guerras civiles. Una fue larvada, con brotes esporádicos pero controlables de violencia. Su naturaleza, entre social y política, admitió siempre, por sobre los antagonismos en pugna, la negociación. Si el concepto se entiende a derechas, cabría decir que fue una guerra civil fría, en la que dirimieron supremacías peronistas y antiperonistas. A pesar del rencor que dividió a los contendientes, la sangre pocas veces llegó al río. Posiblemente, porque los tambores de guerra no sonaron al influjo de ideologías terroristas. El peronismo se asumió como redentor de los humildes sin reclamar el sacrificio de las clases acomodadas ante un altar de sangre. El antiperonismo se dijo defensor de la Constitución y de la libertad pero (salvo por las bombas del 53 y los fusilamientos del 56) no reivindicó una política de exterminio contra sus enemigos. Entre 1945 y 1965, poco más o menos, la violencia política no fue una manifestación ideológica cuya legitimidad descansara en el hecho de obrar como "partera de la historia". Cuando, años después, a caballo del marxismo, la idea de que todo se resolvería con la destrucción del enemigo se enancó en formaciones guerrilleras que asaltaron el Estado, comenzó una segunda guerra civil en la que el otro no fue considerado como un adversario. Ni siquiera como un enemigo. El otro pasó a ser un criminal. El choque, pues, entre las organizaciones subversivas, de un lado, y las Fuerzas Armadas y de seguridad y sus aliados civiles, del otro, no consintió sobrevivientes. La naturaleza del conflicto radicó en que ambos bandos podían recurrir a cualquier medio para aniquilar al contrario. Pero a los efectos de entender en toda su dimensión las características esenciales de esta guerra es menester desandar la historia hasta la llamada "resistencia peronista".
Inmediatamente después de su caída en septiembre de 1955, el movimiento justicialista debió moverse en la clandestinidad. No tardó mucho en reacomodarse y actuar con las armas en la mano. La primera reacción, con suerte adversa, fue la de los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. Luego de que el levantamiento resultara sofocado a sangre y fuego, Perón le dijo a John William Cooke que los responsables no sólo habían actuado en forma desorganizada, sino además unilateral, sin consultarlo. Sus críticas sobre los episodios de junio del 56 no fueron precisamente las de un pacifista. Ni bien pidió y obtuvo asilo en el Paraguay, Perón creyó en la necesidad de vertebrar y armar una estructura clandestina como ariete indispensable de la insurrección popular con la que soñaba. No anduvo con vueltas, al respecto, y ello resultó claro en las cartas que envió a Cooke por lo menos hasta mediados de 1957. "(...) si hay que matar sin remedio, es mejor que ello sea rápido y cuanto antes (...) es necesario que la lucha sea básicamente de guerrillas". Desde entonces, recomendaciones como ésa, escritas en el exilio, nutrieron el estremecedor discurso sobre la violencia en el que Perón no tuvo igual en la Argentina. Dos frases espigadas de las miles que pronunció, no sacadas de contexto, lo ilustran: "La violencia en manos del pueblo no es violencia, es justicia". También aquella: "Al amigo todo, al enemigo ni justicia", que hacía acordar (claro que en otro contexto) al discurso de Simón Bolívar acerca de la culpabilidad de los españoles aunque fuesen inocentes y la inocencia de los criollos aunque resultasen culpables.
En su nuevo papel de conductor estratégico desde fuera del país, Perón consideró que la principal tarea de la resistencia era prepararse para la guerra mediante "la movilización y la organización integral". Sin embargo, para juzgar su actitud frente a la violencia no se lo puede tomar al pie de la letra. Por dos razones: en primera instancia, porque siempre tuvo múltiples interlocutores en punto a su ideología y no es de extrañar que cambiara de libreto según quién fuese el destinatario de sus cartas; además, fue un escéptico de la idiosincrasia del pueblo argentino en la materia. Esto quedó de manifiesto en una misiva verdaderamente única que el 13 de febrero de 1956 remitió a su ex canciller, Hipólito Jesús Paz: "Por el momento no queda otra cosa que hacer la resistencia pasiva caracterizada por acciones insidiosas de todo tipo, como se están produciendo a diario en el país. Esta lucha es apropiada para un pueblo como el nuestro, con poca vocación heroica y poca decisión. Si tuviera que pelear no me haría yo muchas ilusiones pero, teniendo que Ôjoder´, sí le tengo fe. Se trata de acciones individuales ocultas destinadas a presentar una verdadera lucha de guerrillas, en la cual la dictadura no encontrará nunca un enemigo visible, pero el enemigo oculto no la dejará vivir".
La resistencia fue, en principio, la respuesta a la proscripción que el gobierno de Pedro Eugenio Aramburu e Isaac Rojas había fulminado contra el peronismo. Se prolongó más tarde como producto de lo que el justicialismo en general consideró la traición frondicista. Hecha sobre la base de sabotajes, bombas caseras y especialmente huelgas activas y prolongadas, su estrategia resultó inorgánica y, por lo tanto, fallida. Idéntico resultado tuvo el brote guerrillero de los Uturuncos. El 25 de diciembre de 1959, una banda irregular cuyos integrantes llevaban birretes con la sigla MPL (Movimiento Peronista de Liberación), copó la comisaría de la localidad santiagueña de Frías. A diferencia de cuanto iba a suceder en los años por venir, los partisanos estaban uniformados y no se cobraron ninguna víctima de parte de las fuerzas de seguridad. Con todo, la acción duró lo que un suspiro. Sus integrantes fueron apresados y el MPL desapareció de la escena política. En realidad, el primer hecho de relevancia dentro del período que puede ser calificado como "la prehistoria de la guerrilla en la Argentina" se produjo con el asalto al Policlínico Bancario, el 20 de agosto de 1963. Ello, en virtud de tres datos: 1) sus actores principales, "Joe" Baxter y José Luis Nell, resultarían figuras importantes dentro de los movimientos insurrecciónales; 2) las características que tuvo el operativo, tipo comando, y su espectacular saldo, y 3) la saña del grupo, que no trepidó en matar a dos civiles indefensos para alzarse con un botín de 14 millones de pesos de entonces. El episodio conmocionó al país y significó un salto cualitativo en términos de la violencia que venía ejerciendo la resistencia. El movimiento Tacuara, que comandaba Baxter, no estaba encuadrado en el Justicialista, si bien sus integrantes -que militaban en el nacionalismo- se habían acercado al peronismo de manera indisimulada. Además, el asalto reeditó la vieja táctica anarquista de robar y matar, si acaso resultaba necesario, para la consecución de una empresa política, lo que era algo desconocido en el peronismo. Es cierto que Perón, cuando menos en la correspondencia que cruzó con Cooke, pareció abrazar una estrategia de carácter insurreccional que, hasta la conversión de su interlocutor al guevarismo, no se resentiría de ningún componente socialista. De parte de Cooke, el tenor del epistolario cambió a medida que dejaba de lado cualquier anclaje de su temprana formación política y se convertía en uno de los principales abanderados de la causa cubana. Le exigió a Perón, hasta casi desfallecer, que se decidiese a reconocerse como un líder revolucionario socialista y que condujera a sus partidarios a esas orillas ideológicas: "Defina al movimiento como lo que es, como lo único que puede ser, un movimiento de liberación nacional, de extrema izquierda en cuanto se propone sustituir el régimen capitalista por formas sociales de acuerdo a las características propias de nuestro país", Perón, sin embargo, nunca se dignó hacerle caso. No sólo no había sido ni era socialista; tenía otros planes en mente.





