Historia en dos ciudades
Se han cumplido estos días los 200 años del heroico episodio de la Reconquista de Buenos Aires por las fuerzas de Santiago de Liniers, y desgraciadamente ha sido observado a la distancia bajo la neblina del anacronismo histórico. Hemos leído, en efecto, unas cuantas notas periodísticas –no tantas como merece el episodio– y hasta algún libro reciente, y nos encontramos con la sorpresa de que en Buenos Aires casi ni se menciona la participación de Montevideo en el episodio, que le valió de la corona española el título de “muy fiel y reconquistadora ciudad de San Felipe y Santiago”.
Los hechos nos dicen que la expedición de reconquista se organizó en Montevideo en muy pocos días: Buenos Aires cayó en manos de Beresford, casi sin resistencia, el 27 de junio de 1806; tres días después se supo en Montevideo e inmediatamente juntaron 100.000 pesos por los comerciantes; 50.000, los saladeristas y estancieros, y con numerosas donaciones particulares se llegó hasta la importante suma de 252.000 pesos, que permitió equipar la expedición reconquistadora. El 22 de julio, ya se puso en marcha, al comando de Liniers (y no del gobernador de Montevideo que había estado conduciéndola, pues se estimó que éste, Gaspar Ruiz Huidobro, era mejor que permaneciera en su ciudad, ante la amenaza de una posible invasión). O sea que fue todo muy rápido y cuando el propio Liniers llegó a Montevideo se encontró ya con una población enfervorizada y una fuerza presta a marchar. Así se dirigieron a Colonia y el 4 de agosto cruzaron el río en 27 barcos, que conducían nada menos que 1600 efectivos (provenientes de una ciudad de apenas 12.000 habitantes). El empeño era bendecido por el legendario padre Dámaso Antonio Larrañaga, quien ofició una misa campal cuando desembarcaron al norte de Buenos Aires. A esta fuerza se le sumarían unos 500 porteños, de los que habían quedado después de que la milicia voluntaria armada por Juan Martín de Pueyrredón fue aplastada y dispersada por los ingleses en Perdriel, el 1° de agosto.
Más tarde vino lo que vino y es bien conocido: el avance de la fuerza de Liniers, a la que se sumó una vigorosa resistencia popular, y, finalmente, la rendición inglesa. No se puede ignorar este apoyo ciudadano, como tampoco que el asalto y la ocupación británicas no habían generado repulsa en vastos sectores de la opinión porteña.
Como suele ocurrir con las victorias, ésta tuvo muchos padres, y ya entonces los cabildos de Montevideo y Buenos Aires rivalizaron para monopolizar esa gloria, que en Madrid le fue reconocida a la que algún día llegaría a ser capital de la hoy República Oriental del Uruguay. Y con esto tocamos la tecla clave de las interpretaciones argentinistas o uruguayistas, que, impregnadas de anacronismo, pretenden proyectarse sobre el presente en términos de nacionalismos por entonces inexistentes. En 1806 éramos todos españoles, y como tales reaccionamos frente al invasor británico, así como la sociedad de ambas orillas, fervorosamente católica, veía en aquella presencia la irrupción del temido hereje protestante. Así lo dice con mucha claridad un gran historiador, José Carlos Chiaramonte, quien ha indagado como pocos en el proceso de configuración de las nacionalidades (LA NACION, 1° de junio de 2006).
Del mismo modo, en Uruguay poco se recuerda que la liberación, en 1807, después de la segunda invasión, que la doblegó, fue el resultado de que Buenos Aires, triunfante el 6 de julio de 1807, le impuso a la fuerza británica la condición de que se retirara de Montevideo. Es más: Liniers se conformaba con el retiro de los rojos uniformes europeos de Buenos Aires . Fue el otro héroe de la resistencia, Martín de Alzaga, quien exigió el retiro absoluto del Río de la Plata, con la amenaza de pasarlos a todos a cuchillo. Como Alzaga fue españolista y terminó fusilado por la Revolución, se pasa sobre ascuas por el episodio y en Montevideo no hay calle ni plaza que recuerde, con la debida justicia, a quien impuso su liberación, luego de luchar con arrojo y desprendimiento.
De estos episodios surge nítidamente lo que era la comunidad de destino de estas dos ciudades, emparentadas de mil modos, pese a la natural rivalidad portuaria que ya venía de atrás y que generaba en sus comerciantes enfrentamientos constantes. Mirándolos hoy con perspectiva, comprobamos de qué modo se han usado estos acontecimientos para afirmaciones locales reñidas con la realidad histórica. El proceso de afirmación nacional de la Argentina, como el de Uruguay, ha hecho que uno y otro exaltaran su propio protagonismo y deleznaran o relegaran el del otro, en nombre de nacionalidades que entonces no existían y que nadie siquiera imaginaba.
No es anodino subrayar también la trascendencia del episodio de las invasiones inglesas, usualmente narrado como una colorida peripecia de valor cinematográfico. Por el contrario: fue la primera vez que los pueblos del Plata tomaron conciencia de su propia fuerza, al enfrentar nada menos que a la que era la mayor potencia militar de su tiempo, después de la victoria de Trafalgar. Al huir el virrey Sobremonte, tanto en el Cabildo de Buenos Aires como en el de Montevideo, se tomaron, además, decisiones fundamentales, por lo que se asumían papeles inaugurales de gobierno propio. Por otra parte, fue la primera vez que se vivieron en términos prácticos los beneficios del comercio libre, al producirse una afluencia de mercaderías británicas que, con mejor calidad y menor precio, irrumpían con la revolución industrial en estos lares, aún gobernados por el monopolio mercantilista de España. En Montevideo, incluso, fue la primera vez que se vio prensa local, porque La Estrella del Sur, publicada por los ingleses, inauguró el periodismo, con una inteligentísima prédica, que pretendía mostrar los beneficios de la tolerancia religiosa, la libertad comercial y la asociación con una potencia triunfante que no estuviera en decadencia, como la España provincializada por Napoleón…
Aparte de esa relevancia histórica, nos importa alertar sobre ese anacronismo que considera estos hechos en términos de nacionalismos no natos, o aun de rebeliones sociales inexistentes, cuando en Montevideo fue unánime la participación en la Reconquista, y en Buenos Aires los conductores, Santiago de Liniers y Bremont, Martín de Alzaga y Juan Martín de Pueyrredón, representaban al extracto de la elite porteña.
La historia, maestra de la vida, como decía Cicerón, ha de contarse sin pasión ni abuso, pues si imprescindible es la memoria para entendernos a nosotros mismos, nada hay más peligroso que reconstruir el pasado en función de intereses circunstanciales.



