
Historias de los refugiados judíos en la Argentina
Fue una de las presentaciones de libros más sustanciosas a las que asistí durante el año que termina. En la Academia de la Historia, la semana pasada, María Sáenz Quesada dialogó con su colega, la historiadora María de Oliveira Cézar, sobre la investigación que ésta acaba de publicar en Dunken: Los judíos y la Argentina en Francia ocupada (1940-1944). Ese tema es hoy de una actualidad sobrecogedora, como señaló la autora, en la Europa asediada por las oleadas de refugiados que llegan de África y de Asia.
María de Oliveira Cézar vive en Francia desde 1978. Llegó allí como exiliada y se estableció en París, donde revalidó su título argentino y cursó estudios de hispanista de grado y posgrado, lo que le permitiría más tarde enseñar en la prestigiosa École Polytechnique. "Es natural -dijo- que el asunto de los refugiados judíos que trataban de llegar a la Argentina en la década de 1940 me apasionara por mi condición de exiliada."
Sáenz Quesada recordó en la introducción a la charla que había sido compañera de Oliveira Cézar en la Universidad del Salvador y destacó que el abuelo de ésta, Ramón de Oliveira Cézar, había sido cónsul argentino durante el período de la Francia ocupada, por lo que es una de las figuras importantes del libro que escribió su nieta con admirable imparcialidad. "Hace un par de días -dijo Sáenz Quesada- vi en Canal Encuentro una entrevista al historiador Ivan Jablonka, cuyos abuelos murieron en Auschwitz. Él decía que es importante para comprender el Holocausto contar la vida de las víctimas de los campos antes de los campos y no sólo centrarse en el final trágico. María de Oliveira Cézar, en la primera parte de su libro, narra las historias de vida de diecisiete familias, residentes en Francia, que pidieron documentación para ingresar en la Argentina, país neutral hasta 1944 y, por si fuera poco, bien visto por el Tercer Reich. Algunos de los miembros de esas familias habían nacido en la Argentina; otros eran inmigrantes naturalizados argentinos y también estaban los que tenían vínculos con un familiar de primer grado argentino. Cada caso va acompañado por una serie de fotografías de los que reclamaban protección y de sus documentos. La segunda parte de la obra aporta las fuentes en que María se basó para investigar cada caso. Es interesante ver cómo se comportaron los funcionarios que debían atenerse a las normas de los gobiernos argentinos de esa época, que simpatizaban con el Eje."
"Hubo diplomáticos -dijo Oliveira Cézar- como el cónsul Soria, que hizo todo lo posible para proteger a los perseguidos. Lamentablemente murió en 1942. El embajador en Vichy, Miguel Ángel Cárcano, fue otro de los que trataron de favorecer a las familias judías. En cuanto a los cancilleres, el vicealmirante Segundo Storni, militar aliadófilo, fue uno de los que más defendió el regreso de ciudadanos naturalizados."
"El nacionalismo era en ese momento un movimiento contradictorio en la Argentina -observó la autora en su exposición-. Había nacionalistas que no eran antisemitas, así como había aliadófilos que rechazaban a los judíos. Varios de los diplomáticos de tendencia fascista, cuando se dieron cuenta del horror de los campos, trataron de rescatar a los condenados. Para mi trabajo, empecé a buscar información en archivos diplomáticos franceses y argentinos, y luego en los de sinagogas alemanas."
De los documentos citados por Oliveira Cézar, los más impresionantes fueron dos. En primer término, la Circular n° 11, del 12 de julio de 1938 (secreta), firmada por el canciller José María Cantilo, en la que se instruye a los diplomáticos para que rechacen el ingreso de los que pedían pasaporte o visado. Por otra parte, se advertía a los funcionarios que el celo en aplicar esas medidas serviría para evaluar la capacidad en sus puestos. El segundo documento estremecedor es la circular del 11 de febrero de 1941, firmada por el canciller Guillermo Rothe, por la cual sólo podía visarse el pasaporte válido del país de origen de los refugiados, lo que excluía a la mayoría, que era apátrida. A pesar de esas instrucciones, el resultado fue que, de modo legal o ilegal, durante los doce años del nazismo ingresaron en la Argentina más de 30.000 judíos.






