Historieta argentina: hacia a una nueva edad de oro

Diego Marinelli
Diego Marinelli PARA LA NACION
Desde las páginas de aquellas revistas brotaron personajes de profunda raigambre popular
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1 de mayo de 2014  • 11:33

Hubo un tiempo que fue hermoso... Y fue, más o menos, entre las décadas de 1940 y 1980. Durante aquellos años, en la Argentina las revistas de historietas solían llevar a los kioskos decenas de miles de ejemplares (¡por semana!) y constituían uno de los principales estandartes de la cultura popular. No mucha gente sabe que, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, este país fue una las "potencias" mundiales del género de las viñetas, un confín bastante remoto al que, sin embargo, emigraron algunos de los grandes creadores de la época, entre ellos el italiano Hugo Pratt, unánimemente considerado como uno de los mayores autores de cómics la historia y que aquí armó una dupla increíble con Héctor G. Oesterheld, el padre de "El Eternauta".

Aquella edad de oro dejó en la memoria colectiva revistas legendarias como Misterix, Rayo Rojo, Hora Cero, Aventura, El Tony, Intervalo y tantas otras, que (a diferencia de otros mitos editoriales de la talla de Billiken, Anteojito y todo el familión de Patoruzú) apelaban a un público de lectores de jóvenes-adultos, ávido de relatos de aventuras, guerras, épicas gauchescas, fantasías científicas, comedias y romances. Desde las páginas de aquellas revistas brotaron personajes de profunda raigambre popular como Nippur de Lagash, Dago, Lindor Covas. Nombres que poca cosa le dirán a los actuales fanáticos del cómic (encandilados con el manga japonés y los superhéroes), pero que seguramente marcaron a fuego a sus padres y abuelos.

Aquella edad de oro dejó en la memoria colectiva revistas legendarias como Misterix, Rayo Rojo, Hora Cero, Aventura, El Tony, Intervalo y tantas otras

Mucho antes de que la TV y la web se apoderaran de toda la atención, la historieta argentina ofició de vehículo de la fantasía y la lectura entre las masas. Y en torno de esa pasión argentina se desarrolló un candente magma de editoriales, dibujantes, guionistas y productos laterales, que explica el surgimiento de obras de alcance universal como Mafalda y talentos como el propio Quino, Oski, Fontanarrosa, Horacio Altuna, Juan Giménez, José Muñoz y Carlos Sampayo, entre muchísimos otros, que alcanzaron un altísimo reconocimiento fuera de nuestras fronteras.

Por diversas razones (cambios de hábitos del consumo cultural, la eterna crisis económica argentina...), hacia fines de la década de 1980, aquel jardín florido se convirtió en un desierto. Casi la totalidad de las revistas y editoriales cerraron sus puertas. Los autores se sostenían trabajando para "afuera" o directamente emigraron. La llama de la historieta resistía espartanamente en fanzines autogestionados, de nombres como Suélteme, Lápiz Japonés o El Tripero. La historieta argentina, al menos desde el punto de vista de una industria cultural, pasó la década del 90 y los primeros años del siglo XXI prácticamente en estado de extinción.

Las cosas comenzaron a cambiar paulatinamente tras la crisis de 2001. El renacer de la industria editorial local -de la mano de nuevas casas editoras, de carácter pasional e independiente-, le puso otra vez aire en los pulmones a la escena de los comics. Sin prisa y sin pausa, fueron brotando editoriales, autores, comunidades digitales y festivales que acabaron por dar forma a un entramado que hoy es la base de una escena de altísimos vuelos, sostenida por un público cada vez más numeroso y generacionalmente variado.

La historieta argentina renació de sus cenizas. Y no sólo eso: se prepara para vivir una nueva edad de oro

Los datos que reafirman esta hipótesis son unos cuantos. El primero es la conmovedora cantidad de dibujantes y guionistas que aparecen todos los años y su diversidad de estilos, de ideas, de formas de contar. El segundo, la consolidación de editoriales de todo el país que arrancaron su andar casi como una aventura demente -Doedytores, Historieteca, Llanto de Mudo, Loco Rabia, Común, La Duendes y tantas otras- que no sólo sobreviven, sino que cada día lanzan más y mejores títulos, complementando la incansable labor de la venerable Editorial de la Flor e impulsando de alguna manera a que "tanques", como Random House, comenzaran a publicar títulos de grandes autores de la historieta contemporánea internacional. Y, luego, está toda esa serie de multitudinarios eventos dedicados al género, desde los ya clásicos Animate y Viñetas Sueltas, hasta los más recientes Comicópolis (en Tecnópolis) y la ComiCon Argentina (con el guiño del gobierno porteño), que logran movilizar a miles y miles de fanáticos de las más diversas vertientes de la historieta.

Sin hacer demasiado ruido, sin mucha atención de los medios, arrastrada por la pasión de sus creadores y lectores, la historieta argentina renació de sus cenizas. Y no sólo eso: se prepara para vivir una nueva edad de oro. Huele a que sólo es cuestión de tiempo.

* Desde el miércoles 7 de mayo, el autor dictará el curso "Pensar y escribir sobre comics", en el C.C. San Martín, Sarmiento 1551, CABA.

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