
Hong Kong: capitalismo sin democracia
Al comentar el traspaso de la colonia británica de Hong Kong a China, Margaret Thatcher manifestó su optimismo de esta manera: "El comunismo llegó a China en 1949 y, a la larga, caerá. Pekín es tan diferente de lo que era en 1977, cuando Deng Xiao-ping llegó al poder. Empieza a predominar la libre empresa. Esto no se detendrá. China carece totalmente de una historia de libertades. Siempre sufrió tiranías. El desaparecido Deng señaló el camino correcto, el de las libertades económicas. El comunismo desaparecerá por completo con la propagación de las libertades económicas".
Mao murió en 1976. Al año siguiente, Deng inició una larga marcha de liberalización económica y política. Fue en medio de este clima que Margaret Thatcher, por entonces jefa del gobierno británico, firmó con Deng la Declaración Conjunta de 1984 que aseguraba la devolución de Hong Kong a China el 30 de junio de 1997 a cambio de la promesa de que a la ex colonia británica se le permitiría conservar sus rasgos peculiares.
¿Cómo sería esta condición especial? Primero se supuso que Hong Kong continuaría siendo una democracia capitalista en medio de un país que, si bien evolucionaba hacia la democracia y el capitalismo, todavía no los tenía.
Pero en 1989 Deng reprimió brutalmente las urgencias democráticas de los estudiantes en la plaza Tiananmen. A partir de ese momento, la China de Deng se redefinió como una autocracia capitalista. Esta es la China que hoy recibe en su seno a Hong Kong. La primera medida de los nuevos dueños ha sido sustituir la legislatura democrática de Hong Kong por otra designada "a dedo" desde Pekín.
Pese a esta brutal mutilación, Thatcher está contenta. Deng siguió, afirma, "el camino correcto". Su hipótesis es que, si el capitalismo continúa en la autocrática China, a la democracia le llegará su turno tarde o temprano porque "esto no se detendrá". Cuando China sea una democracia, Hong Kong también lo será.
Las declaraciones de la ex primera ministra inglesa vienen a desmentir el lema que presidió el traspaso de soberanía del lunes último. Se repitió el dicho de Deng de que, con la readquisición de Hong Kong, China pasaba a ser "un país con dos sistemas". No hay tal. Hay un solo país y un solo sistema: la autocracia capitalista. Hong Kong, que era una democracia capitalista, ha dejado de serlo.
La autocracia capitalista es una de las dos salidas del subdesarrollo. Cuando un país vive en medio del subdesarrollo, le es imposible adquirir al mismo tiempo la democracia y el capitalismo. El subdesarrollo consiste precisamente en esta impotencia. Si un país subdesarrollado empieza por admitir la democracia, en las primeras elecciones no ganará el desarrollismo económico, porque fuertes tradiciones anticapitalistas lo impedirán.
Tendrá, por consiguiente una democracia no capitalista hasta que a través de un difícil aprendizaje colectivo la mayoría del pueblo termine por reconocer que el anticapitalismo no es viable. Sólo a partir de ese momento se abrirá el camino de la síntesis democrático-capitalista que caracteriza a los países de vanguardia.
En el otro extremo, puede ocurrir que el país empiece por la vertiente económica del desarrollo, pero en este caso será un dictador quien imponga las leyes del mercado a un pueblo todavía renuente como si le diera un remedio a un niño. Sólo después, cuando las bondades del capitalismo resulten evidentes a la mayoría, podrá intentarse desde esta otra punta la síntesis democrático-capitalista.
¿Qué hay que buscar primero? Deng, como Pinochet en Chile, Franco en España, Park en Corea y Chiang Kai-sheck en Taiwan, antepusieron la reforma económica a la reforma política. Esta es la opción que aplaude Thatcher. Esta forma de despotismo ilustrado ha sido la regla predominante en los países en vías de desarrollo. Pero ha habido importantes excepciones. Entre ellas, la Argentina y Brasil.
Reconozcamos de todos modos que la Argentina y Brasil intentaron primero la prioridad económica. El Brasil de los generales de 1964 a 1985; la Argentina de Onganía-Krieger Vasena y de Videla-Martínez de Hoz entre 1966 y 1980, quisieron ser sin lograrlo "despotismos ilustrados". Sólo después, ambos países cambiaron de signo.
En 1983, cuando volvió entre nosotros la democracia, la reforma económica no figuraba entre las prioridades de los votantes ni de Alfonsín. La hiperinflación y el colapso de los servicios públicos de 1989-1990 resultó un curso acelerado de aprendizaje popular acerca del estatismo. Y así ocurrió el milagro de 1991-1993-1995, cuando el pueblo apoyó en elecciones sucesivas el remedio amargo pero efectivo del ajuste económico.
Brasil siguió un curso comparable. Después de los fracasos de Sarney y Collor de Mello, Itamar Franco encomendó a Fernando Henrique Cardoso la conducción económica. Comenzó el ajuste económico "a la brasileña", esto es, gradualmente. Cardoso ganó las elecciones presidenciales y tiene la reelección en el bolsillo gracias a eso.
La Argentina y Brasil han demostrado que existe una alternativa al despotismo ilustrado en los países en vías de desarrollo: la democracia en estado de aprendizaje. Este camino ha sido relativamente breve en el Mercosur y mucho más largo en la India, que acaba de descubrir el capitalismo tras casi medio siglo de democracia. Ha sido accidentado en la Rusia democrática de Yeltsin, que también se encamina hacia el capitalismo en medio de hambrunas y de mafias. Menos traumático fue el aprendizaje capitalista de las democracias de punta de lo que fue hasta 1989 el imperio soviético en Europa Oriental: Hungría, la República Checa y Polonia.
Empezar por la democracia es mejor porque así se salvan valores esenciales que el despotismo ilustrado posterga. Pero también es verdad que en China, como dice Thatcher, "nunca hubo libertades; siempre tiranía". Lo que hizo Deng y aplaude Thatcher probó ser práctico. La economía china avanza a pasos agigantados. Los muertos de Tiananmen y los prisioneros políticos que todavía pueblan las cárceles de los sucesores de Deng, ¿eran en todo caso un precio inevitable?
Malvinas y Hong Kong
En la Declaración Conjunta de 1984, Thatcher no exigió que fuera preservada la voluntad democrática de los más de seis millones de ciudadanos de Hong Kong. La democracia fue sacrificada al capitalismo. Esta actitud contrasta con la defensa ardorosa de la primera ministra de la voluntad democrática de los dos mil habitantes que pueblan las islas Malvinas. La Argentina siempre argumentó que dos mil personas no configuran un pueblo; que no tienen, por ello, derecho a la autodeterminación. Pero el principio democrático que Thatcher esgrimió en favor de un mínimo pueblo hasta ir a la guerra en las Malvinas, lo ignoró pura y simplemente ante los seis millones de personas que habitan Hong Kong. ¿Cómo explicar este contraste?
Hay una razón jurídica en favor de Thatcher: que en 1898 se había firmado un tratado en virtud del cual China concedió Hong Kong a Londres por noventa y nueve años. Este plazo acaba de vencer. ¿Valía ese tratado contra la voluntad de un auténtico pueblo de seis millones de personas? Valían, en todo caso, los cañones. Mientras las Malvinas probaron ser defendibles militarmente, Hong Kong a todas luces no lo era. La política internacional es una mezcla variable de principios y cañones. Con cañones, Thatcher pudo alegar que era democrática en Malvinas. Sin ellos, fue pragmática en Hong Kong.





