
Hora del hombre cosificado
Por José Isaacson Para La Nación
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La cosificación del hombre se ha convertido en un proceso que la civilización contemporánea aumenta exponencialmente. Proceso que en tiempos de la llamada globalización traspasa los límites imaginables.
En Masa y poder (1960), afirma Elías Canetti: "Una aparición tan enigmática como universal es la masa que de pronto aparece donde antes no había nada". Se puede objetar ese "de pronto", pues con esa locución subestima el proceso socioeconómico y cultural que es el correlato del proceso histórico. La afirmación de Canetti nos remite a una célebre discusión entablada por los sofistas _y de esto pasaron veinticinco siglos_ cuando intentaban responder a la pregunta acerca de cuántos granos de trigo se necesitan para formar un montón de granos.
Más cerca de nuestros días, el modesto aborigen que firma estas líneas sostuvo en La revolución de la persona ( 1980) que "la sociedad de masas es un emergente de la explosión demográfica surgida, a su vez, del desarrollo de los medios de producción. Éstos han contribuido, por un lado, a la elevación de la calidad de vida y, por el otro, a generar contradictorios problemas sociales", como la masificación del pueblo y la creciente oposición entre el individuo y la persona.
Los altares del marketing
En la sociedad masificada predomina la presencia de hombres cosificados. Cosificación que se ha convertido en el núcleo ideológico del populismo. En esta hora social, la obra de arte suele adquirirse por su valor como inversión y no por su valor estético, y hasta los libros son considerados meras mercancías. Muy pocas actividades humanas escapan de la cosificación en el mundo globalizado.
Ni siquiera el deporte, tradicionalmente considerado como una actividad lúdica, elude la teología del mercado que oficia en los altares del marketing .
El clásico "el dinero no tiene olor" y la sacralidad del becerro de oro mantienen su perversa vigencia y contribuyen a la cosificación del hombre. Si antes solía decirse que la naturaleza imita al arte, hoy cabe afirmar que es la sociedad la que lo imita. En una nota publicada en la sección Deportes de La Nación , sus autores recordaron oportunamente El centroforward murió al amanecer (1955), de Agustín Cuzzani, obra en que el protagonista es vendido como si se tratara de una mercancía. ¿Qué otra cosa que un mecanismo es ese operario de Tiempos modernos (1936), encarnado por el ya legendario Carlitos, que enloquece luego de una larga jornada de trabajo en la que debe repetir un mismo movimiento al servicio de una cadena de producción en serie?
Sublime emoción del gol
La cosificación de las masas es resultado de un sistema y no de una vocación libremente elegida. Por todos los medios a su alcance, el sistema vigente procura apartar la atención de la ciudadanía de la solución de los problemas sociales. Comienza por destruir los sistemas educativos e hipnotizar al pueblo con espectáculos que lo distraen, pero que de ningún modo contribuyen a cubrir sus necesidades básicas.
Hasta el más popular de los deportes, "el fútbol, pasión de multitudes", es utilizado al servicio del sistema. Igual que en el caso del centroforward de Cuzzani, los jugadores profesionales se compran y se venden como si fueran cosas. Incluso en estos días se habla de una subasta de jugadores. En un verdadero giro involutivo hacia el pasado, nuevas formas de esclavitud se encubren en lo que debería ser una práctica y un espectáculo regocijantes.
De un modo perverso, en torno a los héroes del ring , de la raqueta o de la sublime emoción del gol (poética expresión de un cronista inspirado que, aunque leída en nuestra adolescencia todavía recordamos), sin agotar la nómina de desvíos posibles, todos los caminos son aptos para mantener el inmovilismo social e impedir que la sociedad de masas se convierta en una comunidad de personas.




