
Humanistas con responsabilidad
Por Alfredo Vitolo Para LA NACION
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Desde que los griegos descubrieron al hombre como medida de todas las cosas, comenzó un proceso de valoración de lo humano en relación con la libertad, la naturaleza y la cultura. Sobre esos conceptos se estructuraron la filosofía, el derecho, las ciencias, las artes y la política.
Esas ideas encontraron en Roma, durante la República, su consagración definitiva al considerarse al humanismo como la contracara de lo bárbaro. Posteriormente el cristianismo les incorporó a esos conceptos un nuevo y fundamental elemento: la vinculación del hombre con un Dios único. Durante la Edad Media, se abandonaron las concepciones griegas y romanas, considerándose lo humano sólo a partir de ideas religiosas y morales.
Alrededor del 1500 de nuestra era se revalorizaron en Europa las concepciones de la antigüedad en lo que se autodenominó Renacimiento. Se volvió a estimar la humanitas , entendida como todo lo que se desarrolla en el hombre integralmente considerado, teniendo presentes sus obligaciones con la sociedad e independientemente de consideraciones religiosas. La reforma protestante y la contrarreforma católica hicieron sus aportes en relación con la posición del hombre frente a Dios, en lo que se denominó humanismo cristiano.
A fines del siglo XVIII, sobre la base de las doctrinas de Rosseau y la filosofía de Kant, que considera a todos los hombres iguales en tanto son sujetos morales, se fue estructurando la sociedad moderna. La independencia de los Estados Unidos, su Constitución, que garantiza los derechos individuales; la Revolución Francesa, que consagró los derechos del hombre y el ciudadano, y la revolución industrial marcaron un cambio fundamental y dieron paso a un nuevo humanismo que quedó definitivamente instalado en la sociedad occidental durante el siglo XIX, bajo la denominación de humanismo liberal.
El siglo XX fue el tiempo del materialismo, cuya máxima expresión fue el comunismo. Sostenía que se daban las condiciones para el desarrollo de una sociedad humanista sin clases sociales y donde se privilegiaba el interés de la comunidad. El comunismo terminó en 1990, con el desmembramiento de la Unión Soviética y sus satélites, por lo que a fines de ese siglo se consolidó como triunfante el humanismo liberal, basado en la democracia como sistema político y el capitalismo como sistema económico estructurado alrededor del mercado.
Ahora, en estos años iniciales del siglo XXI, si queremos un mundo más equitativo, más justo y más igualitario debemos comenzar por diseñar un humanismo responsable que reemplace al liberal, que está agotado, priorizando ciertos valores. Esta concepción ya ha sido expresada con claridad por el Concilio Vaticano II. Allí se señaló: "Somos testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia".
Para consolidar ese nuevo humanismo es necesario empezar por construir la paz, promoviendo el diálogo y combatiendo al fundamentalismo fanático que genera el terrorismo y el relativismo, que desecha los valores fundamentales. Debemos profundizar las relaciones entre todas las culturas, civilizaciones y religiones del mundo, privilegiando el respeto a las creencias de los otros.
Las naciones, por diferentes que sean en sus concepciones, tienen la obligación de alcanzar una convivencia armónica, solidaria y pacífica. Las ideas no se imponen por la fuerza, sino por la persuasión, y ello exige tolerancia y diálogo con los que piensan distinto.
Debemos propender también al establecimiento de sistemas políticos que garanticen los derechos individuales y afiancen los derechos sociales, pero sin tratar de imponer coactivamente modelos institucionales ajenos a otras culturas y civilizaciones. Esto es tarea de todos los hombres, pero la mayor responsabilidad les cabe a los sectores dirigentes. La autonomía de la política no justifica actuar sobre la base de normas de conductas ajenas a la moral y la ética.
Por otra parte, frente a un capitalismo de mercado como el actualmente vigente, debemos replantearnos el problema del desarrollo, concibiéndolo no como un tema exclusivamente económico, sino también como una concepción integral al servicio del hombre y destinado a reducir las diferencias y las desigualdades existentes.
Los bienes producto del trabajo de la tierra o los creados por el hombre están destinados a todos los seres humanos para una vida digna, cualquiera sea su condición, raza o religión, por lo que debemos estimular el trabajo y profundizar la caridad, concebida no como la limosna humillante que dan los que tienen, sino como un acto de justicia de un compartir fraterno, tal como lo señaló Juan Pablo II. Sólo a partir de ese nuevo humanismo responsable podremos construir un mundo mejor, en paz, más igualitario y justo.






