
Hussein: el legado de un rey prudente
Por Julio Crespo
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EN 1991, cuando la negativa de Saddam Hussein a retirarse del territorio ocupado de Kuwait desencadenó la guerra del Golfo, la actitud del rey Hussein de Jordania en apoyo de Irak fue criticada por congresistas y funcionarios del departamento de Estado. En ese momento, me asombró no escuchar en Washington, ni aun en círculos académicos familiarizados con el Medio Oriente, un análisis más comprensivo de la conducta del monarca.
Más sorprendente es que todavía hoy, cuando están por cumplirse ocho años de aquella guerra y el rey de Jordania muere, se siga mencionando aquel respaldo a Irak como uno de sus grandes errores.
Otra era la opinión que en esos momentos tenían el presidente Bush y sus colaboradores más cercanos. Como en otras ocasiones en el curso de su largo y difícil reinado, Hussein había optado por la conducta que, al asegurar su estabilidad, beneficiaba a sus aliados occidentales.
En la población de Jordania -en su mayoría, de origen palestino- la insensata aventura de Saddam Hussein al invadir Kuwait y desafiar a los Estados Unidos despertó una ola de fervor nacionalista y de identificación con el dictador iraquí. Ir contra la voluntad del pueblo hubiera podido significar el fin de la monarquía jordana y la pérdida para Occidente de su aliado más confiable en la región y del participante más entusiasta en el proceso de paz. Al no oponerse al sentimiento popular, Hussein estuvo en condiciones de controlarlo y encauzarlo de manera no peligrosa para su gobierno o para su país.
Una dura escuela
Hussein había desarrollado esta habilidad para navegar en medio de las tormentas después de un largo aprendizaje, iniciado al ser proclamado rey, a los 17 años, y continuado en medio de guerras, atentados contra su vida y conatos de golpe de Estado. Sufrió su mayor derrota en 1967, cuando se unió al ataque de otros países árabes contra Israel y como consecuencia perdió el territorio de Cisjordania y la mitad oriental de Jerusalén. También perdió lo mejor de la Legión Arabe, la fuerza de elite adiestrada por oficiales británicos.
La clave del éxito de este monarca, que logró hacer un Estado viable de una combinación de tribus beduinas y refugiados palestinos y mantener un ritmo sostenido de crecimiento económico en un territorio casi desprovisto de recursos, está tal vez en la prudencia con que supo armonizar sus intereses personales con los de su país y los de sus aliados occidentales. La estabilidad y el progreso de su país, el desarrollo de un modus vivendi con Israel y la preservación de su monarquía frente a las amenazas internas y externas formaban un objetivo indivisible en el que todos coincidían.
La importancia de su papel en la diplomacia del Medio Oriente creció a medida que otros actores más provocativos iban desapareciendo o perdiendo gravitación. El fin de la Guerra Fría trajo por fin esperanzas de llegar a acuerdos de paz duraderos en la región, y a partir de ese momento Hussein fue una figura central de las negociaciones.
La oración fúnebre que pronunció en el entierro de Yitzak Rabin mostró hasta qué punto el monarca estaba comprometido con la idea de la paz.
Pero acaso el momento más estelar de su gestión en todo el proceso haya sido el encuentro que en octubre de 1986 tuvo en Washington con Benjamin Netanyahu, Yasser Arafat y el presidente Clinton. El motivo de la convocatoria era tratar de evitar que la decisión de Netanyahu de abrir un túnel histórico en Jerusalén sin consultar a los palestinos entorpeciera las conversaciones de paz. Estaba pendiente además el acuerdo sobre una fecha para completar las negociaciones sobre Hebrón.
Frente a la reticencia de Netanyahu, Hussein lo acusó de atenerse a posiciones extremas en la letra y el espíritu. "Lo que necesitamos, señor -dijo en ese momento-, no es la arrogancia del poder, sino la visión que Ytzak Rabin tenía. Quizá algún día llegue a tenerla usted también. Pero el día de hoy fue un triunfo para los extremistas y los agitadores."
La paz y la cultura del odio
Las noticias de la última semana, antes del quebrantamiento definitivo de la salud del monarca, dieron cuenta del drama palaciego desarrollado alrededor de la sucesión. Parece claro que la intención de Hussein siempre había sido que el heredero fuera alguno de sus hijos. Pero, como en tantos otros asuntos, en éste también prevaleció la prudencia. Ya en 1962 había nombrado sucesor a su hijo Abdullah, poco después de su nacimiento. Pero tres años más tarde, ante amenazas internas y externas a la estabilidad del país, transfirió ese título a su hermano Hassan.
En mayo próximo comenzarán las negociaciones sobre los aspectos más difíciles del proceso de paz: el status definitivo de los palestinos (la cuestión de la soberanía) y el futuro de Jerusalén. Uno de los grandes protagonistas no estará allí. Aun después de resueltas estas cuestiones quedará por delante un largo trabajo, que no pueden cumplir las negociaciones entre jefes políticos. Pasará mucho tiempo antes de que pueda borrarse una historia de hostilidad, continuada de generación en generación y exacerbada por guerras y ocupaciones de territorios. La cultura de la paz deberá reemplazar a la cultura del odio.





