
Ideas para un futuro cercano
Indro Montanelli
1 minuto de lectura'
MILAN.- UN joven me escribe: "Supongo que a su edad la vida acaba siendo prisionera de los recuerdos. Pero, ¿tiene usted proyectos para el futuro? Y, sobre todo, ¿en qué futuro cree? Yo soy más bien pesimista y temo que mi generación -tengo 25 años- se desilusionará de este obtuso y estúpido consumismo, carente de vigor y privado de imaginación".
Querido joven, ¡no y no! A tanto pesimismo tengo derecho yo, que me lo he ganado en más de noventa años de errores y de desilusiones. Pero tú, a veinticinco, todavía te lo has de ganar. Pero, ya verás, se llega a él en un instante, porque el tiempo tiene esta especialidad: que cuanto más se alarga más breve se hace.
En reserva para el futuro yo no tengo absolutamente nada porque en el futuro no creo. Y no creo en él no sólo por razones de edad, que no me permite medirlo más que con el metro, más que con los años y los meses: desde hace un tiempo yo creo que soy un tipo que abusa de la vida. No creo en el futuro también y sobre todo porque en el futuro como yo lo imagino -esperando equivocarme-, una palabra como la mía no puede encontrar ningún eco y está destinada a morir conmigo. Este es uno de los dos motivos que me han impedido abandonar el periodismo para dedicarme a la recapitulación de todo lo que he visto y oído. El otro motivo es que no he logrado encontrar el lenguaje del libro que me proponía escribir y que quería ser el de un testigo. El testigo se transformaba en protagonista, o sea, aquello que nunca he querido ser y que más aborrezco.
El mundo de mañana será precisamente esto: un mundo destinado a vivir en una sola dimensión, el futuro precisamente, lo que convertirá en cada vez más muerto el pasado y más efímero el presente.
En cuanto a tu previsión del advenimiento de una sociedad en la que cuentan sólo el bienestar y el consumismo, que mata cualquier impulso noble o cualquier ideal, lo comparto, pero sólo en parte. ¿Recuerdas lo que sucedió en Francia cuando (1830) subió al trono Luis Felipe de Orleans? El país, desangrado y económicamente exhausto después de la veintena de guerras napoleónicas, aspiraba sólo a la paz y al bienestar. El nuevo rey lo prometió. "¡Franceses, enriqueceos!", fue su lema, seguido de los hechos.
Pienso que del bienestar también nuestros nietos y bisnietos acabarán por cansarse. Pero en provecho de qué ideales, no logro imaginarlo. Esperemos que no se parezcan a aquellos que después llevaron a los franceses a la derrota de Sedán. Cómo sería una guerra del año 2000 no me atrevo a preguntármelo. Ni a preguntarme cómo será un mundo que ha hecho imposible la guerra. ¿Con qué la sustituirá?






