
Inconductas deportivas
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ES obvio que triunfar es la meta esencial de los deportistas. Nadie entra en el campo de juego con la intención de sufrir un traspié. Pero tampoco cabe duda de que el deportista pule por completo su condición de tal cuando -parafraseando un dicho célebre- sienta ejemplo de que ha aprendido a reprimir su cólera, a ser tolerante con sus compañeros y adversarios y a llevar con altura un semblante alegre bajo el desencanto de un revés.
No puede pasar inadvertida, pues, la conducta negativa de Adolfo Cambiaso, uno de los ocho protagonistas del encuentro final del Campeonato Argentino Abierto de polo, jugado el sábado último en Palermo, donde se congregaron 16.000 espectadores y transmitido por televisión a muchos otros países.
Se trató de un cotejo vibrante, sin concesiones y hasta si se quiere con ciertas jugadas más bien ásperas. Durante algunos pasajes de la confrontación se advirtió que el mencionado polista reprobaba las decisiones de los jueces y les dirigía reproches a sus compañeros de equipo. Por último, segundos antes de que terminase el partido, quien es uno de los más notables jugadores locales de la actualidad y de todos los tiempos, le dio rienda suelta al incomprensible arrebato de arrojar al piso el casco protector y el taco, lo cual le puso imprevisto punto final a una jornada que no se merecía tan reprochable epílogo.
El polo -igual que el rugby, por ejemplo- está asimilando las consecuencias del paso del amateurismo al profesionalismo. Cambio positivo en más de un sentido, por cierto, pero que también ha desnudado ciertos aspectos negativos que dañan la imagen del deporte en que la Argentina posee reconocida superioridad mundial.
No hay justificativos para la actitud intemperante de Cambiaso. El 10 de handicap y poseedor de una lucida trayectoria deportiva tendría que tomar conciencia de que por esas mismas razones su comportamiento debería ser siempre ejemplar.
Y tanto más por el hecho de que la indisciplina se contagió a la mínima porción de espectadores que abucheó e insultó a los polistas que se disponían a ejecutar tiros penales.
Hasta hace pocos años, esas demostraciones de inconducta eran impensables en deportes tales como el polo, el rugby y el tenis. Ahora, según se puede comprobar a simple vista, son harto frecuentes. Anomalía que podría ser erradicada, para bien del deporte, si sus autoridades, los deportistas y el público se preocupasen, sencillamente, por respetar y hacer respetar las pautas propias de la buena conducta.





