Inseguridad: el problema nacional

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
Es el miedo número uno, entre ricos y pobres. El cuco nocturno que puede dañar gravemente a nuestros hijos
(0)
6 de mayo de 2014  • 00:08

Pueden discutirse muchas cosas en torno a la inseguridad: si es una sensación o una realidad, si es una exageración de los medios, si es producto de la pobreza o la injusticia, si se debe a la delirante superpoblación de Buenos Aires y su conurbano en medio de un país de espacios abiertos, vastas llanuras, grandes ríos y sierras desiertas. Pero lo que no puede discutirse es que, para el pueblo argentino, la inseguridad es el primer problema nacional.

El miedo número uno, entre ricos y pobres. El cuco nocturno que puede dañar gravemente a nuestros hijos (todos noctámbulos) y que nos mantiene a nosotros mismos, padres de familia, recluidos en nuestras casas enrejadas.

No tenemos miedo de que nos roben el celular, la billetera, el llavero, la notebook o el auto, porque todo eso ya nos lo robaron. Tenemos miedo de que nos maten, aun entregando nuestros bienes. Miedo al crimen. Y cuando una chica de 15 ó 17 años resulta asesinada a patadas y trompadas por una turba femenina, en castigo por ser linda y coqueta...tenemos la sensación de que la violencia está descontrolada, más allá de los gobiernos, los partidos políticos y los códigos penales.

No tenemos miedo de que nos roben el celular, la billetera, el llavero, la notebook o el auto, porque todo eso ya nos lo robaron. Tenemos miedo de que nos maten

Aquí vamos a intentar algunos aportes a este interrogante: ¿Cómo se explica el crecimiento de la inseguridad, criminalidad, violencia o como la quieran llamar? Los políticos y periodistas de distinto perfil, aparentemente, no entienden lo que pasa.

Falta de religión. Desde los años 60 en adelante, la gente ha perdido fe en la religión de sus mayores. Los católicos practicantes son cada vez menos, a pesar de la evidente popularidad del papa Francisco. Lo mismo sucede con los judíos e islámicos. Cuando éramos adolescentes (entre los 12 y los 18 años) imperaba entre nosotros un cierto terror al pecado. Significaba ir al infierno, ofender a Dios, faltar a nuestros padres. Nosotros nos lanzamos, primero, a practicar la libertad sexual, que consistía básicamente en acostarnos con nuestras novias, y después terminamos batiendo todos los otros tabúes: también se podía robar, mentir, incluso matar. En mi caso personal, mis padres fueron ateos, pero me transmitieron una conciencia moral llena de imperativos. La mentira desquicia tu mente, el dinero ajeno quema en tus manos como una brasa, la vida del otro no debe perturbarse. Yo diría que fueron moralistas ateos á la José Ingenieros. De modo que mi adolescencia no resultó muy distinta a la de otros compañeros de colegio, ansiosos de hacer mil cosas que no debían hacerse. Y bien: la vida nos ha demostrado que todo lo prohibido está al alcance de la mano, y a veces resulta divertido. ¡Dios nunca castiga!

Antes se usaba una expresión muy gráfica: "las personas temerosas del Señor" cuidaban muy bien su conducta porque tenían miedo de Él. Ya no. Las creencias religiosas de hoy son más bien una señal de identidad, una secuencia de ritos y costumbres, una herencia de familia. Pero cualquiera es capaz de cualquier cosa, buena o mala.

Falta de educación. Muchas personas pensantes creen (y tal vez tengan razón) que la enseñanza primaria y secundaria ha perdido rigor. Lo delatan las monstruosas faltas de ortografía, vocabulario y sintaxis de las personas públicas, su evidente costumbre de no leer los diarios, ni mucho menos un libro cualquiera o una revista. Una bailarina, por ejemplo, queriendo expresar que la integrante de un jurado de danza la trataba con aire amenazador, le advirtió en cámara: "¡Me estás haciendo bowling!". Quiso decir bullying, que tampoco correspondía a la situación, pero le andaba más cerca. En general, se percibe que un 50 por ciento de la población está integrado por analfabetos funcionales. No entienden lo que leen, lo que dicen, lo que piensan. ¡Es eso! No entienden lo que piensan. Y, sin embargo, hay que reconocer que nuestros tatarabuelos y los padres fundadores de este país también fueron, casi todos, analfabetos. Sin embargo, no resultaron canallas ni ladrones: sólo honrados trabajadores, que nos dejaron en herencia una familia constituida.

Entonces: la educación está en crisis, pero una sociedad de burros puede ser perfectamente feliz.

El muchachito que sólo posee un par de zapatillas gastadas ve desfilar los autos fastuosos, los yates magníficos, las mujeres sensuales, las mansiones iluminadas...

Falta de igualdad. En las grandes ciudades se agolpan los muy pobres y los muy ricos. El muchachito que sólo posee un par de zapatillas gastadas ve desfilar los autos fastuosos, los yates magníficos, las mujeres sensuales, las mansiones iluminadas, las noches con champagne... todos los detalles de una riqueza obscena. Excluido de la buena vida, enfermo de envidia y resentimiento, consigue un revolver y sale a robar. Este cuadro se desmiente solo porque, en realidad, los criminales son ricos. Alquilar un arma por un día sale caro, los vehículos de la flota delictiva son hiperveloces, las ganancias se miden en miles de dólares, los aguantaderos quedan en Puerto Madero o Las Cañitas, no en Lugano.

Falta de límites. Vivimos en el mundo del "yo quiero". De alguna manera, se ha establecido en los últimos 50 años (y algunos lo confunden con democracia) que cada ciudadano tiene el sagrado derecho a hacer todo lo que le dé la gana. Los piquetes (manía social incorporada desde 2001) son una buena muestra del fenómeno. Yo quiero que me conecten a la luz eléctrica, aunque no tenga la propiedad legal del lugar donde vivo. Entonces, para obligarlos a que me den lo que yo quiero, corto la calle e impido la circulación de todos. Claro que es una acción violenta e ilegal, pero no me dejan otra salida. Además, la policía tiene miedo de reprimirme y mira para otro lado. No me importa que el atasco aniquile a niñitas agonizantes, obreros que necesitan trabajar o familias angustiadas. Nada importa, porque yo quiero algo que no me es otorgado, y en ese mismo instante, se viola la "democracia".

Curiosa respuesta de un motoquero a las preguntas de un periodista, acerca de una nueva ley que impediría viajar de a dos en una moto, en un intento de frenar el azote de los motochorros: "Yo no estoy de acuerdo con esa ley, y por lo tanto no la voy a cumplir. ¡Estamos en democracia!". En otras palabras, la democracia consistiría en el imperio del yo quiero, sin límites. Las leyes sólo serían obligatorias para aquellos que están "de acuerdo" con ellas.

El único camino hacia una vida mejor es la conciencia moral. El imperativo de la honradez. La vieja y sencilla decencia

Nos atormentan ciertos pequeños males sociales que otras naciones han resuelto hace años: los trapitos, los barrabravas del fútbol, los festivales de música que se organizan en el centro de las ciudades para tortura de todos sus habitantes, la hipertrofia de los ruidos molestos (bocinazos, alaridos y maldiciones a toda hora) el merodeo, la ebriedad en público...Al final, el forúnculo se convierte en tumor canceroso. Ya no sabemos qué hacer.

Se acerca el final de esta nota, y no hemos avanzado ni un centímetro. No sabemos bien lo que pasa y mucho menos cómo arreglarlo. Es la famosa inseguridad.

Volvemos al punto donde comenzamos: el único camino hacia una vida mejor es la conciencia moral. El imperativo de la honradez. La vieja y sencilla decencia. Aquello que proclamaban nuestros bisabuelos: "Puedo ser ignorante, anónimo y pobre como una rata, pero mantendré siempre la callada dignidad de un príncipe".

No parece tan difícil.

ADEMÁS

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.