Inteligencia artificial, vínculos reales

La tendencia a establecer lazos emocionales con robots abre preguntas inquietantes sobre la sociabilidad actual
La tendencia a establecer lazos emocionales con robots abre preguntas inquietantes sobre la sociabilidad actual Crédito: Zackary Canepari/NYT
Fernanda Sández
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3 de marzo de 2019  

Ustedes vieran, cuánto encanto junto. La corte, cuentan, asistió al espectáculo en un estado no muy habitual: el de perfecta mudez. Los Jaquet Droz, padre e hijos, habían traído al palacio tres extraños invitados: ella tocaba el clavicémbalo con un temblor de rulos rubios, mientras uno de los hombres escribía una carta y el otro dibujaba. Parecían dos caballeros y una dama. Pero no. Eran algo mucho más inquietante: autómatas creados en Neuchâtel por los tres relojeros más talentosos de su tiempo. María Antonieta quedó de una pieza.

En su Colección de arena, Italo Calvino recrea el debut en Versalles de los tres androides: "Después de 1773-1774, fecha de construcción de los tres autómatas, la vida de los relojeros cambia. Viven en función de sus tres criaturas, mostrándolas a visitantes ilustres y llevándolas de tourneé por las capitales europeas". Han pasado desde entonces más de dos siglos y aquí seguimos. El fervor por crear un ser no humano permanece intacto. Solo que ahora parecería que el remedo físico no nos importa tanto como otra clase de mímesis. Si en tiempos de Red de redes todos somos un punto titilante, ya no es el cuerpo lo que obsesiona, sino una afinidad más sutil. Más convincente.

Alguien te escucha

Vean si no a Alexa, la asistente de Amazon: un cilindro metálico que cada tanto se activa con un refucilo de luces led, al compás de su voz. Alexa es la versión -corregida, aumentada y depuradísima- de la mucama de los Supersónicos. Una suerte de Robotina 3.0 que ya es parte de cien millones de hogares alrededor del mundo. Se le puede pedir desde una canción hasta un cuento, desde el estado de las rutas hasta quién fue Tom Jobim. Ahora también se promocionan estos dispositivos para el aprendizaje de idiomas, aun cuando, según Alejandro Artopoulos, director de Investigación y Desarrollo de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés, "la adopción de estos dispositivos todavía no está consolidada; la tecnología más útil para aprender un idioma extranjero hoy es YouTube". Con todo, ella y sus ciberhermanos siguen avanzando a pasos de gigante y -de Navidad en Navidad- se esparcen por el mundo.

"No es la primera vez que la tecnología se abarata, se hace masiva o ambas cosas a la vez. Tampoco es raro que, en cuanto está a nuestro alcance, ya estemos deseando algo mejor. Es el mismo mecanismo que rige las adicciones y las carreras armamentistas. Por eso parece inevitable que los robots ingresen en nuestras vidas; porque dan la sensación de ser un amo sin cargar con la culpa de tener esclavos", precisa el filósofo y periodista Pablo Capanna, autor de Maquinaciones-El lado oscuro de la tecnología (Paidós).

Los estudios de mercado, por otra parte, señalan que los compradores de Alexa son gente joven, a menudo con hijos que también interactúan con el dispositivo. Es entonces cuando el sueño de la máquina parlante (algo así como un Golem pero de acero) comienza a mostrar derivaciones insospechadas. Porque niños y niñas -en especial los más chiquitos- no terminan de entender que se trata de un objeto. De una cosa. "Lo antropomorizan", se lee en los pocos papers que hay al respecto.

De hecho, un reciente estudio del MIT que analizó el intercambio entre un grupo de chicos y cuatro de esos aparatos, verificó que para los niños son "amigables" y "confiables". Pero varios de estos equipos, como bien recuerda la revista especializada The Verge, no son otra cosa que grabadores ultrasofisticados que suben cada una de nuestras conversaciones a "la nube". Si vamos al caso, hace algun tiempo, un juez de New Hampshire le solicitó a Amazon los registros de Alexa en el marco de un doble asesinato. Sin embargo, las empresas que lideran este mercado no suelen hablar de estos temas. Frente a esto, un grupo de investigadores desarrolló Alias, un dispositivo que -aplicado sobre estos equipos- genera ruido blanco y deja al asistente digital literalmente "sordo" por un rato. Si Alias actúa, Alexa deja de escucharnos.

Cuestión de tiempo

No obstante, como señala el psiquiatra de niños Juan Vasen, autor de Postmocositos (Ed. Lugar), puede que con eso no alcance. Porque, ¿qué clase de riesgos puede implicar esta relación de total intimidad con un aparato que graba y emite mensajes? ¿Qué ideas, temores o conductas podrán generarse si los chicos pasan más tiempo con ellos que con otros humanos? "La clínica muestra un fenómeno que antes era raro y hoy ya es rutina para quienes nos ocupamos de infancias: se trata de chicos, casi siempre varones, cuyo discurso y pensamiento están configurados por una gramática computacional. Hablan en neutro, como si el lenguaje fuera tomado más de esas fuentes que de las personas de su entorno. Como decía María Elena Walsh, contar un cuento a un niño es ?tiempo donado'. Pues bien, como hoy a los adultos el tiempo nos falta, ¿qué mejor entonces que dispositivos que se ocupen de esa ?donación'? Quizá debamos pensar que el problema central es cómo la tecnología afecta nuestra relación con el tiempo que estamos dispuestos a donar para contribuir a la subjetividad de nuestros chicos", dispara Vasen.

En el mismo sentido, la antropóloga Paula Sibilia, autora de El hombre postorgánico (FCE) señala ese mismo mecanismo de relevamiento entre humanos y máquinas, pero repara en que tal vez no sea tanto la naturaleza objetual de los dispositivos lo que inquieta, sino que sean productos: "Todo esto forma parte de un mercado muy promisorio: la industria del acompañamiento técnico, que crece alimentada la soledad. Se trate de una persona o de un robot, lo que se está comprando es afecto: alguien (o algo) para amar. No por casualidad se los apoda ?dispositivos emocionales'. Quizás estemos franqueando la última frontera del capital: al admitir que existe poca diferencia entre un robot y un empleado, no se hace más que legitimar la compraventa de absolutamente todo, incluyendo sentimientos y emociones", dice Sibilia.

Tal vez nadie mejor que este señor regordete y con rasgos orientales llamado Takanori Shibata para convertir esa inquietud en realidad. Shibata es una eminencia en el campo de la robótica y miembro del célebre Instituto Nacional de Ciencia y Tecnología Industrial Avanzada, en Japón. ¿Su más exitosa creación? PARO, o Personal Asistent Robot (robot asistente personal), que no es otra cosa que un complejo dispositivo electrónico, con inteligencia artificial y micrófonos, todo camuflado tras una cubierta de pelo vinílico que le otorga el aspecto de un animalito encantador. Una foca arpa bebé igual a las que cada año se siguen masacrando de a miles en Canadá. Una imitación -en peluche rosa, gris, blanco o verde- de esas crías a las que hace décadas Brigitte Bardot se abrazaba para alertar sobre el comercio de pieles.

Hoy esos mismos rollitos peludos y de ojos negros regresan, pero ya sin mensaje ecologista y con mucho que facturar. Son considerados dispositivos médicos, cuestan 5600 dólares y, explica Shibata, mejoran la salud tanto de niños postrados como de adultos mayores con demencia senil. "La he diseñado para que tenga el peso de un bebé humano, así las personas se estimulan y tienen esta asociación con un bebé o con un nieto. Así recuerdan", detalla.

Locos de amor

En la misma línea de lo que Shibata denomina "robots emocionales" se alista AIBO (Artificial Intelligence Bot), un perrito metálico. Lanzado al mercado en 1999, prometía compañía a personas solitarias y ancianos. Cuando el dispositivo dejó de ser rentable fue discontinuado y sus desesperados dueños vieron "morir" a sus mascotas. Celebraron para ellos auténticos funerales sintoístas y en el medio se dio, una vez más, lo imprevisible: el surgimiento de un mercado negro de repuestos de AIBO, ya que los dueños estaban dispuestos a pagar lo que fuere para mantener a sus amigos "vivitos y coleando". Capanna señala al respecto: "Cuando un robot está diseñado como mascota electromecánica, hará casi lo mismo que el gato o el perro, pero sin ensuciar ni romper floreros. Quien se conforma con eso lo hace porque no se atreve a afrontar las sorpresas que suelen dar los seres vivos".

En 2018, una versión mejorada y encarecida del AIBO regresó al mercado, con su antigua y ya no tan creíble promesa de amor eterno. "Por un lado, las máquinas son más confiables: no nos van a traicionar ni abandonar, salvo que se rompan", acota Sibilia. "Por otro lado, esa seguridad es decepcionante porque dice que al tratar con humanos todo puede suceder". Y parecería ser que es eso, precisamente, lo que no queremos: lo que pueda suceder. Lo imprevisible. En el colmo de la ironía, aquella vez en Versalles uno de los androides metió la pata: su creador dijo que iba a dibujar "la cabeza de Luis XV" y la máquina terminó dibujando un perrito. Dos siglos después -de vivos o de mecánicos- seguimos temiendo lo mismo. El descontrol. Lo inmanejable. A cambio, aceptamos un futuro en el que los niños conversen con latas de metal que ríen y los abuelos abracen focas de mentira. Lo que sea con tal de no ceder un solo segundo de nuestro tiempo.

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