
Interpretación de Mandrake, el mago
Por Orlando Barone
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El que sabe quién es el mago Mandrake es porque pertenece a generaciones anteriores a las de Pokemón, Matrix y los Teletubbies. O porque ha heredado recuerdos familiares o es aficionado a los comics. Mandrake quiere decir mandrágora: planta narcótica a la que los antiguos le asignaban efectos cautivantes o letales como a las belladonas o los beleños. O como a cierto modelo de mujeres. Al oírse en España la palabra Mandrake, hasta Aznar estiró todavía más su cara de enigma; seguramente no supo a quién se estaba refiriendo su acompañante patagónico. Ya que a Mandrake, cuando Aznar era un niño, los españoles lo llamaban Merlín, como aquel legendario brujo de Inglaterra. "Yo no soy Mandrake, el mago", se excusó el presidente argentino para que no se creyeran lo que no es. Y claro que no: el estereotipo físico del mago citado lucía impecable, siempre de frac y con un aire de galán estilo Rodolfo Valentino. Lo adornaba un pelo gardeliano y un afinado bigote a la moda de los años del Gran Gatsby. Así era aquel héroe de comics creado por Lee Falk --cuando tenía veinte años--, a quien el reciente premio Pulitzer, Michael Chabon, le atribuye haberse inspirado en el mago Houdini, el que no pudo emerger de un lago congelado. Mandrake, fonéticamente, debería pronunciarse "Mandreik", pero la Argentina, en el tiempo en que el personaje tuvo más éxito (tal vez entre los cuarenta y sesenta), si bien era tilinga como decía Arturo Jauretche, todavía no se había lanzado a lo fashion o a lo cool. Y la única magia que conocía era la de las kermeses y los circos, y no la de los especialistas en política y economía, cuyos trucos de volver invisibles a las cosas sólo son usados para hacer que se vuelvan invisibles el derrame, la distribución de la riqueza y los salarios.
El nombre del mago --según estudiosos del autor del personaje-- surgió de un verso de un poema de John Donne, aquel poeta que dijo: "Ningún hombre es una isla; cada humano es una parte de todo el continente", sin saber que la condición humana lo iba a traicionar siempre. El compañero subalterno de Mandrake era Lothar, un príncipe africano negro y bestial a lo Mike Tyson, que usaba sólo un exótico pareo para ofrecer el contraste entre la civilización, la del amo, y la barbarie, la de él. Que Mandrake, que era blanco, tuviera un fiel servidor negro era más lógico que lo contrario, que además nadie hubiera creído. Tampoco ahora. Pero sí se creía entonces que entre sus poderes --aparecerse en comarcas remotas, volar, convertir a sus enemigos en animales, bloquear con un pase los disparos de un arma sin desaliñarse-- figuraba el don de convertir cualquier cosa en oro. No para hacerse rico ni para apilar los lingotes en un banco de Suiza o en un palacio de provincia a nombre de un testaferro, sino para hacer alguna obra de justicia. Sólo por esta virtud, cualquier líder debería desear ser Mandrake. Pero las veces que los líderes estatales o privados tienen la posibilidad de obtener oro por alguno de esos pases mágicos financieros o por supercréditos estrafalarios que funden a los que no los solicitan, suelen desviarlos para sí mismos o para sus asistentes más aplicados.
A ambos aventureros los seguía en sus desvelos la princesa Narda: una simil odalisca de Las Mil y una Noches de las que aquí sobraban hace poco .
Dicen que las últimas apariciones de Mandrake fueron desgraciadas porque, para servir al mercado, se volvió ridículamente "jamesbondiano". Hoy suena sensato no presumir de mago: los humanos son limitados. Pero para neutralizar esa metáfora de que "la Argentina todavía está en el infierno", no estaría mal invocar a Mandrake. No causaría más estragos a los estragados. Sería más justo. Y más mágico.




