
Introducción a las inconductas
Sabido es que caballos, perros, delfines y monos de distinto porte prefieren obedecer a su instinto, aun cuando no les son extraños los comportamientos humanitarios. En franca correspondencia, el ser humano suele exhibir conductas bestiales. ¿A qué se debe? A que, a menudo, las cisuras de su cerebro son atacadas por un enjambre de neuronas troglodíticas, responsables de que el pobre tipo incurra en sandeces o se reconozca propenso a la tropelía.
En su libro La conciencia, una pista de patinaje , el psiquiatra noruego Olaf Calandraca señala que las variantes más comunes de sandeces y tropelías humanas son tres: la iracundia paparula, el llamado síndrome del cabeza fresca y la vulgar mentecatez. En todo el mundo, las muestras de iracundia paparula se ofrecen con especial abundancia en las grandes urbes, allí donde reside más gente con los nervios de punta.
Dice Calandraca: "La conducta histérica y la paparulez son tan funcionales entre sí como el calzoncillo y la camiseta".
A su vez, el síndrome del cabeza fresca es propio del adolescente propenso a la tilinguería, dado a adoptar cánones de moda absolutamente irrisorios; verbigracia, tatuajes indelebles e implantes de abalorios en diversas regiones del cuerpo, incluso las pudendas. "Estos ultrajes filomasoquistas demuestran que el componente frívolo, definido como bloqueo gilastrún por mis colegas lacanianos, constituye un fermento de amplio espectro, activísimo en las primeras décadas de la vida humana", precisó Calandraca en su más reciente clase magistral, dada en París, en el bar Le Cocotte, frente a la Sorbona.
Sin embargo, son sus trabajos sobre la mentecatez los que le proporcionaron prestigio de psicoterapeuta experto en comportamientos volubles. El mes pasado, sin ir más lejos, fue perentoriamente requerido por el príncipe Carlos de Inglaterra para que pusiese en vereda a su hijo Harry y lo convenciera de que el disfraz de nazi no le sienta bien. En su tratado El libre albedrío reclama una jaula , Calandraca considera que este disturbio, entendido como un revuelto de necedad, tozudez y egoísmo, constituye una rémora patológica que el ser humano arrastra desde que era homínido y no había aprendido a controlar sus esfínteres ni su malevolencia. A su juicio, vale la pena repasar la reciente historia argentina para tener idea cabal de los estragos que causa la mentecatitis, un mal agravado apenas los políticos nativos otorgaron rango institucional a la viveza criolla. "En fin -suspira el científico-, mucho más dignos son los códigos del mundo animal. Nada se antepone a la prosperidad del hormiguero, nada está por encima del bienestar de la manada".





