Irán, mientras esté sancionado, cierra las puertas del diálogo con EE.UU.

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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31 de octubre de 2019  • 23:47

Los EE.UU. e Irán no dialogan. De esa manera, la relación bilateral entre ambas naciones permanece congelada y las peligrosas tensiones que existen entre ambos países no disminuyen, sino crecen, conformado el tema más peligroso de todos los que conforman la agenda de paz y seguridad internacionales.

Una reciente oportunidad para que sus dos líderes se encontraran no fue aprovechada. Me refiero a la apertura del nuevo período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. A ese evento anual concurrieron, como estaba previsto, los Jefes de Estado de ambos países en pugna.

Pero, pese a la declamada ambición del presidente norteamericano, que por su parte no excluye la posibilidad de un encuentro, la negativa del presidente Iraní, Hassan Rouhani, fue y sigue siendo terminante: mientras no se levanten las duras sanciones económicas norteamericanas, no hay posibilidad alguna de encuentros al más alto nivel. Ninguna.

Y así lo expresó, enfáticamente, desde el podio mismo de la Asamblea General, como para que no haya espacio para ningún equívoco.

De esa manera, los denodados y recientes esfuerzos del presidente francés, Emmanuel Macron, para que el encuentro se materializara terminaron en un lamentable fracaso. En un "portazo", mas bien.

Las tensiones entre Irán y los EE.UU. aparentemente no disminuirán. Por ahora, al menos. El acuerdo de Irán con la comunidad internacional de 2015 sobre su peligroso programa nuclear parece estar cada vez más sin vigencia, ni vigor. "Ausente con presunción de fallecimiento", dirían seguramente los juristas. Los EE.UU. se retiraron del mismo, con otro portazo, e Irán ahora lo está violando abiertamente.

Los ataques militares del 14 de septiembre pasado a las instalaciones petroleras de Arabia Saudita pueden repetirse y nadie podrá, en más, alegar sorpresa. Ante ellos, las sanciones económicas norteamericanas a Irán en rigor crecieron y se endurecieron. Este es el aparente estado del sordo conflicto, al menos en el corto plazo.

Estamos frente a tensiones fuertes y sin posibilidades reales de entablar ningún diálogo directo entre los países que protagonizan la confrontación. Las actitudes amenazadoras de ambas partes continuarán previsiblemente aumentando las distancias que ya los separan. Como lo demuestran las recientes sanciones norteamericanas a varias empresas chinas que fueron acusadas de adquirir petróleo crudo iraní en violación directa y flagrante a las sanciones norteamericanas.

La paz y seguridad del mundo está hoy todavía muy lejos de poder ser considerada asegurada. Al menos en la zona del Golfo Pérsico, queda visto. Me viene a la cabeza aquello tan español contenido en el viejo dicho que reza: "por la calle del después, se llega a la plaza del nunca".

Irán -cabe recordar- no acepta la existencia del Estado de Israel y alimenta constantemente el odio regional contra ese país y contra sus ciudadanos. Por ello se ha convertido en uno de los mayores exportadores de terrorismo del mundo y alimenta constantemente, directa o indirectamente, las rispideces regionales. Esto supone mantener a Israel siempre alerta contra posibles ataques y atentados violentos, de todo tipo, en su contra. Pergeñados en Teherán. Lo señalado está, desgraciadamente, en el corazón mismo de la belicosa "política exterior" persa. Es su vector esencial.

En los últimos tiempos, Irán ha estado utilizando activamente para ello al violento movimiento shiita libanés denominado "Hezbollah", al que está ahora -según alerta Ely Karmon- suministrando tecnología y apoyo directo para fabricar misiles guiados -y su combustible- en el Líbano.

Esa fabricación se hace desde el año 2006, fundamentalmente en la ciudad de Beirut y en instalaciones emplazadas en el Valle de Beeka, de modo de usar a la resignada población civil libanesa a la manera de escudo para la aventura.

Israel lo sabe bien y ha asestado ya golpes aéreos muy precisos contra las instalaciones y equipos que operan en territorio libanés, habiendo sido suministrados por Irán.

Paradójicamente, al propio tiempo y pese al accionar morigerador del gobierno francés que encabeza Emmanuel Macron, Irán aparentemente rechaza acercarse a una mesa de negociaciones con el gobierno de Donald Trump, que en cambio está, en principio, abierto a conversar -cara a cara- con los clérigos iraníes, de modo de tratar de encontrar una fórmula para mantener una convivencia pacífica más o menos estable en la convulsionada región.

Francia -a la manera de incentivo- está proponiendo, entre otras cosas, suministrar a Irán una enorme línea de crédito, del orden de unos 15 billones de dólares, con garantía explícita en hidrocarburos, lo que no será nada fácil de materializar.

Para los Estados Unidos, que, en cambio, mantienen una política dura, de constante "máxima presión" respecto de Irán, esa alternativa no es bienvenida, salvo como parte integral de un acuerdo bilateral que sea mucho más amplio y que esta vez incluya no sólo el peligroso programa nuclear iraní, sino también su atemorizador complemento misilístico.

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