Irrompible
Las primeras fueron mis gafas. Por fortuna, tenía el material adecuado para reparar la dichosa patilla. Pero desde ese momento empecé a preguntarme cuántas cosas más iban a romperse o dejar de funcionar durante ese tiempo vacío que atravesamos por la cuarentena. Quiero decir, no parecía una buena idea ir a meterse en una óptica y pasarse veinte minutos probándose anteojos hasta dar con unos más o menos aceptables. Si algo hemos aprendido (bueno, no todos) es que esta enfermedad se contagia más en lugares cerrados, mal ventilados, llenos de gente y donde permanecemos más de quince minutos. Lo dice la Organización Mundial de la Salud.
A las gafas le siguieron un router inalámbrico, varias copas, vasos y platos (soy torpe), la caldera (al principio de la pandemia), el pisapapas (en serio), la banda de goma que vuelve estanco a mi reloj de pulsera, el interruptor de una ventanilla del auto, la vincha de un par de auriculares inalámbricos, una cava y un scanner. Esto, hasta donde recuerdo; no llevé la lista. El aislamiento (ahora, un distanciamiento que resulta casi imposible de sostener) fue mostrando con cuánta suavidad las cosas humanas se desgastan hasta sucumbir. Espero que no ocurra lo mismo con la esperanza.











