
Italia, republicana y unida
Néstor Tirri Para LA NACION
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Quien en la noche del 24 de abril haya encendido el televisor y haya visto por la RAI el cierre de la transmisión de la velada en el Teatro alla Scala de Milano habrá creído que el público ovacionaba de pie el final de una ópera o un ballet. Pero no: los quince minutos de aplauso entusiasta de la platea y los palcos -donde revistaban funcionarios del gobierno y el presidente del Consejo de Ministros- iban dirigidos a Giorgio Napolitano, que inviste el rango de presidente de la República Italiana. A los 84 años, se perfila como uno de los mandatarios más equilibrados y vigorosos de la Europa actual, azotada por tormentas de variada índole, de la crisis de la moneda única al terrorismo, pasando por la inmigración y los enfrentamientos secesionistas regionales.
Esa alocución del jefe del Estado italiano tenía lugar en la víspera del aniversario de la liberación, la del 25 de abril de 1945, cuando, sobre el final de la Segunda Guerra Mundial, Italia se desembarazaba de la ocupación alemana y advertía acerca de uno de esos males: la amenaza secesionista. Napolitano desestimó las polémicas en torno de si se debe celebrar o no, el próximo año, el aniversario de la reunificación de Italia. "Aquella unidad -dijo- representa hoy, mirando al futuro, una conquista y un afianzamiento irrenunciables."
La del 24 de abril fue la primera de una llamativa serie de intervenciones públicas tendientes a conjurar riesgosos gestos de división geopolítica, pero también a recuperar, apoyándose en modelos históricos, el espíritu solidario de una ciudadanía enredada en polémicas triviales, que tienden a debilitar la vigencia de las instituciones.
Esa inquietud movilizará las conciencias italianas al celebrar hoy otro aniversario de peso en la historia de esa nación europea: el de la proclamación de la República, resultante del resonante plebiscito del 2 de junio de 1946. Por entonces, y entre los escombros de la guerra recién concluida, los italianos emitieron su voto para decidir si continuaban bajo un régimen monárquico o si implantaban los principios republicanos, ya sostenidos en el siglo anterior en el ideario de Giuseppe Mazzini, una de las cabezas del movimiento nacionalista unificador conocido como Il Risorgimento . Ideales que es necesario poner en foco en sus principios fundamentales, según el presidente de Italia, país cuya civilización, a través del fenómeno inmigratorio (tan evocado en estos días por el Bicentenario), contribuyó a configurar parte del ser argentino.
La gesta risorgimentale que había impulsado el propio Mazzini a través de la fundación de periódicos que proclamarían las nuevas ideas (propuesta que en la creciente Argentina de entonces encontró en Bartolomé Mitre a un entusiasta seguidor: fue el estímulo para fundar, en 1870, el diario en el que se publican estas líneas), esa gesta, decíamos, fue tema central de otra de las intervenciones del presidente Napolitano, esta vez desde Génova y a bordo del portaaviones Garibaldi, elegido no al azar: Garibaldi se había erigido en el brazo armado de los principios mazzinianos.
"Si en la campaña de Los Mil queríamos hacerla una e indivisible [a Italia], hoy queremos hacer revivir en la conciencia del país las razones de aquella unidad." La proclama del presidente desde Génova fue formulada el 5 de mayo y, al evocar la gesta de I Mille (el millar de patriotas con los que Garibaldi derrotó, en 1860, a los 4000 efectivos de la dominación borbónica en Sicilia), Napolitano deslizó una sutil réplica a la separatista Liga del Norte.
El discurso sonó calibrado para responder a cierto revisionismo histórico-político que no se muestra conforme ante el anuncio de que el 17 de marzo de 2011 será festa nazionale , sostenida por un comité de festejos del 150º aniversario de la unidad (en esa misma fecha, en 1861, se consolidaba el Reino de Italia). De las celebraciones desertó buena parte de la Liga del Norte con decepcionantes argumentaciones de su líder, Umberto Bossi, quien, definiéndose él mismo lombardo, sostiene: "Los lombardos de 1860 querían su propia libertad; no pensaban en la unidad".
Ese mismo día, el 5 de mayo último, partieron de Génova Quarto las embarcaciones Piemonte y Lombardo, que una semana después llegaban a Marsala; reprodujeron, así, el mismo trayecto cumplido 150 años antes por Garibaldi. Estos hechos tuvieron, en el arte, notorias repercusiones; además de las pinturas de los macchiaioli (equivalentes italianos de los impresionistas franceses), Giuseppe Tomasi di Lampedusa registra aquel desembarco de Los Mil en Marsala en su definitiva novela El gatopardo , llevada al cine en 1963 por Luchino Visconti: la noticia del desembarco interrumpe, en el emblemático inicio del film, el oficio religioso que se está celebrando en la mansión del príncipe Fabrizio di Salina.
Esta vez Napolitano no se anduvo con vueltas y desde el muelle de Marsala sentenció: "Aquel que intenta imaginar o proponer una fragmentación del Estado nacional a través de secesiones o separaciones promueve un auténtico salto al vacío?".
Pero, además, Napolitano no omitió consignar las responsabilidades que le caben en estas circunstancias a la región meridional de la península. Porque -según el mandatario- no pasan inadvertidos "ciertos comportamientos que deben ser corregidos en profundidad", por lo que se impone, remarcó, "derrotar la plaga de la criminalidad organizada, que constituye un verdadero lastre de la vida civil y del desarrollo de la región del Mediodía".
En este escenario se celebrará hoy la que se ha erigido en fiesta nacional de Italia, concentrando así en la conquista del sistema republicano el espinoso periplo que debió cumplir la ciudadanía hasta lograr la unidad político-geográfica, primero, y luego la democratización de la vida civil. Este logro reconoce un antecedente y, además, una insoslayable base jurídica en la República Romana de 1849, un triunfo de la lucha risorgimentale que se impuso fugazmente al dominio del Estado Pontificio romano (un bastión que seguía resistiéndose a la unidad total de Italia), con un triunvirato del que formaba parte el propio ideólogo del movimiento, Giuseppe Mazzini.
El experimento, que unió a las provincias del Lacio, Umbria y Le Marche, duró escasos meses (de febrero a julio de 1849), pero sirvió de banco de prueba de nuevas ideas: aunque provisionalmente, implantó el sufragio universal, la abolición de la pena de muerte y la libertad de culto. Estos principios fundamentales de la República Romana serían retomados parcialmente en la Constitución de la definitiva República Italiana de 1946.
Después de la capitulación de aquella frustrada República, el 5 de julio de 1849 Mazzini escribió una "Carta a los romanos", en la que advertía a sus conciudadanos: "Vuestra Asamblea no se ha apagado; está dispersa". Los triunviros, aseguraba, "esperan el momento oportuno para volver a convocarla".
La de Mazzini no fue una profecía, sino un simple cálculo acerca de una evolución histórica inexorable que habría de plasmarse, casi un siglo después, en aquel plebiscito del 2 de junio de 1946. No es para juzgar a esta historia "tan antigua como el agua o el aire" (Borges dixit ), pero es una patria que, como la nuestra, tuvo su fundación legendaria, sus luchas, sus muertos y algunas resurrecciones.
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