
Italianos y latinoamericanos
Franco Frattini Para LA NACION
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ROMA.- Italia y América latina: hemos llegado ya a la cuarta edición de la Conferencia nacional, un evento único de por sí, ya que une nuestro país no a otro país sino a un continente entero.
No es difícil explicar el por qué de esta unicidad. Italia y América latina comparten tradiciones históricas, culturales, humanas y religiosas, intereses económicos, deportes, pasiones y estilos de vida. Entre Italia y América latina, la asociación es profunda, muy arraigada, va más allá de la política.
América latina es, por sí mismo, un subcontinente muy complejo, pero posee grandes recursos y potencialidades extraordinarias. Los países de este área son –en la visión de nosotros, los italianos– socios económicos y políticos serios y fiables, y con ellos nos proponemos ampliar los ámbitos de nuestra cooperación.
Hoy en día, la relación entre Italia y América latina se desarrolla a lo largo de tres líneas que consideramos complementarias: la línea bilateral, la europea, y la mundial.
La crisis económica global no ha dejado de afectar a América latina, pero esta vez un sobresalto de esas características encontró un subcontinente con espaldas mucho más sólidas que en otras ocasiones del pasado.
Entre 2003 y 2008 la región ha crecido de forma ininterrumpida, con un índice superior al cinco por ciento. Con eso, se ha logrado aliviar también, en parte, la carga de las deudas de esos países (en el mismo periodo, algunas naciones incluso se han transformado en acreedoras netas).
Por consiguiente, existen las condiciones para que, en 2010, la recuperación económica pueda instar a América latina a reanudar el camino virtuoso recorrido durante los últimos años: una expectativa y una esperanza que el mundo económico italiano comparte plenamente.
En efecto: América latina representa un mercado de más de quinientos millones de personas y guarda una simpatía natural por nuestro país y por el "made in Italy", reforzada por la presencia intensa de colectividades de origen italiano perfectamente integradas en las realidades locales.
Son éstos sólo algunos de los elementos que deberían hacernos considerar al subcontinente latinoamericano como la región del mundo objetivamente más próxima a nosotros, y, por lo tanto, como la más capaz de ofrecer oportunidades extraordinarias para el sistema que integran Italia y cada uno de los países del área.
Al respecto, no son pocas las historias de éxito. Pienso en la reciente adjudicación de las obras de ampliación del Canal de Panamá a un consorcio internacional encabezado por Impregilo, un contrato de enorme valor económico, político y estratégico. Pienso en el grupo ENEL que, con la adquisición de Endesa, se ha convertido en el mayor productor de energía de la región y que, con Enel Green Power es líder en el sector de las energías renovables.
Pienso también en el sector de la construcción: más del treinta por ciento de los contratos extranjeros confiados a empresas nuestras se adjudicó en América latina. Pienso en la Fiat, empresa líder del mercado automovilístico en Brasil, un auténtico gigante económico con perspectivas de desarrollo excepcionales. Y también pienso en las muchas pequeñas y medianas empresas con vocación para la internacionalización que, pese a la distancia geográfica, siguen actuando en América del Sur, llevando allí el genio del "made in Italy" y arrastrando con éxito dificultades como las que hemos conocido en estos últimos dos años.
Pero también pienso en la necesidad de reposicionar nuestro sistema bancario, todavía demasiado poco presente en la región. Y ello precisamente cuando nuestras relaciones económicas con los países del área se hacen cada vez más maduras.
Se trata de relaciones verdaderamente establecidas en pie de igualdad, como lo demuestran los resultados halagüeños conseguidos en ocasión de las recientes misiones de sistema a Brasil y a Chile, o en el ámbito de la gran comisión mixta con Venezuela, a principios de 2009, o también con el Foro Italia-Perú de la última primavera.
En nuestra relación con América latina, consideramos la dimensión europea (esto es, el diálogo entre los grandes grupos regionales), como algo indispensable y complementario de la dimensión bilateral. Pero esta dimensión todavía no ha expresado todas sus potencialidades, y podría profundizarse y ampliarse aún más. Por ejemplo, es deseable que madure el consenso para que las Cumbres UE-LAC (Unión Europea y Latinoamérica y el Caribe), que cada dos años reúnen a jefes de Estado y de gobierno y a ministros de Asuntos Exteriores de todos los países de la Unión Europea y de América latina, se celebren una vez al año.
Asimismo, deberíamos considerar la posibilidad de adoptar una auténtica estrategia plurianual de la UE con el subcontinente. Con la próxima presidencia española, Italia confía poder encontrar a un socio que comparta esta misma sensibilidad nuestra.
Finalmente, América latina se ha convertido ya en un socio crucial de la gobernanza global. Durante la Cumbre de L’Aquila, Brasil y México, junto con otros cinco países clave de otros continentes, entraron a formar parte de una cooperación estructurada con los países del Grupo de los 8.
La creación del Grupo de los 20, que incluye a Brasil, la Argentina y México, ha corroborado definitivamente el papel mundial del subcontinente. En todos los desafíos internacionales más importantes –desde la creación de nuevas reglas para las finanzas internacionales hasta la reanudación de la ronda de Doha, los temas medioambientales, la lucha contra los tráficos ilícitos, en particular el narcotráfico, y contra el terrorismo, y la no proliferación– hoy América latina es un interlocutor y una compañía indispensable.
El gran escritor argentino Jorge Luis Borges sostuvo que la cultura de Occidente está constituida por dos universos muy diferentes: el pensamiento griego y la fe cristiana, o, si se prefiere, la de Israel y Atenas.
"Nadie ignora –escribió Borges– que esa confluencia, que es el acontecimiento central de la historia humana, se produce en Roma. Se repite que todos los caminos llevan a ella. Mejor sería decir que bajo cualquier latitud estamos siempre en Roma."
Son palabras que resumen los sentimientos que tan buena parte de las poblaciones latinoamericanas siente por nuestro país. No es por casualidad que a veces nos referimos a América latina como al Occidente extremo, o también como a un "tercer Occidente": una región que no es "otra" respecto de nosotros, sino que más bien es íntimamente parte de nuestra historia y de nuestra manera de ver el mundo.
Desde siempre, el gobierno italiano se ha comprometido para contestar a los retos de esta relación especial, a lo largo de una línea de política exterior ampliamente compartida en nuestro país. Pero, naturalmente, el gran compromiso diario no puede sino corresponder al mundo de la empresa, de las universidades, de la sociedad civil, además del de la diplomacia. De todos aquellos que, a una y otra orilla del océano Atlántico, alimentan una vasta red de relaciones, intercambios, y proyectos.
A nosotros nos corresponde consolidar esta relación cada vez más, día tras día. Italia apuesta por América latina. Una apuesta que, estoy seguro, no nos decepcionará. © LA NACION





