
Jean-Claude Juncker, el veterano político luxemburgués que presidirá la Comisión Europea
Acusado de "eurofanático" y alérgico al conflicto, deberá lidiar con un continente donde la crisis exacerba las posturas extremas
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PARÍS.- "Todas las cosas tienen un fin. Sólo las salchichas tienen dos", ironizó Jean-Claude Juncker el 21 de enero de 2013 cuando dejó la presidencia del Eurogrupo. Un año y medio después, esa boutade típica de su autor bien podría revelarse falsa: a punto de ser nombrado presidente de la Comisión Europea (CE), el decano de los altos responsables políticos de la Unión Europea, parece tener más vidas que un gato.
"El euro y yo somos los únicos sobrevivientes del Tratado de Maastricht", suele bromear. Es, incluso, el único firmante del acta fundadora de la moneda única en 1992 que queda en actividad. A los 60 años, el ex primer ministro de Luxemburgo se alinea sin pudor en la categoría de aquellos que conocen los secretos más recónditos de la historia reciente de la construcción europea. Otros, como el primer ministro británico, David Cameron, que hizo todo lo posible para evitar su nominación, prefieren utilizar esa experiencia para calificarlo de "hombre del pasado". En versión tabloid, algo así como: "El hombre más peligroso de Europa", según un título de The Sun.
Célebre por su nacionalismo eurofóbico, la prensa popular británica encontró en Juncker la víctima ideal: "18 años de primer ministro en un paraíso fiscal", "viejo burócrata tramposo", "acomodador de la maquinaria eurócrata, envejecido prematuramente por el alcohol, el tabaco y la cantidad de café consumidos durante interminables cumbres europeas", fueron algunos de los dardos lanzados para demolerlo.
En las páginas del Mail on Sunday los lectores se enteraron así de que Juncker es un bebedor inveterado: "No es seguramente fortuito que haya esperado en un bar que el Consejo Europeo validara su nominación", anotó el diario. Tan persistente es la fama de alcohólico que arrastra en Gran Bretaña que Louise Mensch, editorialista de The Sun, lo ha rebautizado Jean-Claude Drunker (beodo). Olvidando que la clase política del Reino Unido también es célebre por su costumbre de exagerar con el té escocés, los periodistas británicos piensan -como su primer ministro-que Juncker es un "eurofanático integrista" que pretende disolver las soberanías nacionales dentro de un super-Estado comunitario.
Diplomático natural
Pero el futuro presidente de la CE no se merece tanto odio. Durante años, ese veterano de la construcción europea y del euro, ministro de Finanzas de Luxemburgo durante las negociaciones de Maastricht, se hizo una justificada reputación de hombre de consenso. Secretario de Estado de Trabajo a los 28 años en su país natal, ministro dos años más tarde, presidente del partido social-cristiano durante un lustro, 18 años primer ministro. Su longevidad política tranquiliza; sus ideas no cambian. "En un pequeño país como Luxemburgo, los grandes equilibrios tienen una importancia capital. En una atmósfera frenética de liberalización, desregulación y desreglamentación, siempre traté de que la cohesión social no desaparezca sepultada por el discurso de modernistas e innovadores", afirma.
Todos coinciden: Juncker está lejos de ser una nueva figura de la escena europea. Pero su condición de decano tiene sus ventajas. "Probablemente no encarne una reactivación del proyecto europeo. Pero en estos momentos, es tranquilizador saber que no precipitará nuevas crisis y sabrá, siempre, hallar un compromiso", afirma un diputado europeo.
Especialista de la reducción de recelos, ese metafuncional conserva en su foro interior un rastro profundo de su educación familiar militante. Para comprender su historia basta con saber que es capaz de reconocer la etapa de la producción, apenas escucha el ruido de una acería. Porque creció al ritmo de la fábrica siderúrgica en la que su padre era obrero. Allí aprendió el orgullo que da el trabajo, la solidaridad organizada y las reuniones sindicales en la cocina familiar. Adhirió a un sindicato antes de afiliarse a un partido y, decidido a convertirse en defensor del diálogo social, escogió la carrera de abogado (aunque jamás ejerció). Portador de la historia de su padre y de su tío, enrolados por la fuerza en la Wehrmacht durante la guerra, calma esa ansiedad a través del compromiso europeo. En ese proyecto de construcción continental ve una ambición para el mundo y para sí mismo: "Europa no es una gran maniobra económica. Su vocación supera la exigüidad del mercado", explica. En la mayoría de los 28 países del bloque, cuenta con un gran capital de simpatía. Después de 30 años de ejercicio del poder en Luxemburgo y en la UE, su red de contactos es inmensa. El hombre ejerce la modestia y tiene una regla de oro: nunca, jamás, poner en una situación embarazosa a su interlocutor y divertirlo con un sólido sentido del humor. Acostumbrado a los dardos alusivos a su pequeño país, hace poco en Bruselas, al tomarse una foto oficial con el presidente chino le lanzó: "¿Se da cuenta? ¡Entre usted y yo representamos un cuarto de la humanidad!".
El justo medio
También es un personaje de varias culturas. "Hablo alemán con acento francés y francés con acento alemán. Resultado, nadie me entiende", suele bromear. Para el ex ministro de Economía francés, Pierre Moscovici, "su doble cultura le permite una perfecta comprensión de las mentalidades de los dos grandes motores de la construcción europea". En resumen, Juncker representa el justo medio: originario del centro de Europa, un poco social-cristiano y otro poco demócrata-cristiano, equidistante del ego de los dos poderosos, Francia y Alemania. Dos arrogantes que con frecuencia lo atropellaron. El ex presidente francés Nicolas Sarkozy le reprochaba su falta de anticipación antes de la crisis del euro y su ausencia de reactividad después. La canciller alemana, Angela Merkel, lo hostigó durante meses exigiendo que Grecia saliera del euro, antes de alinearse finalmente con su posición.
El hombre esconde sus secretos detrás de una desenvoltura blasée. Su vida privada es tabú. Su mujer, Christiana, es de una absoluta discreción y jamás lo acompaña en los viajes oficiales. No tiene hijos y alimenta una sola pasión: la política. Sus amigos afirman que es un animal político "a la antigua", que sus fidelidades en ese terreno "son legendarias". El ex presidente francés Jacques Chirac era su amigo y fue su mentor. Desde que el viejo líder dejó el Palacio del Elíseo sigue yendo a verlo cada vez que pasa por París.
Una semana antes de asumir las más altas funciones de la UE, una vez que el Parlamento Europeo ratifique su nominación, sabe que lo espera un camino sinuoso. El primer obstáculo está a la vista, con un supuesto caso de conflicto de intereses que lo pondrá en una delicada posición. La UE investiga en este momento un sistema de evasión fiscal para beneficiar a grandes empresas internacionales, creado por su país durante su propio gobierno. Pero su optimismo lo lleva a retener sobre todo los escollos superados. "La construcción europea no está muerta, sino desvanecida -afirma-. Ya reaccionará y asistiremos a su retorno. Está escrito en el curso de la historia."






