
Jóvenes, bellas y escuálidas
Por Alina Diaconú Para LA NACION
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Para muchos, las vacaciones por antonomasia significan arena, mar y cuerpos tostados paseando su anatomía por la interminable pasarela de la playa. Y aunque los días de descanso puedan tener otra escenografía ( montañas, lagos, bosques y arroyos), el traje de baño es el uniforme del verano, tanto para hombres como para mujeres.
Pero para las mujeres se convierte, a veces, en un desvelo. ¡Cuántos esfuerzos se deben hacer para que las siluetas pierdan algunos kilos y para que el espejo devuelva una imagen más satisfactoria de una misma cuando llega esta época del año, donde el exhibicionismo está no sólo aceptado, sino estimulado!
No hay publicación femenina que no difunda dietas y sugerencias para adelgazar rápidamente. Los días vuelan, Febo está llamando a la cita y las siluetas tienen que responder a la tácita competencia que se establece entre los cuerpos del verano. Desde los medios de difusión los productos estivales (bronceadores, champúes y acondicionadores, cremas y maquillajes especiales, brebajes y polvos para bajar mágicamente de peso) aprovechan la ocasión para vender sus virtudes y la televisión dedica programas enteros a los cuerpos de la playa, a la vida en la playa, a la farándula en la playa.
Todo eso está bien. Adelgazar si es necesario, ponerse en línea, es muy loable y hasta aconsejable si hay sobrepeso. La belleza de un cuerpo es tan agradable a la vista como cualquier otra expresión estética. Un cuerpo armonioso habla no sólo de un don de la naturaleza, sino también de una persona que se cuida, que se respeta a sí misma, que aprecia la mirada del otro y, por qué no, la atracción que pueda ejercer sobre los demás. Lo que sucede es que ese culto al cuerpo -que caracteriza éstos nuestros tiempos- no siempre puede evitar los excesos y el fanatismo. Y de la preocupación se puede pasar a la obsesión.
Las internaciones y muertes por anorexia producidas últimamente entre mujeres jóvenes de nuestras latitudes nos hablan de un problema del cual, afortunadamente, se está tomando conciencia cada vez más.
Por esa razón, el paradigma de belleza de los cuerpos escuálidos está siendo replanteado, lo cual traerá aparejada hasta la modificación en los talles de ropa que están a la venta. Para las que tienen unos kilos más que lo que "se usa", probarse en vano prendas que no les "entran" está presentando una faceta no sólo incómoda, sino discriminatoria. En Estados Unidos, en el mundo de los desfiles, ya se está planteando la necesidad de un seguimiento médico de las modelos y de unos cuantos cambios en sus hábitos alimentarios.
Todo el espíritu de la estética actual tendrá que renovarse. No será la primera vez. ¿O acaso no hubo tiempos en que el patrón de belleza eran los desnudos femeninos pintados por Rubens y, entre nosotros, siglos más tarde, los de Prilidiano Pueyrredón?
Las Twiggies de hoy tendrán que cambiar su visión de sí mismas, el mercado de la moda tendrá que cambiar su visión y sus exigencias, para que la salud reemplace a la enfermedad y a ese obsesivo y promovido culto por los cuerpos esqueléticos.
Según el BACE (centro especializado en la prevención, investigación y tratamiento de bulimia, anorexia y sobrepeso), el 15% de las jóvenes en la Argentina padece de anorexia y bulimia. Trastornos alimentarios, compulsión, regímenes abusivos, purgas y vómitos subyacen en estas patologías que están afectando cada vez más a muchachas que, por imitar a algunas de las figuras idealizadas del mundo del espectáculo y de la pasarela y por verse siempre gordas (aunque sean piel y hueso), están poniendo en peligro sus vidas.
No comer hasta que el hambre termina desapareciendo forma parte del desarrollo de este verdadero desorden físico y anímico que es la anorexia.
En la Argentina, donde la desnutrición ha ido aumentando, sobre todo la infantil, parece irónica la realidad de nuestras jovenzuelas que no comen porque no quieren ...hasta que ya no pueden.
Según el Centro de Estudios sobre Nutrición Infantil (Cesni) se estimaba en un 20% la desnutrición entre los niños de la Argentina a partir de la crisis de 2001. Recientemente, se hablaba de 260.000 niños argentinos de menos de cinco años que sufren de desnutrición. El Papa se refirió hace poco al tema, a nivel mundial, llamándolo sugestivamente "el escándalo del hambre".
¿Puede haber algo más escandaloso, más injusto, más inmoral que el hambre?
Entre nosotros, entonces, tenemos por un lado la anorexia y, por otro, la desnutrición, producto de la pobreza.
Por un lado, muchachas que por coquetería y, seguramente, por falencias de orden psíquico, dejan de comer o comen mínimamente para estar más "en la onda" y cumplir así con los cánones estéticos de la delgadez extrema que marca la época.
Por el otro, gente y sobre todo niños que, en la tierra de los alimentos, no tienen la posibilidad de alimentarse adecuadamente.
Ambos conocen el hambre. Pero las causas son bien distintas.
Ambos constituyen una realidad que no podemos ignorar y que, en lo posible, quisiéramos que fuese distinta.
Bajemos de peso si estamos excedidas. Cuidemos nuestras figuras, porque es bueno verse mejor y porque, como dice Walt Whitman, "si existe algo sagrado es el cuerpo". Pero no descuidemos nuestra salud mental con las desmesuras que rondan alrededor del culto a la flacura y que entran ya en el terreno patológico.
En un país como el nuestro, donde hay desnutrición, la anorexia más que una enfermedad (que lo es, y grave) puede parecer una frivolidad.






