
Juan Carr: la solidaridad como una forma de cultura
Por Marta García Terán De la Redacción de LA NACION
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No es más -ni menos- que la cara visible de un movimiento que comenzó hace ocho años con cuatro personas y que hoy congrega a más de 2300 voluntarios. Juan Carr es el motor de la Red Solidaria. Vaya por medio de él un reconocimiento a todos los que dejan el alma en este esfuerzo por cambiar la realidad y ayudar al otro. Los que, en medio de una virulenta crisis, lograron este año que la solidaridad se instale finalmente como un hecho de cultura.
Un cambio en la mentalidad. Entender que el prójimo no es el que está al lado nuestro, sino todo aquel que nos necesita. Ese, quizás, haya sido el mayor logro de los organizaciones no gubernamentales. Fue el impulso que llevó a miles de argentinos a responder de una manera extraordinaria, explosiva. Revolucionaria, diría Juan Carr.
No hay secreto alguno en el poder de convocatoria de la Red Solidaria. Sólo invita a ponerse en el lugar del otro: ese que necesita un trasplante podría ser mi hijo; esa a la que no le entregan los remedios para combatir un cáncer que la consume, nuestra madre; aquella chiquita desnutrida que lucha por su vida en Tucumán, nuestra nieta.
Basta con hacer visible lo invisible, dice Carr. Mostrar esa necesidad que existe. Darla a conocer. Que la gente se entere. No hay más ciencia. Es que Juan confía como nadie. Confía en ese otro que no conoce. En que va a ayudar. Con lo que pueda, con lo que tenga. Cada aporte es invalorable. Y esa confianza es devuelta por la gente que, en una época signada por la falta de transparencia y credibilidad, no deja de sorprender con su respuesta. La Red Solidaria nunca trabaja sola. Es un movimiento que encuentra el sentido en la suma de voluntades e instituciones. Sería imposible nombrar aquí todos los logros de 2002, pero vale destacar algunos.
El año comenzó con una crisis por la falta de insulina que llevó a la Red a tomar la bandera de los diabéticos. Una entrevista con la cadena de Radio Cope, de España, fue suficiente para que desde la península Ibérica enviaran un cargamento con dosis para 500 pacientes durante un año.
El compromiso de los clubes de fútbol fue decisivo. A partir de marzo, las canchas se transformaron en un espacio privilegiado para difundir causas. Colaboraron de tal manera con la organización Missing Children -que trabaja codo a codo con la Red- que en sólo tres partidos dieron con el paradero de 17 chicos perdidos.
En junio, la historia de María Victoria Di Bastiano nos conmovió. La chiquita de 5 años debía someterse a un trasplante de médula ósea. Peso por peso se juntaron 515.423 pesos con los que María Victoria pudo operarse en Estados Unidos.
El 6 de septiembre será recordado como el día en el que los argentinos se hicieron oír en paz. Dijeron basta a la violencia. Fueron miles de personas que aplaudieron, tocaron bocinas o hicieron sonar las campanas más allá de los tres minutos propuestos por la Red.
Diez días después empezaría la campaña por "El hambre más urgente", en la que Juan Carr se sumaría a la propuesta de LA NACION, el Grupo Shopia, Poder Ciudadano y el periodista Luis Majul, y se lograría el apoyo de más de 1.135.000 personas. No hay causa que les sea ajena. A través del programa Nutrir atienden a cientos de chicos desnutridos y este año consiguieron remedios oncológicos para 350 pacientes.
Es imposible hablar de todos los que colaboran con Juan Carr, pero podría nombrarse a María Alemán, su mujer y madre de sus cinco hijos; a Susan Prillick, de Missing Children; a Silvia Báez, a cargo de Nutrir; a Belén Quelet; a Laura Moreno, directora del Instituto Pedro Poveda, o a Silvia Romero, que atiende los teléfonos.
El trabajo de la Red fue reconocido este año por las Naciones Unidas, que les entregó el Premio "Mejores Prácticas".






