
Juegos mortales con los cuatriciclos
Como todos los años en esta época debemos lamentar la pérdida de vidas por el descontrolado uso de estos vehículos en las zonas balnearias
1 minuto de lectura'
Así como otros pueblos pueden definirse por su respeto por las normas, el nuestro, por desgracia, cultiva en innumerables situaciones una perversa y destructiva pasión por violentarlas.
En múltiples ocasiones señalamos que con sólo respetar las leyes vigentes, nuestro país podría funcionar mejor. Pero nos fascina superar las máximas de velocidad en rutas y calles, utilizar el celular mientras conducimos, resistirnos al uso del casco, estacionar sin respetar rampas para personas con discapacidad y no afrontar obligaciones de todo tipo.
La vida de un niño de 12 años, Nicolás, oriundo de Corrientes, se truncó en los médanos de la zona del balneario Divisadero, en el límite entre Cariló y Villa Gesell, al volcar el cuatriociclo que conducía, uno de los más grandes del mercado. Su vida se perdió, en realidad, en un mar de irresponsabilidades compartidas, protagonizando como víctima una escena que la crónica policial recoge lamentablemente todos los años y que confirma que los seres humanos somos la única especie que logra cometer el mismo error varias veces.
Podremos considerar la cilindrada o las características técnicas del cuatriciclo que conducía, el daño ambiental asociado con su circulación, y recordar decenas de otros casos en la misma geografía, pues estos vehículos transitan incesante y desaprensivamente por distintas localidades de una costa por demás extensa. Pero nada podrá devolverle la vida y la ilusión a Nicolás, cuya muerte engrosa una lamentable estadística, más lamentable aún porque podría evitarse. Tampoco aliviará la culpa de sus mayores, que no advirtieron que el niño "jugaba" con un arma mortal.
Ante lo sucedido, espanta que nada haya cambaido en Cariló, como lo muestra la fotografía que LA NACION publicó en la tapa, ayer, con tres menores haciendo equilibrio abordo de un cuatriciclo, sin cascos.
Si puede evitarse, no es un accidente. La desgracia se llevó una vida. Pudieron haber sido muchas más y el peligro continúa. Urge que los padres tomen conciencia, y también, que se exija el cumplimiento de normas sobre el funcionamiento de estos vehículos en lugares públicos, elevando las multas, acotando áreas autorizadas.
Llama la atención que, según informaron autoridades de la Agencia Nacional de Seguridad Vial, aún "no existe legislación para los cuatriciclos", y que el proyecto de ley que procura solucionar esa grave carencia se encuentra en el Congreso pero aún no fue tratado.
Ese proyecto contempla la creación de un registro para estos vehículos, y establecerá por qué sitios pueden transitar, además de crear zonas especiales para su uso.
Jamás podrá entenderse que un menor de edad, sin ningún elemento de protección reglamentaria, circulara por el espacio público como tal vez lo hace frecuentemente frente a la pantalla de un videojuego, poniendo el pie en el acelerador y sin considerar que su pequeño cuerpo no puede controlar un inestable rodado de tamaño porte.
Son los padres quienes deben enseñar los peligros de extender los beneficios de la virtualidad a lo cotidiano y cuidar adecuadamente a los menores. Será también responsabilidad de la sociedad en su conjunto evitar que esto continúe ocurriendo.






