
Kirchner vs Kirchner. Una relación tormentosa que terminó en condena
En 2013, Woody Allen filmó Blue Jasmine. Es la historia de una mujer casada con un especulador financiero que estafa a sus clientes, y que decide mirar para el costado, mientras el matrimonio asciende social y económicamente. Jasmine disfruta de un glamoroso nivel de vida en Nueva York sin hacerse demasiadas preguntas sobre el origen de esos lujos; haciendo “como que” no ve nada hasta que, en esa supuesta escena perfecta, aparece otra mujer. Una tercera en discordia.
El cuento tiene un final convencional, pero un giro poco convencional: el delincuente financiero, encarnado por Alec Baldwin, deja finalmente a su esposa por su amante y es entonces cuando, poseída por un ataque de furia, Jasmine decide denunciarlo al FBI detallando todos y cada uno de los delitos de su acaudalado marido. Delitos en los cuales ella había sido su cómplice principal, aunque silenciosa y convenientemente ciega. El film usa el recurso del flashback para contar el pasado. Un pasado que acecha permanentemente a su protagonista femenina.
Cambiando las profesiones y algunas circunstancias, la historia del matrimonio Kirchner, que terminó en condena, es parecida a la de Blue Jasmine. Claro que Néstor Kirchner no se fue con una amante: se murió. Y Cristina jamás lo denunció. Pero es claro que, tal como lo destacó el fiscal Diego Luciani en su alegato, la estructura corrupta la armó él, mientras ella miraba para el costado. Y mientras, en paralelo, disfrutaba del proyecto de poder que el santacruceño tejía con plata oscura. Una operación corrupta que, según dictaminó la Justicia, le extrajo al Estado argentino 84.835 millones de pesos. El equivalente a 1000 millones de dólares.
Con Néstor en vida, Cristina hizo todo lo posible por no mancharse las manos. El trabajo sucio lo hacía Kirchner, aunque luego, en su viudez, fue ella quien tomó el control de esas cajas negras, según se desprende de la propia investigación judicial. Kirchner tenía poder sobre ella –como ella lo tiene hoy sobre Alberto Fernández– porque no solo era su marido, sino también su jefe y una especie de padre sustituto. La había rescatado de un hogar en el que volaban los platos, de una madre con serios desequilibrios, de una figura paterna que apenas le hablaba, Eduardo Fernández, y que recién apareció en la escena familiar cuando ella tenía cinco años. Néstor la llevó al sur y le dio un lugar: ese que ella había anhelado desde siempre.
Ahora, con poder y dinero –aunque fuera mal habido– era ella la que podía someter a los demás. Una anécdota, contada por los propios participantes, explica la dinámica del matrimonio –en el que también volaban los platos– y hasta qué punto ella dependía emocional y políticamente de él. Estamos en 2003. Un grupo de santacruceños, entre los que estaba Cristina, esperan en el restaurante Bisabis, de Recoleta, a un ignoto Kirchner, que venía de reunirse con Eduardo Duhalde. “¡Cristina, Duhalde lo eligió!”, le informó, emocionado, Alberto Fernández, que venía de acompañar a su amigo. Ella se levantó con ferocidad y le enrostró: “¿Quién lo eligió, el Padrino?”. La reunión vibró, Cristina se fue. El grupo quedó mudo, pero unos minutos después el santacruceño los calmó con una sola frase: “No se preocupen que yo después la convenzo”. Y así fue: él siempre la convencía.
¿Acaso esta arquitectura emocional le quita responsabilidad sobre los hechos de corrupción que la Justicia juzgó y juzgará? Sin duda que no, pero explica con más profundidad y amplitud la condena del martes. Desde la lógica formal es difícil explicar que Cristina haya estado sometida a su marido-padre-jefe. ¿Justo ella? ¿Dos veces presidenta, senadora, vicepresidenta, astuta, feroz, avasallante? Y, sin embargo, cuando se bucea seriamente en su vida es fácil ver que bajo esa personalidad huracanada se esconde todo lo contrario. Todo exceso expresa una carencia: el inflamado ego o la soberbia desbocada suelen ser los envoltorios de la debilidad. El exceso viene a compensar la carencia.
Para explicar los efectos de la dependencia emocional –inmune a cargos, formación o temperamento– basta con ver la relación de Alberto Fernández con Cristina.
Como la protagonista del film de Woody Allen, también Cristina Kirchner está secretamente resentida con Kirchner. Y, para quien sepa ver, cada tanto se le escapa algún incomprensible carpetazo contra su fallecido esposo o alguna frase que parece más dirigida a Néstor que a los fiscales o jueces, que ahora la condenaron por corrupta. Como cuando en agosto dijo: “La que me siento muy boluda soy yo”. Es cierto: los flashbacks del pasado pueden ser tanto o más duros que la condena de un tribunal en el presente.







