
La agonía política de Sándor Márai
Por Eduardo Fidanza Para LA NACION
1 minuto de lectura'
En la primavera de 1945, Sándor Márai –en ese entonces uno de los más celebrados escritores húngaros– regresó a la Budapest destruida por el último episodio de la Segunda Guerra Mundial ocurrido allí: el asalto final del ejército rojo y la huida destructiva de los alemanes. La guerra se llevó, además de la casa, los seis mil volúmenes de la biblioteca de Márai, de la que pudo recuperar unos pocos libros chamuscados.
En contra de lo que pudiera pensarse, el escritor sintió en ese momento lo que describe como “un curioso e inmenso alivio”. En medio de la destrucción, comprendió que la historia “con mayúsculas” había palidecido. Como su admirado Goethe, se volvió indiferente a las declamaciones sobre la decadencia de la patria. Lo concreto, aunque terrible, reemplazaba a la retórica: “En medio de aquella actividad febril, [...] –observó– había algo alentador: la gente sentía que arreglar las ventanas rotas era bueno también para la nación [...]. Así vivíamos en la Budapest destrozada por las bombas”.
Supo enseguida que con los rusos no le esperaba a Hungría la libertad. No obstante, percibía un eco de ella, que lo aliviaba. Creía haberse liberado de la caricatura que, según él, personalizaba su vida hasta entonces: la máscara del escritor burgués –o “del neurótico cazador de experiencias”, como se designaba– había caído. El derrumbe iba más allá de su circunstancia personal: “Comprendí –escribió– que no sólo yo había sido una caricatura en aquel ambiente, entre las dos guerras, sino que también había habido algo de caricaturesco en la vida húngara, en las instituciones, en la mentalidad de la gente, en todo. Eso me tranquilizó. Siempre es bueno saber que uno no está solo”.
La biografía de Sándor Márai atraviesa el siglo XX y atestigua los padecimientos de las naciones centroeuropeas, abrumadas por las dos guerras mundiales, el nazismo y el comunismo. Había nacido en 1900, en la ciudad húngara de Kassa –hoy Kosice, perteneciente a Eslovaquia– dentro de una familia pudiente de origen sajón y eslavo. A los dieciocho años empezó a peregrinar por Europa, mientras se iniciaba en el arte de escribir, ejerciendo el periodismo. Vivió en Budapest, Leipzig, Weimar, Francfort, Berlín, París y Florencia en los dorados años veinte del siglo pasado. Regresó después a su país espoleado por la lengua húngara, que al cabo de una vida trashumante consideró su única patria.
Hacia fines de la década del treinta, Márai era uno de los escritores más exitosos de Hungría. Sus libros agotaban sucesivas ediciones y leerlo estaba de moda. La fama no se limitaba a la novela y el teatro; se extendía al periodismo: sus columnas dominicales en el prestigioso diario Pesti Híralp eran de lectura obligada.
Con la Segunda Guerra se inició el crepúsculo de su estrella. En realidad, las dos contiendas marcaron el final abrupto de tiempos felices. En el verano de 1914, durante una solemne merienda ofrecida por su padre en honor de un alto funcionario municipal, intuyó el fin de una época: una esquela entregada al invitado anunciaba el asesinato del heredero del trono en Sarajevo. “Los invitados, que estaban sentados a la mesa, se quedaron inmóviles […], como si participaran de una obra de teatro. Yo miré a mi padre y observé que llevaba la vista al cielo con expresión de desconcierto.” Márai acababa de cumplir catorce años. Ya nada volvería a ser como antes.
Treinta años después recibió una llamada telefónica en la madrugada: le anunciaban que los nazis estaban entrando en Budapest. La Gestapo, amparada en la noche, ocupaba las oficinas del Gobierno. En los meses posteriores, miles de judíos húngaros fueron deportados a los campos de concentración, entre ellos, el suegro de Márai, que murió en Auschwitz. A partir de entonces, en señal de rechazo a la ocupación, no volvió a publicar artículos ni libros. Su silencio tuvo el efecto de una protesta clamorosa.
Durante el invierno de 1945 se topó con el primer soldado ruso en las afueras de Budapest. “Algo se había acabado –escribió–, una situación imposible había desembocado en otra situación nueva, igualmente peligrosa pero totalmente distinta.”
Lo que al principio parecía diferente se convirtió en una amarga constatación para Márai. Nazis y comunistas perseguían el mismo objetivo: “Succionar a la víctima todo lo que tuviera de amor propio y dignidad”. En 1948, después de muchas tribulaciones –romper con la lengua húngara lo desesperaba–, se exilió en Suiza, aprovechando la invitación a unas jornadas literarias.
El resto de su vida es la crónica de un ocaso sin rumbo, en un mundo extraño: Suiza, luego Italia, después Nueva York, otra vez Italia y, finalmente, San Diego, en California, donde se suicidó a los ochenta y ocho años, pocos meses antes de la caída del Muro de Berlín. Había enviudado, estaba enfermo, se negaba a terminar sus días en un internado.
A partir de su salida de Hungría, la obra de Márai fue cayendo en el olvido. Los trastornos de la posguerra y la consolidación de la cortina de hierro resultaron decisivos para ello. Sus libros quedaron prohibidos en Hungría y la Europa occidental de entonces no demostró interés en un novelista que escribía en una lengua hablada por diez millones de personas. Cuando estaba próximo el fin del comunismo soviético, las autoridades húngaras intentaron reivindicarlo. Pero Márai se negó a que se publicaran sus obras bajo el régimen de opresión.
Sesenta años después su prosa cautivante está de regreso. Sólo en español se han traducido y publicado recientemente cinco novelas suyas (El último encuentro, Divorcio en Buda, La herencia de Eszter, La amante de Bolzano y La mujer justa) y dos volúmenes autobiográficos (Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra!). Como en la época de su apogeo, las ediciones de sus libros se agotan una tras otra y se lo considera un autor de culto.
Los escritos de Márai están atravesados por un estribillo: la decadencia de la burguesía húngara. Los personajes de sus novelas evocan doloridos y perplejos el ocaso de un modo de vida. El escritor se asignó la tarea de otorgar sentido a esa transformación. A poco de exilarse, asentó en su diario: “Veo ahora cómo se derrumba la clase social […] en la que fui concebido, que he conocido directamente hasta sus fibras más profundas [...]. Racionalizar ese proceso de disolución es probablemente la única tarea auténtica de mi vida de escritor…”.
Sándor Márai fue un amante de la verdad y la mesura. Al igual que Kristóf Kömives, el juez que protagoniza Divorcio en Buda, buscaba el equilibrio entre hechos y normas, entre historia y justicia.
Tal vez por ello, y al contrario de lo que alguna vez creyó, no le aguardaba ningún alivio. Su sensibilidad política y estética no tuvo patria en el futuro. Buscando explicar el desgarramiento, Márai acudió a un inquietante verso de Goethe: “Toda separación significativa genera un átomo de demencia”. Al rememorar el día que contempló a Budapest destrozada, anotó: “A partir de entonces nunca volvería a tener un hogar, en ninguno de los sitios del mundo donde alquilaría unos cuantos metros cuadrados de aire envueltos en cemento”.
El resto fue luchar y esperar sin esperanza. Como corresponde a una agonía.




