
La amistad cívica
El ideal de una comunidad de personas libres e iguales está constantemente herido por un conjunto de factores contrarios a ese propósito. Aun cuando nuestro país recupere las ilusiones y reafirme, según las encuestas, la confianza colectiva, basta echar una rápida mirada sobre la existencia cotidiana para percatarse del crecimiento explosivo de la marginación y las desigualdades, unidas ambas a la violencia criminal.
Estos datos, poco novedosos, hacen las veces de un coro que se repite al paso de sucesivos presidentes. Vale la pena recordarlo, especialmente en estos días en que el Gobierno ha resuelto celebrar los presuntos logros de un mes de administración difundiendo a manos llenas propaganda oficial. Mientras tanto, la violencia criminal prosigue disparando sus dardos.
Cuando en una democracia la noticia diaria refleja casi en exclusividad esta penosa circunstancia -el dolor, los llantos y la impotencia de las víctimas-, estamos frente a una señal peligrosa: la ruptura de vínculos básicos, la sombra de la enemistad social que ensombrece el paisaje donde debería reinar la convivencia. Es posible que los medios de comunicación aumenten el ángulo de esta escenografía. No es menos cierto, sin embargo, que esos hechos tienen un potencial destructivo más letal todavía.
Nuestra sociedad democrática es pues una sociedad desgarrada por esa enemistad que, en última instancia, corroe a la ciudadanía (o la mutila, como ha dicho el ministro de Gobierno de la provincia de Buenos Aires). A través de varias experiencias hemos superado la antigua enemistad política para suplantarla por la enemistad social. No ha habido respiro en el pasaje de uno a otro estadio: cualquiera que sea el motivo, la muerte violenta es siempre la misma. Ya que se habla tanto de modelos (buenos y malos), no vaya a ser que los espejos en los cuales nos reflejamos sean en poco tiempo Río de Janeiro o las ciudades colombianas, y que después de llenarnos la boca con grandes intenciones terminemos integrando, en lugar de culturas y economías, a bandas de narcotraficantes.
¿Cómo recrear, entonces, el campo de la amistad? Es sabido que, desde sus orígenes, la teoría política reclamó un mínimo de afecto compartido hacia ciertas virtudes comunes sin las cuales las sociedades corren el riesgo de padecer los efectos devastadores de la desintegración. En los libros VIII y IX de la Ética , Aristóteles llamó a esta exigencia amistad civil o amistad cívica. En el plano de la conducta deseable de los ciudadanos, Aristóteles tuvo el tino de emparentar la amistad cívica con la justicia, pues "en la medida en que hay algo en común hay amistad entre ellos y también justicia". A menudo nos asalta la impresión de que es eso lo que nos está faltando: algo en común o, en el lenguaje moderno, instituciones capaces de representar esa apetencia elemental de amistad y justicia.
Transparencia y neutralidad
Este punto de vista permitiría explicar por qué la reconstrucción no puede comenzar sino atacando de frente el gran problema de la justicia en la Argentina. Tal vez sea ésta nuestra mayor cuenta pendiente. No se puede seguir dilapidando el valor de la justicia como lo hemos hecho en los últimos años por la sencilla razón de que sin ese principio arraigado en los hábitos no hay estabilidad que valga: ni en los contratos, ni en las expectativas ni, por ende, en la confianza recíproca.
De aquí la necesidad de asegurar la regla de la transparencia y de la neutralidad del gobierno para proveer vacantes en la Corte Suprema de Justicia de la Nación. El Poder Ejecutivo acaba de poner en marcha este procedimiento proponiendo a un destacado jurista. La Corte es el nervio más sensible de toda la organización de la Justicia. Si ese nervio se corta, se resquebraja también el suelo común de la amistad cívica. En este punto huelgan las dudas: con respecto a la Justicia, no puede haber otro norte que el bien general de toda la sociedad. La corrupción de la Justicia comienza cuando ese respeto hacia el patrimonio común de la ciudadanía es manipulado hasta el límite de ser reemplazado por dos nociones bastardas: la amistad por interés de poder (sea político o económico) y la amistad ideológica; en una palabra, el "amiguismo".
El cruce entre estas desviaciones puede hacer estragos. De hecho, la primera de ellas, el amiguismo por interés de poder, es la que predominó durante la década del 90. La idea subyacente a la denominada mayoría automática consistió en privilegiar relaciones particulares por sobre criterios generales de idoneidad e independencia. Se hizo de la Corte un objetivo partidario y, en el peor de los casos, faccioso. El resultado ha sido un desprestigio que no distingue (siempre la opinión pública tiende a simplificar) entre comportamientos correctos e incorrectos. En parte, esta situación obedece al papel que la Constitución asigna al Poder Ejecutivo para proveer vacantes en la Corte (lo que demanda un riguroso sentido de la autolimitación) y a la docilidad del Congreso ante la hegemonía presidencial.
Hoy se alza en el país un discurso dispuesto a erradicar el amiguismo por interés de poder, pero todavía no se advierte con claridad el propósito de superar el riesgo del amiguismo ideológico, vale decir, las mentalidades que conciben la Justicia como una entidad representativa de un sector. No es nada fácil encontrar en este campo un punto de equilibrio. La historia de la Corte Suprema de los Estados Unidos en el siglo XX nos muestra una permanente tensión entre jueces liberales (equivalentes, en términos norteamericanos, a liberales progresistas o socialdemócratas) y jueces conservadores. En estos contrapuntos interviene toda clase de criterios -morales, culturales y religiosos- y sobre todo la influencia del Poder Ejecutivo según la orientación liberal o conservadora del presidente y de su gabinete de ministros.
Sería absurdo dejar enteramente de lado la ideología en el debate democrático. La ideología es a la democracia como el agua a la planta: sin ideas transformadas en acción, la democracia se seca, falta de objetivos y proyectos. No es ésta, evidentemente, la cuestión en disputa. El enredo se produce cuando la ideología hace las veces de un mundo cerrado sobre sí mismo y, por lo tanto, incomunicado hacia fuera del círculo de quienes cultivan, sin sentido crítico, una memoria de resentimientos. En este caso, el amiguismo es un circuito que alimenta solamente a los compañeros ideológicos. Se trata pues de una actitud que no trasciende (lo opuesto a la amistad cívica, que sale de sus propios condicionamientos en busca del otro) y convierte la ideología en una máscara de justificación y la memoria en una ceremonia de encubrimiento.
Por este camino, contrario en apariencia a los arreglos por interés, se llega al mismo resultado: siempre gana el amiguismo, político o ideológico. Nuestra sociedad no puede permitir más que se sigan reproduciendo estos juegos. Es lo que reclama la amistad cívica.





