
La Argentina, con la identidad en duda
Juan Gabriel Tokatlián Para LA NACION
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La política internacional contemporánea ha localizado en el centro de atención y el debate la cuestión de la identidad. De modo sintético, se intenta comprender y esclarecer la construcción de la identidad nacional y observar y explicar su proyección en el terreno mundial. Así, entonces, la identidad remite a una perspectiva básica acerca de quiénes somos, hacia adentro y hacia afuera, cómo nos asumimos y cómo somos percibidos y a qué aspiramos, en el plano doméstico y en el exterior. Por consecuencia, la mirada sobre la identidad incluye, simultáneamente, la autopercepción y la autorrepresentación, así como la percepción y la representación del otro.
En esa dirección, las identidades resultan de procesos sociales domésticos, pero son también el resultado de la interacción con otras contrapartes ubicadas en el exterior. La identidad expresa, entonces, primero, un hecho histórico, con elementos de continuidad y cambio; segundo, un contexto que exige discernir el marco institucional en que se actúa, y tercero, una realidad relacional que surge de los modos de contacto con diversos actores externos.
La identidad propia es, por lo tanto, el producto de múltiples factores geográficos, demográficos, políticos, étnicos, culturales, tecnológicos y económicos, y está influida por un amplio conjunto de fuerzas y fenómenos exógenos.
Ahora bien: la identidad incide sobre la definición y el alcance de los intereses nacionales y, por lo tanto, sobre el esbozo, la instrumentación y el perfil de la política exterior.
Por ende, una identidad nacional cohesiva contribuye a una mejor y más activa defensa de los intereses vitales de un país. Inversamente, y como ha señalado el internacionalista estadounidense, Henry Nau, "sin una autoimagen unificada y robusta, una nación no tiene incentivos para acumular o usar su poder nacional y no puede defender su interés nacional".
En las situaciones de crisis, por lo general surge la pregunta por la identidad propia. Pero, en el caso de Argentina, las dos más recientes y hondas crisis (la interna de 2001-2002 y la internacional de 2008-2009) no generaron la esperable pregunta de quiénes somos, cómo nos asumimos en esta coyuntura y a qué aspiramos en el futuro próximo y en el largo plazo.
Esta ausencia es llamativa, ya que muchos componentes de los que en algún momento hubieran podido facilitar o inhibir la identidad nacional, así como su manifestación externa, se han transformado significativamente.
Por ejemplo, el poder relativo de la Argentina en la región y en el mundo ha venido declinando sistemáticamente durante más de medio siglo y la ausencia de reconocimiento de ese hecho ha llevado a que en materia de política exterior el país oscile entre la sobreactuación y el ensimismamiento. En vez de repensar una diplomacia modesta con objetivos prudentes y medios adecuados se persistió en un narcisismo destructivo que idealizó el pasado y menospreció el futuro.
Algunos sectores de la elite aún conciben el país como una suerte de Europa trasplantada (cosa que nunca fue), a pesar de que en las últimas décadas la Argentina ha emulado y consolidado los aberrantes niveles de desigualdad de la región geográfica en la que se encuentra. Hace ya muchos años, el nacionalismo político y el desarrollismo económico guiaron las políticas públicas internas y externas; hoy sobreviven, en algunas capas intelectuales, burocráticas, empresariales y sindicales, versiones desdibujadas o distorsionadas de aquellas que conducen a no reflexionar sobre la condición cosmopolita de las sociedades y sobre un nuevo modelo de desarrollo apoyado en la equidad y la ecología. A pesar de que una sólida identidad demanda un entramado institucional que la sustente, en el transcurso de varios lustros la Argentina ha optado por debilitar o destruir sus instituciones. Mientras que otros países, con iguales o menos recursos, se dedicaron por años a fortalecer, profesionalizar y actualizar sus cancillerías, nosotros escogimos una diplomacia desatendida, raquítica y confusa.
Por otro lado, la valoración de la democracia formal y la defensa de los derechos humanos, persistentes en todos los gobiernos desde 1983 en adelante, se han ido erigiendo en marcas importantes de la identidad argentina. Las visiones militaristas y maximalistas de la política exterior fueron perdiendo espacio, respaldo y viabilidad. Ello permitió estimular una suerte de zona de paz en el Cono Sur; algo inusual en las áreas de la periferia, caracterizadas por dilemas de seguridad prolongados o perennes.
Los cambiantes procesos sociales, económicos y políticos de la Argentina no han conducido aún a un esclarecimiento y una redefinición de la identidad internacional del país. No se trata de forzar consensos ilusorios con base en diagnósticos limitados. Identidad nacional no es sinónimo de unanimidad colectiva. Se trata, en cambio, de asumir los disensos naturales de toda sociedad y aportar a un diagnóstico realista sobre lo que hemos devenido y, a partir de allí, reconstruir una identidad plural y sólida que contribuya a precisar los nuevos intereses nacionales.
Indudablemente, el actual contexto mundial y sus tendencias observables están produciendo un escenario complejo y contradictorio, que afecta seriamente el devenir de los estados. Varios países están redefiniendo sus opciones estratégicas a la luz de los virajes que se ciernen sobre el sistema global. Al hacerlo están asegurando que su identidad internacional les permita reducir los costos que se avecinan para muchos e incrementar los potenciales beneficios que se vislumbran para muy pocos. Para la Argentina, el desafío es mayúsculo. A la estructura global precaria se le agrega una condición propia y preocupante: somos una nación en incertidumbre. Nuestra identidad internacional no está sólo maltrecha: es vacilante y endeble.






