
La Argentina, el país donde el diálogo es una mala palabra
Si algo caracteriza a las sociedades democráticas es la capacidad de dialogar; cuando los líderes no toleran la crítica ni escuchan a sus adversarios, se debilita la convivencia
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Javier Milei acaba de cumplir dos años en el gobierno con una particularidad: jamás ofreció una conferencia de prensa. Es cierto que hasta que asumió como jefe de Gabinete lo hacía con regularidad el vocero presidencial, pero el propio mandatario hasta ahora no lo ha hecho nunca. El dato, que a esta altura pasa un poco desapercibido, parece formar parte de algo más amplio y tal vez más de fondo: el deterioro en la Argentina de la cultura del diálogo.
Cuando miramos otros países, aun con liderazgos “extremos” y contextos muy polarizados, como Estados Unidos, vemos que se sostienen la tradición y el ejercicio de la conversación democrática, aunque también luce debilitada. El propio Trump, que no es precisamente un líder respetuoso de las normas institucionales, y que no ha dudado en atropellar a la prensa ni en destratar a sus adversarios, se reunió en el Salón Oval con el nuevo alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, y tuvieron un intercambio amable, a pesar sus enormes diferencias en todos los órdenes. Cuando recibió a Milei en la Casa Blanca, se abrió a un diálogo franco e intenso con periodistas de todos los medios que fue televisado en directo. Es cierto que lo hace con un estilo estrafalario y modales muchas veces agresivos y provocadores, pero sin clausurar ese formato que ha sido característico de la democracia norteamericana. A pesar de sus rasgos autoritarios, Trump también ha hablado en términos razonables con presidentes de los que está abiertamente distanciado, como el colombiano Petro y el brasileño Lula.
Ahora acabamos de ver en Chile otra tradición similar, cuando el presidente Boric habló por teléfono, ante las cámaras de televisión, con el que será su sucesor: un líder ubicado en sus antípodas ideológicas al que, sin embargo, le propone una conversación respetuosa y constructiva. Y asistimos una vez más a una envidiable escena de civilización y convivencia política en Uruguay, donde Julio María Sanguinetti fue homenajeado por expresidentes y líderes de todos los partidos al cumplir 90 años. ¿Qué hecho de esa naturaleza puede mostrar la Argentina en el máximo nivel de la política?
En la escena local se ha naturalizado “la cancelación” del adversario. Cuando el Presidente convoca a un diálogo con los mandatarios provinciales, deja expresamente excluido al gobernador de la provincia de Buenos Aires, mientras sus voceros explican que “no vale la pena hablar con él”. Ese gobernador, a su vez, excluye a intendentes “de otro palo” en las mesas institucionales.
En una entrevista que acaba de dar al periodista Andrés Oppenheimer, Milei reconoció: “No me interesa el diálogo con Lula” y remarcó: “No tengo nada que hablar con Lula sobre Venezuela”.
En ese espíritu cortante y confrontativo parece haber una continuidad en la Argentina. El kirchnerismo combatió la cultura del diálogo y elevó a la categoría de dogma la asociación entre adversario y enemigo. Solo concebía la conversación como una herramienta para la cooptación. El que no se rendía era condenado al destrato, a la estigmatización o al ninguneo.
El sociólogo Zygmunt Bauman sostenía que la comunicación real implica hablar con quienes piensan diferente, no solo con aquellos que tienden a coincidir y compartir una visión del mundo. Resaltaba que el gran desafío de nuestra época es tender puentes más allá de las fronteras ideológicas. Por eso destacaba siempre un gesto del papa Francisco, que había decidido dar su primera entrevista como pontífice a un periodista abiertamente ateo, el italiano Eugenio Scalfari, que había sido director del diario La Repubblica.
Tal vez uno de los ejemplos más edificantes y conmovedores de diálogo y de convivencia haya sido el que dieron dos jueces, ya fallecidos, en la Corte Suprema de los Estados Unidos: Ruth Bader Ginsburg y Antonin Scalia no podrían haber tenido visiones y perspectivas más antagónicas. Ginsburg era una magistrada progresista y liberal (en los términos de la política norteamericana), que se convirtió en un ícono de la lucha por la igualdad de género y los derechos de las minorías. Scalia era ultraconservador, con posiciones jurídicas que se consideraban dogmáticas. Casi nunca coincidían, pero se tenían un respeto y una admiración mutua que los llevaron a cultivar una entrañable amistad. Un documental sobre la jueza Ginsburg, RBG, nos ofrece un retrato inspirador sobre la cultura del diálogo y el respeto más allá de diferencias que pueden ser abismales. Está disponible en YouTube, y tal vez sea una referencia valiosa para la dirigencia argentina. Se podría agregar una recomendación para políticos y funcionarios a los que les guste la ópera: hay una, del compositor Derrick Wang, que retrata precisamente la relación entre ambos magistrados, y que se escribió con fragmentos de sus sentencias y de diálogos entre ellos, quienes se atrevieron, incluso, a representar sus propios roles arriba del escenario.

No hay que irse tan lejos, sin embargo, para encontrar ejemplos de diálogos enriquecedores entre universos y posiciones distintas. Alejados de las vidrieras mediáticas y de los ruidos de la política, hay algunos intentos que se hacen en la Argentina, a pesar de que la conversación plural también agoniza en las universidades, en los colegios profesionales y en algunas academias.
Hace algunas semanas, por ejemplo, los obispos argentinos agrupados en la Conferencia Episcopal convocaron para “una conversación franca” a youtubers, streamers e influencers, no solo de distintas religiones, sino completamente alejados de la sensibilidad, la cultura y la mirada dominantes en la jerarquía eclesiástica. Fue un experimento arriesgado; una conversación entre “dos mundos”. Se dio en forma reservada, pero varios participantes la han descripto, en testimonios informales, como “una experiencia enriquecedora”. Los obispos se animaron a preguntarles “¿cómo nos ven?” a jóvenes que han alcanzado cierta notoriedad por su estilo rupturista y a veces contestatario. Escucharon algunas opiniones con las que no están de acuerdo, “pero nos abrieron ventanas para seguir pensando”, contó uno de los participantes.
Sería alentador, por supuesto, que desde el poder se cultivara el ejercicio del diálogo y se dieran ejemplos en ese sentido. Pero tal vez debamos valorar que algunos modelos vengan desde abajo, o acaso desde estratos intermedios de la sociedad y la dirigencia.
Uno de los libros políticos de los últimos años fue el que hicieron, a través de una larga y fecunda conversación entre ellos, Miguel Ángel Pichetto y el periodista Carlos Reymundo Roberts. Su riqueza reside, precisamente, en el intercambio entre dos personas con trayectorias, experiencias y raíces diferentes. En otro libro reciente, la filósofa Diana Cohen Agrest confronta opiniones contrapuestas, que a la vez se enriquecen unas a otras, bajo un título sugerente: Elogio del disenso. Son apenas algunos ejemplos, pero tal vez sirvan para recordar el valor de algo tan básico, y a la vez tan esencial, como el diálogo y el puente entre ideas antagónicas.
El contexto no parece del todo propicio. La dinámica de las redes sociales fomenta las cámaras de eco, que nos llevan todo el tiempo a escuchar nuestra propia opinión en la voz (o los posteos) de otros. Buscamos validar y reforzar nuestra perspectiva, más que confrontarla de manera constructiva y civilizada con posiciones opuestas, o al menos ligeramente distintas. Etiquetamos el debate: “me gusta” o “no me gusta”, como si no hubiera plafón para los matices y los grises.
La política ha convertido al diálogo en una mala palabra: se lo asocia con debilidad, claudicación, o incluso con componenda o pactos espurios. Cortar el diálogo suele verse como un gesto de firmeza, aunque muchas veces encubre actitudes caprichosas y rasgos autoritarios. La ruptura absoluta del vínculo entre presidente y vicepresidente ha simbolizado, en varios de los últimos gobiernos, esa incapacidad para sostener, incluso, el mínimo diálogo institucional. Y paradójicamente, o no, es algo que asemeja a Cristina Kirchner con Javier Milei.

En el ejercicio del poder, la negación del diálogo también implica una falta de reconocimiento de la idea del deber y del sentido de la obligación. Hay conversaciones que no deberían depender de la decisión o la comodidad del líder, sino que son inherentes a sus propias responsabilidades. La escena más grotesca de ruptura con esa noción del deber tal vez haya sido la de la expresidenta Kirchner cuando se negó a entregar los atributos de mando a su sucesor.
La polarización y la hegemonía discursiva trascienden, sin embargo, las fronteras políticas. No es fácil encontrar en foros académicos modelos de pluralidad y de debate. Sí hemos visto, en cambio, el método de la exclusión y la censura en ámbitos como la UBA, donde ese tipo de prácticas no deberían tener cabida.
Es cierto que muchas veces el diálogo político ha sido una mera puesta en escena y hasta una forma de oportunismo o una maniobra distractiva. Es cierto, también, que pueden esgrimirse impedimentos éticos para determinadas conversaciones. ¿Tendría valor y sentido un diálogo entre un presidente y un antecesor condenado por graves delitos de corrupción? Pero que esa herramienta tenga limitaciones objetivas y que haya sido manoseada o malversada no invalida el valor esencial de la conversación, del encuentro, del intercambio y la interrogación. Si hay algo que caracteriza a las sociedades democráticas, es la capacidad de dialogar. Puede parecer naíf, pero un país donde sus líderes no toleran la crítica ni la pregunta incómoda, no escuchan a sus adversarios ni se sientan a dialogar con quienes piensan distinto, y hasta son capaces de negarles el saludo a los que no se subordinan o no aceptan sus decisiones “sin chistar”, es un país en el que se debilita la convivencia y donde la hegemonía tiende a imponerse por encima de la pluralidad. ¿Seremos capaces de recuperar la cultura del diálogo? De esa respuesta también depende el futuro de la Argentina.



