
La Argentina fragmentada: el riesgo tras “los mejores meses de nuestra historia”
El autor advierte sobre las consecuencias de una apertura económica que convive con dólar bajo y tasas altas, sin apoyo a la industria y con regímenes de promoción concentrados en sectores primarios

Extraña economía: mientras el Gobierno celebra los datos macro, la Argentina productiva se parte en dos, una que exporta como nunca y otra que cierra líneas de producción y despide personal.
Todos los días aparece una noticia parecida: alguna empresa manufacturera, grande o pyme, reduce su plantilla, cierra una línea de producción o se convierte en importadora de productos chinos. La última resonante fue el despido de la mitad de la plantilla de Tenaris (Grupo Techint) en Valentín Alsina. ¿Ineficiencia microeconómica de un grupo con rentabilidad global de US$5500 millones? ¿O distorsión de precios relativos que golpea la competitividad? Recientes casos similares de pymes, como la productora de baterías (Unibat) que cerró una de sus plantas, la de artículos de camping, ferretería y bazar (Brogas) que se concursó o la única fabricante nacional de aisladores eléctricos (FAPA) que cerró, se suman a una larguísima lamentable lista. El Gobierno y muchos economistas insisten en que transitamos los mejores meses de nuestra historia. La pregunta: ¿cómo conviven ambos relatos?
Lo que el Gobierno hizo bien
Es justo reconocerlo: la actual administración despertó a “la otra Argentina” insolitamente dormida tanto tiempo bajo nuestros pies. Minería, petróleo, gas y campo proveen divisas genuinas y mejoran las cuentas externas.
También es cierto que Milei dejó atrás la represión financiera que abusaba del control de capitales para financiar el déficit con emisión monetaria. Ese modelo generaba brecha altísima, escasez de divisas, administración discrecional de las importaciones, trababa la inversión por falta de insumos y alimentaba un proteccionismo bobo. El financiamiento monetario del déficit, con gasto y presión impositiva excesivos, terminaba en una inflación en espiral que amenazaba con hiperinflación. Esa política, que la literatura clasifica como populista, nunca generó inversión genuina, exportaciones sostenidas, empleo ni crecimiento de largo plazo.
A pesar de los reparos que se puedan formular, son logros de esta administración: superávit fiscal, baja del gasto público, desregulaciones, baja de la inflación, mejor clima de negocios, modernización laboral, acuerdo con la UE.
Una economía que se parte en dos
Pero la economía argentina consolida su fragmentación: el contraste entre los sectores primarios en expansión y los intensivos en empleo es cada vez más nítido, y se nota en actividad, inversión, exportaciones y empleo.
El impulso de los recursos naturales llevó al PBI a crecer 0,7% s.e. en el primer trimestre y 2,3% interanual: pesca (27,5%), agro y ganadería (+18%) y minería, petróleo y gas (12,3%). Las exportaciones tocaron un récord en mayo, con más de US$9500 millones, y US$40.400 millones en cinco meses. Explican este récord los aumentos interanuales, en orden decreciente, en las exportaciones de petróleo, de oro, de semillas y aceite de girasol, de trigo, de litio, de pick up, de carne, de maíz y de plata. Con excepción de las pick-up y algo de las carnes, todas commodities: la estructura de exportaciones de país pobre.
En el otro extremo, comercio e industria fueron los sectores con peor desempeño del PBI, con caídas de 1,7% y 0,3% interanual, golpeados por la debilidad del mercado interno y la pérdida de competitividad. Según la encuesta del Indec, la demanda insuficiente limita la producción en el 51,8% de las empresas; la competencia de importados afecta a otro 11%.
Los menores niveles de producción se reflejan en un uso bajo de la capacidad instalada, ubicado en mínimos históricos: la industria opera en promedio por debajo del 60%, es decir, con el 40% del equipamiento productivo ocioso. Solo las ramas de recursos naturales o insumos básicos superan ese promedio; los sectores intensivos en empleo y orientados al mercado interno muestran niveles particularmente deprimidos.
Industria y comercio concentran 2,4 millones de puestos de trabajo registrados, casi el 40% del total. En el último año, el comercio perdió 21.000 puestos y la industria, 45.000. En el empleo formal industrial, la caída entre el tercer trimestre de 2023 y 2025 fue del 4,2%: -1,4% en recursos naturales y -8,7% en los intensivos en mano de obra.
La recesión también golpea el mercado laboral: crece el pluriempleo y la desocupación que se mantienes cerca del 8% de la PEA está contenida, en parte, por la expansión del trabajo precario que es desempleo disfrazado y por el trágico destino de trabajadores especializados que terminan en servicios de baja productividad. Se suma un incremento en la morosidad familiar, sobre todo en préstamos personales y líneas no bancarias: la irregularidad crediticia toca máximos de casi dos décadas.
Aparece además un dato que rompe con la lógica habitual: el desacople entre crecimiento e inversión. La inversión, que suele ser procíclica con el PIB, lleva dos trimestres de baja interanual y cuatro de caída trimestral, con un retroceso de 11,3% desde el primer trimestre de 2025, mientras el PIB creció 2,3%. Había repuntado en la segunda mitad de 2024 por el esquema cambiario de alta brecha, pero se frenó y se revirtió: la contracción de manufactura y construcción neutraliza el envión del agro y la minería.
Las paradojas libertarias
¿Cómo se explican estos números? Aparece la paradoja de un gobierno libertario que pone en un altar el libre funcionamiento del mercado para fijar los precios, pero mantiene intervenidos dos de los más importantes: el tipo de cambio y la tasa de interés. Un dólar bajo, contenido como anclaje antiinflacionario y sostenido con tasas altas, configura precios relativos incompatibles con el funcionamiento virtuoso del aparato productivo. El atraso cambiario funciona, en los hechos, como un impuesto a las exportaciones y un subsidio a las importaciones.
El cuadro macro se agrava con una política monetaria y fiscal súper contractiva que golpea la demanda agregada consumo e inversión— y ahoga al mercado interno.
Se impulsan regímenes generosos como el RIGI para atraer inversiones primarias, mientras hay una negativa sistemática a atender a la cadena de proveedores locales. Sin instrumentos de reconversión ni apoyo a la manufactura, esas inversiones terminan importando buena parte de sus insumos críticos, y se desvinculan de la industria nacional. La otra paradoja es que “la mejor política industrial es la que no existe” solo rige para la parte más castigada de la economía.
El riesgo de este esquema —dólar bajo con tasas altas, apertura sin apoyo a la industria y promoción concentrada en sectores primarios— es convertir al país en lo que Rogelio Julio Frigerio llamó un enclave exportador atado al dispositivo transnacional, con mínima integración con el tejido industrial local.
Es una tendencia que hemos advertido se profundizará, como viene sucediendo, si no se corrigen algunos parámetros: el tipo de cambio real, la tasa de interés, la política monetaria hiper contractiva, la inexistente política de desarrollo de proveedores y la ausente administración del comercio exterior frente a China.
El contraste internacional completa el cuadro: mientras economías desarrolladas avanzan hacia el reshoring y el fortalecimiento de cadenas críticas, la Argentina liberaliza sin instrumentos de reconversión ni protección de sus capacidades locales. La apertura sola, con precios relativos distorsionados, destruye capacidades y genera pobreza. Esa puede ser la transición de la que tanto se habla y a la que estemos encaminándonos, luego de los mejores meses de nuestra historia, de no corregirse el rumbo de modo urgente.





