
La Argentina moderna también nació en 1776
Nuestro federalismo, al igual que el presidencialismo fueron tomados de la Constitución de Filadelfia, pero el resultado fue bien diferente

Si uno pudiera entrevistar hoy al abogado James Otis Jr. acerca del año de nacimiento de Estados Unidos, dado el papel que tuvo generando argumentos contra la legitimidad del “Sugar and Stamp Act”, seguramente ubicaría tal nacimiento entre 1764 y 1766. Diez años antes del que hoy se rememora. Fue entonces cuando las colonias británicas de Norteamérica, independientes y mal comunicadas entre sí, tomaron conciencia del problema común que enfrentaban ante el rey Jorge III y el parlamento británico, y comenzaron a actuar conjuntamente.
Y si uno pudiera entrevistar a otro bostoniano como John Adams, quizás disfrutaría diciéndonos (rememorando sus desavenencias con Jefferson) que el día que debería rememorarse y que tendrían que haber celebrado las sucesivas generaciones era el 2 de julio de 1776, porque fue entonces cuando el “Segundo Congreso Continental” resolvió la independencia de las colonias británicas, tal como comentó a Abigail, su mujer, en una carta escrita el 3 de julio de 1776.
Estados Unidos de Norteamérica celebra los 250 años de su declaración de independencia del 4 de julio de 1776 porque fue el día en que los “founding fathers” expusieron al mundo y al pueblo norteamericano los motivos (en la famosa declaración) de lo que habían resuelto dos días antes. La Constitución norteamericana de 1788-89 cambió tanto con las enmiendas XIII, XIV y XV (1865-1870) que también sería lícito sostener que los Estados Unidos que conocemos llevan hoy solo 161 años. Es la propia historiografía norteamericana la que refiere al período previo a la Guerra Civil como al período “Antebellum” porque advierte que aquel país era un país distinto.

Es pertinente tener presente lo anterior porque, por regla sociológica, los pueblos no tienen un día ni un año de nacimiento. Con matices y diferencias aquí tampoco tenemos un único día o un único año para localizar el nacimiento de la Argentina moderna. La generación del 37 se fijó el objetivo de enhebrar un discurso que pudiera contener y dar cabida a unitarios y federales. Por ello, fijó su atención en la revolución de mayo de 1810 y en la independencia de 1816 y en lo que tales fechas podían aportar al imaginario colectivo para alcanzar la unión nacional y para la futura convivencia del proyecto de Urquiza y de la Constitución de 1853/60. Con ellos, la bisagra del natalicio argentino quedó trazada con la emancipación de España. Como si los 300 años de historia colonial no hubieran sucedido, como si el fusilamiento de Liniers y las batallas de Belgrano, San Martín y Güemes no hubieran sido parte de una guerra civil entre hispanohablantes, y como si los españoles hubieran arribado en el 1500 a una isla desierta.
Lo acuciante para la generación del 37 fue aportar elementos, desde una lógica comprometida, a veces panfletaria y a veces publicista, para encauzar un conflicto que parecía eterno. Es decir, aportar elementos para dar una solución al gran problema de su tiempo. No tenían la aspiración de crear una escuela historiográfica ni tampoco la de negar las complejidades de nuestro pasado. Querían crear las bases para una “Argentina posible”. Quizás hoy esté naciendo una nueva Argentina, en un mundo que está cambiando vertiginosamente. Otros problemas, otros desafíos y otras oportunidades. El tiempo dirá. Pero simplificando en extremo nuestra historia, son tres Argentinas las que se han venido sucediendo y solapando.

La primera Argentina, la prehispánica, es sobre la cual menos sabemos, pero la que tiene el arraigo más profundo. La segunda, la de los Habsburgo (de 1500 a 1700), es la que nos dio el nombre del país: la de las ciudades proveedoras y guardianas de Potosí. Y la tercera y última es la que trazaron los Borbones con la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 y su acento puesto en el Atlántico.
Es muy difícil si no imposible encontrar una fecha de nacimiento de la Argentina moderna, pero resulta más fácil conseguir respuestas, una continuidad y un sentido a lo sucedido con la defensa ante las invasiones inglesas, con la revolución de mayo y la independencia, con el protagonismo que cobraron las provincias del Litoral, la atomización de Buenos Aires (que incluía a Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe), y su posterior federalización, pasando por Malvinas, los países limítrofes, la Constitución nacional, la inmigración y el modelo agroexportador, si ubicamos nuestro parto moderno hacia 1776 que si lo hacemos recién en las jornadas de mayo de 1810 o de julio de 1816. Quizás no sea 1776 tampoco el año más indicado para ubicar el nacimiento de la Argentina moderna, pero si lo fuere estaríamos celebrando también los 250 años.
Las 13 provincias de la Nueva Inglaterra, adonde llegaron los Pilgrims, que seguían el relato bíblico buscando la “Tierra Prometida” del Antiguo Testamento, lograron la unión en un proceso veloz. Mientras que por nuestra parte, si contamos el inicio en 1810, recién logramos la Consolidación en 1853, pero todavía faltaba que la provincia más grande, Buenos Aires, se uniera en 1860. Cabe señalar que nuestro federalismo, al igual que el presidencialismo fueron tomados de la Constitución de Filadelfia, pero el resultado fue bien diferente. Ello, debido a que Inglaterra permitió que sus colonias se dieran sus instituciones, mientras que en nuestro país el pasado monárquico de España lo impidió. Sirvan nuestras observaciones como humilde guía para nuestro futuro.


