La Argentina, una Babel de intereses contrapuestos

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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7 de enero de 2017  

¿Cómo se justifican los diagnósticos divergentes sobre los problemas argentinos? ¿Por qué los gobiernos desechan el largo plazo, absorbidos por la coyuntura? ¿A qué se debe que los economistas vivan en tensión con los políticos, que les piden resultados inmediatos que no pueden satisfacer con rigor? ¿Por qué los empresarios y los sindicalistas no se ponen de acuerdo? ¿Cuál es la razón para que cada sector siga reclamando su parte como si nada cuando los recursos ya no alcanzan?

Estas preguntas desordenadas e inconexas, tienen, sin embargo, denominadores comunes. Asumiendo que se vive en democracia y que la mayor responsabilidad pertenece a las elites, podría decirse que las respuestas están condicionadas por una serie de factores: las trayectorias, los requisitos de la administración, las urgencias de la política, los intereses privados, las ideologías.

Así, el sentido de pertenencia de los actores remite a sus trayectorias, las tensiones derivan de los intereses de cada uno y de las demandas contradictorias de la administración y de la política, mientras las ideologías determinan la rigidez o la flexibilidad de las posturas. Por último, deben considerarse los roles: como en una orquesta cada músico interpreta una partitura que puede estar más o menos coordinada con la de los demás. El resultado de la interacción es diverso: abarca un amplio abanico que va del ruido a la armonía. O, acudiendo a metáforas histórico religiosas, desde la torre de Babel hasta Pentecostés.

Si el tema es la crisis económica y cómo salir de ella, se está más cerca de la presuntuosa torre que aspiraba al cielo, que de la iluminación de los apóstoles. Tal vez la proliferación de roles, visiones e intereses explique el desacople. Pero puede circunscribirse el conflicto a tres actores: los políticos, los líderes corporativos y los profesionales de la economía. Subyace aquí la trágica disyunción weberiana entre ciencia y política. Y su idea de la política como pacto con el demonio.

Los economistas ocupan varios roles, por lo general intercambiables o superpuestos. Pueden ser académicos, analistas, periodistas, consultores, administradores o funcionarios. No sorprende que en esa multiplicidad tengan que lidiar con tres esferas de intereses contradictorios: la privada, la pública y la científica. ¿Cómo conciliar la inversión externa que necesita el país con la precaución que debe aconsejarse a los empresarios extranjeros ante los problemas macroeconómicos irresueltos? ¿Cómo sintetizar las demandas electorales de los políticos con los requisitos de la ciencia económica? ¿Cómo diseñar una salida fundamentada de la crisis mientras se atienden las urgencias del presente?

Las organizaciones empresarias y sindicales son otros actores claves de este drama. Sus centrales repiten, como un mantra, el rol asignado: la defensa del interés sectorial, la presión para que no pierdan vigencia sus reivindicaciones. En la última semana hubo una muestra emblemática de este tironeo: el ministro quiere bajar los impuestos al trabajo, los industriales aplauden, los sindicatos protestan. Mañana puede ser a la inversa, que los sindicatos celebren y los empresarios se frustren. La clase política repite más o menos lo mismo, algo que se observa con mayor claridad en un año electoral. Fondos que se asignan a una provincia ofenden a otras, leyes que salen o no salen según un cálculo corto que llega a octubre. Los intereses económicos y electorales propios explican las conductas. Como en el Antón Pirulero, cada cual atiende su juego.

Hasta cierto punto, estos egoísmos pueden considerarse normales, inherentes al sistema democrático y capitalista, cuya lógica está fundada en los intereses individuales, no en los comunitarios. Pero hay que advertir los límites del juego: uno de cada tres argentinos es pobre, hace años que el país no crece, el contexto internacional es adverso y el poder político está fraccionado. En esas condiciones, perseverar en la codicia puede ser equivalente a jugar en la cubierta del Titanic, para usar una metáfora del sentido común destinada a revelar la irresponsabilidad.

Hablando de metáforas y conflictos, se atribuye al senador americano Hiram Johnson haber dicho en 1917: "La primera víctima de la guerra es la verdad". Se lo puede interpretar como el triunfo del poder sobre la ciencia. Acaso la batalla irresuelta de las elites argentinas opaque una verdad: las causas que impiden crecer al país son políticas antes que económicas. Por esa razón no hay economista que lo pueda resolver. Cuando la sinfónica desafina, el problema son los conflictos de poder entre los músicos y el rol del director. Esto lo comprobó Fellini cuando su película Ensayo de orquesta despertó tanta polémica, al ser recibida como una descripción metafórica del desorden político italiano.

Quizá la previsible escalada de los enfrentamientos y la escasez constituyan el motivo para una coordinación básica de acciones e intereses. Felizmente, no es probable una crisis terminal como en 2002. Por eso, el incentivo de las elites no puede ser como entonces el miedo a la revuelta, sino una previsión responsable y madura de los acontecimientos.

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