
La Argentina,¿es un país capitalista?
Sólo una palabra ha acompañado en forma persistente a lavado , la palabra-estrella de estos días: la palabra capitalismo . Mientras algunos sostenían que el escándalo del lavado de dinero, por afectar la estabilidad del presidente del Banco Central, ahuyentaba a los capitales capaces de sacarnos del estancamiento económico, otros sostenían, al contrario, que la campaña de purificación que alienta la diputada Elisa Carrió -la nueva abanderada moral al lado o quizá ya por delante de Carlos Alvarez- está destinada a convertirnos en un país serio y confiable para esos mismos capitales que necesitamos.
La crisis del lavado de dinero que estamos atravesando tiene, en realidad, tres salidas posibles. Una es que sirva de pretexto para una embestida esencialmente política contra el presidente del Banco Central, ya sea porque se está contra la política monetaria restrictiva de Pedro Pou o porque se está contra el propio Pou por provenir del menemismo. En la medida en que quedara en evidencia una intención política detrás de la posible remoción de Pou, esto dañaría al clima de inversiones que necesita el país porque se lo interpretaría como una ofensiva irresponsable de la clase política contra la principal de sus instituciones financieras.
La segunda posibilidad es que, después de tanto ruido, no pase nada. Que no se procese a nadie, que nadie vaya preso, que se experimente otra vez esa sensación de impunidad que sobrecoge a los argentinos. Esto, naturalmente, sería también contraproducente para la credibilidad interna y externa de nuestra economía.
Finalmente, podría ocurrir que, ya sea que se desplace a Pou o no, la decisión consiguiente se tome por fundadas razones y siguiendo la vía institucional ya acordada: que la comisión bicameral que debe evaluarlo haga llegar un dictamen de peso al Presidente y que éste decida en consecuencia, mientras los organismos judiciales pertinentes investigan seria y prontamente a todos los sospechados. Si el país se encamina por esta tercera vía, mejoraría sustancialmente la imagen de su economía.
Lavado afuera y adentro
Es interesante lo que está ocurriendo, porque la investigación sobre el lavado de dinero se plantea simultáneamente en una economía totalmente consolidada, como la norteamericana, y en otra aún vacilante, como la argentina.
El informe del comité senatorial de los Estados Unidos es extraordinariamente severo para con organizaciones financieras de gran importancia como el Citibank de Nueva York. Sin embargo, ningún temblor se nota por ello en el país del Norte. Al contrario: vigilar el movimiento de los capitales no es considerado allí como un atentado contra el sistema capitalista, sino uno de sus rasgos esenciales. Es aquí pero no allí donde se genera la incertidumbre acerca de las tres vías que hemos anotado.
Desde 1986 los Estados Unidos vienen legislando sobre el lavado de dinero. La ley norteamericana define el lavado, con lacónica precisión, como el "financiamiento criminal" ( criminal finance ). Antes de 1986 lavar no era en sí mismo un delito, sino sólo una actividad accesoria a algún otro crimen, como el narcotráfico, los secuestros, el cobro de sobornos o la evasión impositiva. Hoy se considera al lavado, que es el regreso negro de los capitales negros al circuito blanco , un crimen en sí mismo, de modo que aquel que lava agrega un segundo delito al delito anterior que haya cometido. Sólo ahora el Estado argentino ha dictado y reglamentado una ley comparable a la norteamericana.
A los investigadores del Senado norteamericano les interesan, en lo esencial, sus propios bancos. Pero, sabedores de que cuentan dentro de sus fronteras con una actividad bancaria severamente controlada, ahora se preguntan si sus bancos son negligentes o hasta cómplices cuando tratan con otros bancos situados fuera de sus fronteras.
Los Estados Unidos quieren castigar a sus banqueros no sólo cuando eluden la ley dentro de su territorio, sino también cuando ayudan a otros bancos a eludir la ley de otros Estados. Ese celo es bienvenido porque tiende a homogeneizar el mercado de capitales, en lugar de usar el doble criterio de "rigor adentro, laxitud afuera" que algunos países europeos han llevado al extremo de ofrecer desgravaciones a sus propias empresas cuando pagan sobornos para obtener contratos en el Tercer Mundo.
Esta dualidad encierra un desprecio. Es como si en esos países se les dijera a sus empresas: pórtense bien adentro, pero hagan lo que puedan afuera porque en los llamados países "emergentes" (es decir, subdesarrollados) reina una inmoralidad insuperable. Entre nosotros, la ley. En ellos, la selva.
Si la globalización va a traer no sólo inconvenientes, sino también beneficios, uno de ellos sería el de uniformar las reglas de conducta del capitalismo tanto en los países desarrollados como en los subdesarrollados. Que el Estado norteamericano se preocupe por lo que hacen sus bancos fronteras afuera ayuda, en suma, al creciente control que nosotros deberíamos establecer dentro de nuestras propias fronteras para acceder a ese rigor capitalista que es una condición necesaria de su existencia.
¿Somos capitalistas?
El capitalismo es la libre competencia entre las empresas bajo el amparo de leyes definidas por un Estado honesto y severo, cuyos funcionarios no se guían al aplicarlas por el afán de lucro que reconocen a las empresas.
¿Lo comprendemos así los argentinos? No lo comprenden así, por lo pronto, aquellos empresarios y funcionarios que creen que el capitalismo es sólo una ocasión para enriquecerse personalmente al margen de la ley que aquéllos deberían respetar y éstos aplicar.
Tampoco lo comprenden quienes, cuando promueven investigaciones, lo hacen al impulso de la sospecha de que el capitalismo es un sistema corrupto en sí mismo. En este caso, lo que impera es una ideología anticapitalista que busca culpables para probar su argumento.
Empresarios y funcionarios oportunistas de un lado, cruzados ideológicos del otro, ambos contribuyen a minar la fe del pueblo en el capitalismo. Investigadores tan severos como imparciales contribuirían, en cambio, a levantar la fe en las instituciones de la economía libre, la única, dicho sea de paso, que ha probado ser capaz de promover el desarrollo económico.
Quizá lo que nos pasa a los argentinos es que hemos sido arrojados al capitalismo por la fuerza de las circunstancias, pero no por convicción, porque poseemos todavía una mentalidad pre o anticapitalista. Somos y no somos, por ello, capitalistas. Lo somos en cuanto a las reglas de la competencia abierta que hemos sancionado. Pero no lo somos por conectar todavía con una mentalidad que, en vez de privilegiar la libre competencia, privilegia el aprovechamiento transgresor o la condena ideológica de sus reglas.
Después de renunciar, gracias al trauma hiperinflacionario de 1989, a la vía no capitalista del estatismo paternalista e inflacionario que nos había caracterizado por décadas, los argentinos estamos aprendiendo, trabajosamente, cómo es, cómo funciona ese capitalismo al que, habiéndolo aprobado de los labios para afuera, todavía resistimos en el fondo de nuestro corazón.







