La arquitectura que permitió alumbrar la ley de cannabis medicinal en la Ciudad
El jueves 12 de noviembre de este año está destinado a ocupar un lugar importante en la evolución del derecho a la salud en la Argentina. En las primeras horas de ese día se conoció el Decreto del Poder Ejecutivo Nacional donde se autorizaba el uso medicinal del Cannabis, dando cumplimiento a la Ley que el Congreso Nacional aprobó en el año 2017; y pasado el mediodía, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, aprobó por unanimidad la denominada "Ley de Cannabis Medicinal", que habilita el comercio, el autocultivo y la distribución de los derivados de la planta a los pacientes que lo necesiten.
En otras palabras, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por ley y la Argentina por decreto, incorporaron un corpus legislativo que moderniza la política sanitaria y que -basada en diversas e inobjetables investigaciones científicas-, permite avanzar en el aprovechamiento de los usos medicinales y terapéuticos del Cannabis como ya se ha implementado desde hace varios años en Europa, los Estados Unidos y en Latinoamérica.
El orgullo y la emoción que palpamos en los miles de familiares que desde ahora ya no serán sospechados ni perseguidos por buscar una mejor calidad de vida para personas con diversas y múltiples afecciones, también está acompañado de una enorme satisfacción por otros ribetes o senderos que formaron parte de la sanción de la Ley. Resultan para destacar algunos aspectos coyunturales que aparentemente nada tienen que ver con los fundamentos de la ley que aprobamos, pero que en realidad son tan constitutivos del mismo como su articulado, con los roles y las responsabilidades que le conferimos al Estado, con los derechos y las posibilidades que consagramos.
Quiero destacar aristas referidas a temas que subyacen, qué si los podemos observar, están por debajo de esta Ley, pero que en mi opinión (cómo coautor de la misma), tienen una importancia sustantiva que amerita subrayar. Esta Ley vino a "subsanar" (nunca tan apropiado el concepto) la prevalencia de décadas cargadas de prejuicios y sospechas, de inquinas, preconceptos y distorsiones en torno al cannabis.
Apoyados en el conocimiento científico, pero al mismo tiempo, alentados por la perseverancia y el ejemplo de cientos de familias y de cultivadores que contra todo tipo de restricciones, de obstáculos y discriminaciones de todo aquello que nos resulta extraño -esa amenaza de la "otredad" de la que dio cuenta Levy Strauss-, estas personas nos enseñaron que no podíamos bajar los brazos, que no podíamos ceñirnos a "lo políticamente correcto" y que era imprescindible para ampliar derechos derribar prejuicios con el objetivo que se comprendiera que hablar de cannabis medicinal es sinónimo de salud pública.
Una pregunta que solemos hacernos es en donde encuentran la fuerza necesaria para mantener sus reclamos cuando no eran escuchados, ¿cómo hicieron para poder trascender en el tiempo?. Creo, conjeturo, que lo pudieron hacer porque contaban con buenos cimientos, con convicciones firmes, sólidas y con conocimientos certeros sobre las implicancias de lo que solicitaban. Y es justamente ese tema de los cimientos el que me obliga a detenerme y realzar un rasgo importante que tuvo este proceso legislativo: la arquitectura de este proyecto de ley.
Los cimientos de esta ley no solo se solidificaron a partir de esa lucha ejemplar que debemos elogiar y que nos emociona aún más en este momento tan especial. Pudimos sancionar una ley que amplía derechos porque fuimos capaces de escucharnos y de dialogar entre diferentes, de buscar acuerdos entre quienes no pensamos igual, de priorizar nuestras coincidencias por encima de las diferencias.
Y claro, con esos cimientos, con la fuerza de la deliberación, con el empuje del diálogo franco y sincero, con el compromiso de escuchar y hacer parte a la ciudadanía, con la generosidad de todos los bloques que participaron del debate en la Comisión de Salud, logramos parir una ley que derriba prejuicios y que amplía derechos para la ciudadanía.
En tiempos donde la cultura predominante, se alimenta de la grieta, de la descalificación y del empobrecimiento de los espacios de debate, haber sido protagonista -junto a diferentes legisladores de todos los bloques de la elaboración de los cimientos de esta ley me enorgullece y nos deja una gran enseñanza. En la medida en que podamos desafiar la cultura del desencuentro, en la medida en que revaloricemos la importancia y el sentido que tiene el debate democrático, estaremos más cerca de promover cambios y transformaciones que mejoren la calidad de vida de la población.
Una arquitectura posible para lograr objetivos que nos parezcan imposibles. Por eso, hoy podemos mirar a los ojos a cada porteña y a cada porteño y decirles con mucho orgullo: desde hoy en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires contamos con una vergüenza menos y una libertad más.
Legislador de la Ciudad de Buenos Aires (Bloque UCR-Evolución)



