La "batalla cultural", ¿ha llegado hasta la historia argentina?

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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4 de diciembre de 2011  

La Presidenta acaba de crear por decreto el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, poniéndolo a cargo de una Comisión Directiva presidida por Mario "Pacho" O'Donnell. En sus considerandos, el decreto anticipa la intención presidencial de difundir no sólo la personalidad de Manuel Dorrego sino también las de aquellos protagonistas de nuestra historia "que defendieron el ideario nacional y popular ante el embate liberal y extranjerizante de quienes han sido, desde el principio de nuestra historia, sus adversarios, y que, en pro de sus intereses, han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino ".

Para ilustrar esta intención, el decreto presidencial enumera las siguientes figuras que el Instituto deberá reivindicar: "José de San Martín, Martín Güemes, José Gervasio Artigas, Estanislao López, Francisco Ramírez, Angel Vicente "Chacho" Peñaloza, Felipe Varela, Facundo Quiroga, Juan Manuel de Rosas, Juan Bautista Bustos, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y Eva Duarte de Perón". A esta lista "nacional" se agrega una segunda lista de "próceres iberoamericanos" que incluye, entre otros, a Simón Bolívar, Bernardo O'Higgins, José Martí, Augusto Sandino, Luis Alberto Herrera y Víctor Raúl Haya de la Torre.

Quien tuviera alguna preocupación por el sesgo ideológico que podría haber inspirado la confección de estas dos listas, ¿podría calmarse al no ver mencionadas en ellas a figuras notorias de la extrema izquierda como Fidel Castro y Hugo Chávez? A quien albergara a su vez la sospecha de que nos hallaríamos ante una maniobra destinada a exaltar al fundador del kirchnerismo, ¿podría tranquilizarlo el hecho de que Néstor Kirchner no es mencionado? ¿Bastarán estas omisiones para liberar al decreto presidencial de la presunción de que la Presidenta ha intentado, al firmarlo, abrir oficialmente un nuevo teatro de operaciones en la que su gobierno denomina la batalla cultural?

Revisionistas y liberales

Es de todos conocido el hecho de que los argentinos interesados en descifrar nuestro pasado no contamos hoy con una sino con dos y hasta con tres historias para consultar. A la primera en aparecer, que podríamos llamar "clásica" aunque sus adversarios la llaman liberal, corresponden, para tomar un solo ejemplo, las grandes biografías de Bartolomé Mitre sobre José de San Martín y Manuel Belgrano. Pero con el paso del tiempo se difundieron las obras de otros autores como José María Rosa a quienes, porque su empeño fue revisar críticamente la historia clásica o liberal, se los llamó revisionistas . Tampoco podría ignorarse la obra historiográfica de un tercer grupo de autores que, con la ayuda de los modernos elementos de la investigación, han pretendido llegar a una visión en cierto modo "abarcadora" de nuestro pasado, con la intención de desarrollar, más allá de las pasiones que han dividido tantas veces a los argentinos, una visión pluralista donde pudieran refugiarse todos aquellos que procuran que el pasado, lejos de enconarnos unos contra otros, vaya difundiendo entre nosotros un espíritu de seriedad científica y tolerancia ideológica. Como avanzados de esta tercera intención pacificadora mencionaríamos a historiadores del fuste de Tulio Halperín Donghi y Luis Alberto Romero.

La figura en torno de la cual han arreciado los debates sobre nuestro pasado es, sin duda, Juan Manuel de Rosas. Del lado de la resistencia contra su dictadura salieron esos famosos versos que escribió José Mármol cuando le anunció a Rosas, mientras éste aún estaba en su apogeo, que "ni el polvo de tus huesos la América tendrá", una profecía que se cumplió hasta 1989, cuando Carlos Menem dispuso repatriar los restos de Rosas de su destierro inglés. Esta decisión respondía quizás a la idea de que hasta el propio Rosas podría ser salvado del encono si se observara que, en medio de la lucha feroz entre unitarios y federales, encarnó algo así como un mal necesario, como un Leviathan al estilo de Hobbes o un "príncipe nuevo" al estilo de Maquiavelo, cuya crueldad vino a pacificar brutalmente a esa Argentina que sólo una vez pacificada pudo sostener la construcción institucional de un prócer tolerante como Justo José de Urquiza, aquél que dijo "ni vencedores ni vencidos" y a quien pudieron continuar los grandes presidentes fundadores que, a partir de 1853, nos dieron un largo e impar período de prosperidad.

El decreto de Cristina

¿En cuál de las tres corrientes historiográficas mencionadas podríamos ubicar el Instituto que ha creado la Presidenta? Sería imposible alojarlo, por supuesto, en la corriente clásica o liberal. Nos hubiera gustado en cambio ubicarlo dentro de la tercera corriente "pacificadora" de nuestra historia. Desgraciadamente, no lo podemos hacer por varias razones.

La primera de ellas es que el Instituto, de entrada, recibió el nombre de revisionista. Entre las tres corrientes historiográficas argentinas, por lo tanto, el Gobierno ha escogido expresamente a sólo una de ellas. Como el decreto de creación del Instituto prevé que se volcarán en su favor "partidas del Presupuesto Nacional" que no serán menores por las amplias funciones que se le asignan, lo que viene a decirnos el decreto presidencial es que importantes recursos del Gobierno, es decir, de los contribuyentes, se volcarán en favor de sus preferidos intelectuales. Sólo cabe consignar aquí que, con buen criterio, también se ha previsto que los directivos del Instituto se desempeñen en forma honoraria.

De acuerdo con la interpretación maniquea de la historia, según la cual sus protagonistas se dividen en "absolutamente buenos" y "absolutamente malos", vale subrayar otra vez el pasaje del decreto presidencial que apunta a reivindicar "a aquellos que defendieron el ideario nacional ante el embate de quienes, en pro de sus intereses, han pretendido oscurecerlos y relegarlos de la memoria colectiva del pueblo argentino". Es imposible no concluir de este modo que, según la interpretación del Gobierno, en nuestro pasado sólo ha habido héroes y villanos en lugar de suponer que en todos los actores hubo al menos algo de patriotismo.

Algunos nombres incluidos en las listas del decreto llaman la atención. San Martín había sido hasta ahora exaltado desde los más diversos ángulos ideológicos para ponerlo al abrigo del fanatismo. Al alinearlo con los protagonistas a quienes exalta en desmedro de otros, ¿no intenta el Gobierno monopolizar su elevada memoria? Cuando defendió el decreto, O'Donnell confesó que es peronista. ¿Pero valía que este peronismo historiográfico avanzara hasta apoderarse del propio Hipólito Yrigoyen, el gran líder radical? ¿Y es justo que, en su intento de acumular nombres latinoamericanos a su lista de elegidos, el Gobierno haya invadido el territorio histórico de chilenos, colombianos, cubanos, nicaragüenses, uruguayos y peruanos, cuyos próceres menciona como si su memoria nos perteneciera?

Ha habido, como hicimos notar, cierta moderación en el lenguaje del decreto que crea el Instituto, que pudo ser peor si hubiera exaltado a las figuras más irritantes. Lo que no sabemos aún es si las figuras más controvertidas se omitieron en el decreto con vistas a una futura convergencia entre los que no pensamos igual, o si estas omisiones respondieron solamente a la táctica de rodear con un sigilo inicial lo que en verdad se intenta: extender la "batalla cultural" al delicado terreno de la historia.

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