
La brecha de satisfacción
Por Luis Alberto Moreno y Eduardo Lora Para LA NACION
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A pesar de que en los últimos cuatro años la capacidad de compra del latinoamericano promedio ha aumentado en un 25% -un incremento sin precedente desde la década del setenta-, en muchos sitios hay síntomas evidentes de insatisfacción popular. En algunos de los países de mayor crecimiento, los gobiernos carecen de popularidad; en otros, han acudido a medidas populistas para poder mantenerla. A pesar de que la pobreza está en descenso y las clases medias en expansión, se oyen voces que reclaman cambios profundos en las políticas económicas y sociales. El crecimiento económico parecería menoscabar las políticas que lo promueven.
Desde la perspectiva de la teoría económica clásica, este fenómeno es difícil de explicar. El aumento del ingreso es la medida tradicional del progreso de una sociedad y el bálsamo proverbial para sus males. La evidencia confirma que, en los países más ricos, la gente se siente mejor en casi todos los aspectos de sus vidas. ¿Qué podría estar sucediendo en América latina?
Estudios recientes del Departamento de Investigación del BID, que se publicarán en el Informe de Progreso Económico y Social 2009, basados en la encuesta mundial de Gallup sobre calidad de vida, revelan una posible explicación de esta paradoja: cuando el crecimiento económico aumenta, la satisfacción se reduce, al menos inicialmente. En los países que crecen más, una mayor proporción de la gente se declara insatisfecha con lo que puede comprar, y se siente más inconforme con su vivienda y con su empleo.
Esta insatisfacción parece resultar de las crecientes expectativas y aspiraciones personales cuando aumenta el ingreso de los demás. Cuando los colegas o vecinos compran auto nuevo, se reduce la satisfacción de los que no han logrado hacerlo. Cuando se producen ascensos en las empresas, es más la gente frustrada por no haberlos conseguido. Estos efectos de comparación tienden a ser más fuertes en sociedades más ricas y más urbanas, donde hay más posibilidades de consumo y mayor necesidad de identificación de grupo.
La relación anómala entre el ingreso y la satisfacción también se manifiesta en que las personas que tienen ingresos más altos se sienten menos satisfechas con las políticas de salud, educación, empleo o vivienda que las gentes más necesitadas.
La disociación entre la realidad objetiva del crecimiento y la percepción subjetiva de la satisfacción genera disyuntivas importantes para los gobiernos. Una estrategia enfocada en la eficiencia y el crecimiento económico tiene pocas posibilidades de éxito político, así genere los resultados esperados. Las reformas neoliberales de los noventa resultaron más vulnerables a la reacción de las clases medias y altas, sus principales beneficiarias, en parte porque aumentaron las expectativas y las aspiraciones de mayor consumo y de paso hicieron más consciente a la gente de las desigualdades.
Por este motivo, trazar objetivos de política que miren más allá del crecimiento es fundamental. La mayoría de los gobiernos latinoamericanos intuyeron esta lección, como lo reflejan los aumentos que tuvo el gasto social en los últimos años. Pero ni siquiera eso ha sido un antídoto para el crecimiento con insatisfacción.
Chile es quizás el mejor ejemplo. Durante un largo período, la combinación de políticas económicas a favor del mercado con políticas sociales redistributivas fue sostenible políticamente. Pero recientemente, el país está viendo el efecto sobre la opinión pública que tienen los aumentos de ingreso de varias décadas en materia de política social. En efecto, los chilenos ya no toleran como antes las deficiencias de la educación pública o de otros servicios como el transporte.
El modelo acusa las consecuencias de su propio éxito. A medida que el resto de América latina también hace la transición a la franja de "expectativas crecientes" este tipo de comportamientos tenderán a ocurrir de la misma forma.
¿Cómo hacer frente, entonces, a la "brecha de satisfacción"? En teoría, una política efectiva para disminuir esta brecha consistiría en reducir los ingresos de aquellas personas que son referentes visibles para los grupos sociales más proclives a los cambios de expectativas (las clases medias urbanas en ascenso, especialmente). Como lo demuestran algunas experiencias en la región, ciertas expropiaciones, controles de precios o impuestos extraordinarios a sectores exitosos pueden ser muy efectivos políticamente, aunque a la larga son dañinos para el crecimiento y la reducción de la pobreza.
Por el contrario, lograr resultados en frentes que contribuyen al bienestar de toda la sociedad (el caso de la seguridad en Colombia, por ejemplo) o implementar políticas sociales eficaces y masivas enfocadas a los más pobres (como los casos de Progresa/Oportunidades en México y Bolsa Familia en Brasil) pueden contribuir a mejorar la percepción de satisfacción sin minar las bases del crecimiento.
Las inconsistencias entre lo que puede ser efectivo políticamente y lo que es efectivo en términos económicos y sociales son un dilema corriente en el quehacer de políticos y gobernantes en democracias fragmentadas y desiguales, como son las latinoamericanas.
Puesto que en un sistema democrático las políticas son el resultado de pugnas y negociaciones entre grupos con intereses y visiones diferentes, estas inconsistencias rara vez pueden resolverse apelando solamente a argumentaciones técnicas. Pero el debate público sería más fructífero si los líderes de opinión y los dirigentes abandonaran la tesis simplista de que todo aumento de ingreso aumenta la satisfacción y, por consiguiente, el apoyo político. La relación entre el ingreso y la satisfacción es inherentemente conflictiva.





