La búsqueda de Santiago Maldonado

Patricia Bullrich
Patricia Bullrich PARA LA NACION
Un anticipo de Guerra sin cuartel. Terminar con la inseguridad en la Argentina, libro de la exministra de Seguridad de la gestión anterior
Rastrillaje en el Río Chubut con motivo de la búsqueda de Maldonado, en septiembre de 2017
Rastrillaje en el Río Chubut con motivo de la búsqueda de Maldonado, en septiembre de 2017 Crédito: Alejandra Btoliche
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28 de noviembre de 2020  • 05:00

Las organizaciones de derechos humanos no eran, precisamente, un modelo de imparcialidad.

Un día, Germán Garavano organizó en el Ministerio de Justicia una reunión con varias de ellas. Si bien yo no tenía muchas esperanzas, me pareció una oportunidad para contar lo que estábamos haciendo con el fin de encontrar a Santiago Maldonado y, a su vez, que ellos expresaran lo que les pareciera adecuado con el mismo objetivo. Muchos de sus representantes habían estado presentes en el lugar del hecho, así que podían aportar algo. Pero la reunión fue más o menos como la que Milman mantuvo en Esquel con Sergio Maldonado, o más bien peor.

En la reunión estaban Tati Almeyda, Estela de Carlotto, Lita Boitano, representantes de la organización Hijos, de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la agrupación "Memoria, verdad y justicia" y varios más. Por el lado del gobierno, estábamos Garavano, Avruj, Barberis y yo. Además, la Secretaría de Derechos Humanos se había hecho presente en Esquel desde el primer día.

Las organizaciones trajeron a la reunión un informe sobre cómo habían ayudado a la familia en ese tiempo y nosotros empezamos a exponer nuestro informe sobre cómo estábamos investigando. Nos interrumpieron violentamente y me acusaron de proteger a la Gendarmería, que en la visión de ellos era una fuerza "opresora, violenta y secuestradora de personas". Sentenciaron que teníamos que encuadrar esto como una desaparición forzada, que la Gendarmería se lo había llevado y que el gobierno debía declararlo así.

Les contesté que no podíamos partir de un resultado determinado de antemano, que habían pasado veintidós días, los manifestantes estaban encapuchados y ni siquiera sabíamos, hasta ese momento, si entre ellos estaba Santiago. Les agregué que, a las seis de la tarde del 1° de agosto, cuando se estaban por retirar los gendarmes, observamos en los videos una actitud de concordia entre ellos y los mapuches que había allí, entre los cuales estaba Pilkiman; un clima que no hubiera existido si los mapuches hubiesen tenido que reclamar por un desaparecido.

Yo aspiraba a armar una comisión común y rastrillar juntos el río, con autorización judicial, por supuesto; averiguar los pasos que había dado Santiago Maldonado los días previos, que nos ayudaran a entrar en el territorio; pero no. Lo único que buscaban eran dos palabras mágicas: "desaparición forzada".

La reunión se fue poniendo cada vez más caliente. En determinado momento, Lita Boitano, presidenta de la agrupación Familiares de Desaparecidos, dijo: "¡Ustedes tienen a Maldonado; entréguenlo!".

Me paré y di un golpe en la mesa. En la punta estaba el presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos de La Matanza, quien agregó que seguramente lo habíamos torturado y escondido.

Para rematar la situación, Estela de Carlotto, quien había dicho que yo en otros tiempos era una militante, pero ahora tenía "cara de piedra, corazón duro y respuestas inaceptables", agregó:

-Si no quieren reconocer la desaparición forzada, no tenemos nada de qué hablar. ¡Ustedes son peores que la dictadura!

-Váyanse a la mierda -les contesté a todos; lo tomé por un brazo a Garavano y le dije: "Terminemos con esto". Y así nos fuimos a otro piso y dejamos la reunión.

De alguien como Estela de Carlotto, que hizo un esfuerzo durante años y encontró más de cien nietos de desaparecidos, se espera que tenga una responsabilidad social; no que llegue a una reunión a imponer su prejuicio. Era como si en 2010, cuando el militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra fue asesinado de un disparo durante una confrontación con el sindicato Unión Ferroviaria, nosotros hubiéramos dicho: "Lo mató Cristina Kirchner". Pero nadie dijo eso. Tampoco con Julio López, el testigo desaparecido durante el gobierno de Néstor Kirchner. Ni siquiera ellos lo dijeron. Salvo la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional -la Correpi- que respondía a sectores de la ultraizquierda y publicó una nota en su portal bajo el título "Mariano Ferreyra, asesinado por la represión ?tercerizada' del gobierno de los Kirchner", ninguna otra organización lanzó esa acusación o siquiera insinuó algo; ni la APDH, ni las Madres de Plaza de Mayo, ni las Abuelas, ni el CELS. Tampoco lo hizo la oposición. Sin embargo, ellos venían acostumbrados a que la construcción de un relato les diera resultado y se hiciera realidad.

[...]

En determinado momento, los medios dejaron trascender que había aparecido un "testigo E", presumiblemente un mapuche de identidad reservada, que declaró que Maldonado se había ahogado y que marcó el lugar donde eso habría ocurrido. El juez desmintió la existencia de ese testigo, al menos en la causa, pero reconoció que había tomado declaración formal al jefe de la Prefectura Naval de Bariloche, el prefecto principal Leandro Antonio Ruata, quien tenía experiencia como buzo, y que él había sugerido durante su testimonio que había que buscar nuevamente en el río, sin descartar el lugar donde se había visto a Maldonado por última vez. Así lo hizo el magistrado. El 13 de octubre de 2017 ordenó un nuevo allanamiento con intervención de la Prefectura, especialmente con la participación de buzos expertos en esas aguas y no admitió la presencia de otras fuerzas de seguridad. El allanamiento se llevó a cabo el 17 de octubre y rastrillaron nuevamente el río, esta vez sin limitaciones, con la ayuda de los perros de los bomberos voluntarios.

Claudio Avruj había llegado allí con una camioneta para observar desde afuera del predio, pero los de la RAM lo echaron a pedradas. "¡Yo vengo en una posición más cercana a la defensa de la comunidad y me sacan así!", se quejó el entonces secretario de Derechos Humanos.

Finalmente, en el lugar donde los testimonios indicaban que Santiago Maldonado había sido visto por última vez, apareció su cuerpo. Estaba deformado por el agua, pero intacto en su conservación, debido a la baja temperatura. Sergio Maldonado no quiso reconocer que era el cuerpo de su hermano hasta que se llevaran a cabo los peritajes, aunque todo, desde las extensiones de su pelo hasta el documento de identidad, indicaban que era él. Tres días después, se confirmó que se trataba de Santiago.

La aparición nos provocó sentimientos encontrados. Por un lado, la tristeza de la muerte, porque quedaba una pequeña esperanza de que estuviera perdido, desorientado o escondido en algún lugar. Pero por otro lado, la prueba certera de que no se había tratado de una desaparición forzosa y que nosotros decíamos la verdad. Faltaba, de cualquier modo, analizar las causas de la muerte.

El 24 de noviembre, cincuenta y cinco técnicos, de los cuales veintiocho eran peritos, varios de ellos de renombre científico, entre los que estaban, por supuesto, los peritos de parte de los querellantes, determinaron que el joven había muerto por hipotermia e inmersión. Estaba claro; Santiago, que no sabía nadar, sufrió un severo enfriamiento al introducirse en las aguas heladas del río Chubut y eso ayudó a que se ahogara. Las ramas no permitieron que fuera arrastrado aguas abajo.

Entre los expertos estaba el Equipo Argentino de Antropología Forense, que actuaba por pedido del CELS. Todos coincidieron en que había estado sumergido por un período compatible con el tiempo que había transcurrido desde el 1° de agosto, que no había signos de violencia ni de que hubiera sido arrastrado en la tierra ni de participación alguna de terceros.

Eso fue definitivo y tranquilizador. Aun cuando el peritaje había determinado que se trataba de Santiago Maldonado, que había estado todo el tiempo sumergido y que su muerte se había producido por hipotermia e inmersión, si hubiese tenido el mínimo rasguño, lo que hubiera reflotado hubiese sido la teoría de la desaparición y eso quedaría para la Historia. Así y todo, la abogada de la familia, Verónica Heredia, anunció que insistirían en la hipótesis de la desaparición. Contra la ideología o los intereses, no hay razón que valga.

GUERRA SIN CUARTEL

Patricia Bullrich

Editorial Sudamericana

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