La caja de Pandora de la vicepresidencia

El papel de Amado Boudou en el caso Ciccone vuelve a poner en debate el rol político del vicepresidente y la lógica de construcción de fórmulas electorales
Lorena Moscovich
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29 de junio de 2014  

Probablemente uno de los vicepresidentes de los que más se ha hablado durante el último año sea también uno de los que con menos verosimilitud refleja a sus pares. Frank Underwood, el protagonista de House of Cards, es un digitador de máximo nivel, cuyas jugadas lo ponen por encima de cualquier político o lobbista, incluso del propio presidente Garret Walker, cuyo poder es socavado sin retorno por Underwood.

El caso Ciccone pone otra vez en debate a la vicepresidencia, una posición compleja con mucha visibilidad para pocas funciones. Lyndon Johnson fue miembro prominente del Poder Legislativo de los Estados Unidos entre 1937 y 1961. La politóloga Esperanza Casullo recuerda que, cuando fue elegido vicepresidente en 1962, quiso mantener su oficina y asistir a las reuniones de su bloque, pero sus pares demócratas se lo negaron: "Ya no sos parte del Senado, sos parte del Ejecutivo", argumentaron. Años más tarde, Dick Cheney (vice de George W. Bush) intentó dar fundamento legal a su mayor protagonismo y propuso que la vicepresidencia fuera una suerte de bisagra entre el Poder Legislativo y el Ejecutivo, una "cuarta rama del gobierno".

Sin embargo, en algunas situaciones excepcionales, el vicepresidente puede convertirse en un jugador importante. En 1985, Tancredo Neves fue el primer presidente electo en Brasil luego de la dictadura militar, pero no asumió su cargo por problemas de salud. Neves falleció en abril; su vice, José Sarney, fue presidente y -hasta el anuncio de su retiro hace días- una figura crucial durante la transición democrática. En 1999, el asesinato político del vicepresidente paraguayo Luis María Argaña llevó a la precipitada renuncia del presidente Raúl Cubas, en medio de denuncias de conspiración y corrupción, según recuerda Andrés Malamud. Y Marcelo Leiras cita el caso de Spiro Agnew, obligado a renunciar para evitar que las denuncias por corrupción en su contra afectaran al presidente Richard Nixon.

Sólo un reservista

En la historia reciente de la Argentina, hay al menos tres casos de vicepresidentes influyentes en el devenir político: la renuncia de "Chacho" Álvarez en octubre de 2000, en medio de denuncias públicas por corrupción, precipitó el desgaste del presidente De la Rúa; la defección de Julio Cobos con el "voto no positivo", durante la crisis del campo, en 2008, lo enfrentó a la presidenta Cristina Fernández hasta el fin de su mandato, mientras está por verse aún el impacto de las denuncias contra Amado Boudou en el gobierno kirchnerista.

Como los presidentes son elegidos por períodos fijos, y no existe como en el parlamentarismo un voto de censura que permita llamar a elecciones o rearmar la coalición parlamentaria en situaciones de crisis (sólo el juicio político, excepcional y riesgoso), en lo formal, el vicepresidente debe ser un reservista, una figura susceptible de ser activada sólo en circunstancias de sucesión presidencial por renuncia, destitución, incapacidad o fallecimiento del presidente.

¿Qué incentivos tienen los socios electorales del presidente para acompañarlo? La vicepresidencia es una posición sin un rol claro pero muy visible, tentadora para cualquier político que pretende proyectarse al ámbito nacional, y aparece como una recompensa segura para sumar a sectores necesarios para movilizar los votos, como la alianza Buenos Aires-provincias de Alfonsín y Martínez, o provincias-Buenos Aires de Menem y Duhalde (o Ruckauf). La vicepresidencia también sirve para recompensar a diferentes partidos que compiten electoralmente, como fue el caso de la dupla De la Rúa-Álvarez o Fernández-Cobos. En el caso de Néstor Kirchner, compartir el vicepresidente (y algunos ministros) con su antecesor, el presidente interino Eduardo Duhalde, dio idea de continuidad en un contexto de incertidumbre.

Sin embargo, a la luz de los desarrollos políticos posteriores, parecería que la racionalidad que está por detrás de la construcción de fórmulas presidenciales con chances de éxito electoral no es la misma que garantiza duplas que puedan gobernar con éxito y sin imprevistos una vez llegadas al poder.

Más aún, elegir al vicepresidente sin condicionamientos electorales tampoco parece ser garantía de que no será un problema. Cobos fue una imposición de Néstor a Cristina, como Scioli lo fue de Duhalde a Kirchner. Boudou no fue una imposición, pero también aparece como una aguja en el zapato de la Presidenta. La respuesta al dilema no parece estar a la vista, quizá porque tampoco termina de definirse cuál es el rol y el riesgo de la figura a la vez irrelevante y crucial del vicepresidente.

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