
La canción del paciente pescador
Un periodista va dejando por el camino historias y notas que, por motivos azarosos, no llegan a publicarse. En una de sus visitas al país, hace unos diez años, Egberto Gismonti me dio una entrevista que se extendió durante toda una mañana y terminó en su habitación de hotel, donde el fotógrafo hizo su trabajo y el músico brasileño tocó la guitarra para nosotros. Desde entonces estoy en deuda con él, pero más todavía con los lectores. Una larga charla en la que el artista desgrana su historia, sus aprendizajes, su visión de la música y de la vida, quedó guardada en unos casetes de la era analógica que duermen su olvido en un cajón. Hace unos días, salido de la misma canasta de historias no contadas, me visitó el recuerdo de un ser anónimo con el que pasé una tarde ya lejana y que, como el compositor de "Agua y vino", tenía una lección que ofrecer.
Miguel pasaba el día sentado en una esquina de la calle Florida, desde donde miraba transcurrir la vida. Asistía al espectáculo del desfile humano en un estado de atenta espera, con la paciencia insomne del pescador. En ese mar de hombres y mujeres apurados, lanzaba una sonda, una línea invisible que recogía con la esperanza de atrapar algo. Sentado a ras del suelo, lo que veía eran piernas. Piernas que iban y venían. Y, debajo de ellas, zapatos. Marrones o negros, de calidad o de saldo, ajados o nuevos, con brillo o sin lustre. Como el pescador, conocía a su presa. Podía identificarla a la distancia y atraerla con movimientos imperceptibles o con la fuerza de su mente, para que diera los diez o quince pasos que los separaban y se entregara, mansa, sobre el cajón al que iban a dar las presas de Miguel, que siempre llegaban de a pares y no a morir, sino a revivir.
Llevaba muchos años de lustrabotas. Esa esquina no era un accidente, sino una conquista que sus colegas, ubicados en otros puntos estratégicos, respetaban. Estar siempre en el mismo sitio es indispensable en el oficio, explicaba. Me cedió un banquito para que viera la calle desde su perspectiva y me dijo que conocía esa esquina como nadie. Se instalaba allí al despuntar el sol y no se levantaba hasta hacer el número de lustradas que le permitía pagar el alquiler de una casita en la zona sur del Gran Buenos Aires, la comida y los estudios de sus hijas (la mayor ya estaba en la universidad). Era bueno en lo suyo y lo sabía. Tenía un estilo preciso, económico, capaz de devolver la lozanía a los tamangos más gastados.
Poseía la sabiduría que concede cualquier oficio en el que se persevera. Cuando no había pique, le gustaba pensar. En sus cosas, en su vida. Estaba agradecido de su destino de cuentapropista. Además de permitirle mantener a su familia, le había dado un momento extraordinario, de gloria, de esos que se atesoran. Una mañana de primavera igual a tantas, un par de zapatos negros le trajeron hasta su cajón al mismísimo Charles Aznavour, de gira por Buenos Aires. Tras reconocer al célebre cantante francés, sin titubear, Miguel sacó pomadas, franelas y cepillos e hizo la lustrada de su vida. Iba a recordar para siempre la austera elegancia del astro y, sobre todo, su simpatía natural. "Un caballero", resumió.
Recordé a Miguel cuando estos días leí una entrevista con Aznavour en un diario español. "No soy perezoso, nunca lo fui –decía el cantante–. Podría haberlo sido si, cuando empecé en esto, hubieran dicho que era buenísimo. Como dijeron que todo era malo en mí, el físico, la voz, la escritura, tuve que probar a aquellos imbéciles que yo valía." Este grande de la talla de Piaf o Sinatra, que dejó el colegio a los 10 años y se define como política y poéticamente incorrecto, remató: "El trabajo se convierte en talento, no al revés".
A los 90 años, el creador de temas inmortales como "She" y "La bohème", con más de 100 millones de discos vendidos, sigue cantando y componiendo. Ignoro si Miguel permanece en su esquina. Hace mucho que no paso por allí. Puedo dar fe, en cambio, de que siguió vivo en algún rincón de mi mente después de 15 años.
No hay registro fotográfico del momento en que las vidas de Miguel y de Aznavour se cruzaron en una esquina precisa de la ciudad de Buenos Aires. Pero puedo verlos. Un profesional que, confiado, le entrega sus zapatos a otro profesional. De haber tenido ambos la oportunidad de compartir un café durante esa soleada mañana porteña, se habrían entendido muy bien. Y Miguel, quizá, se hubiera hecho canción.




