
La certeza del fanático
Por Enrique T. Bianchi Para LA NACION
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La turbulencia es el clima en el cual el fanático se desarrolla y crece vigoroso. Los períodos de paz, en cambio, no son propicios a sus desmesuras. La exaltación que lo caracteriza encuentra su caldo de cultivo en el conflicto, el choque, la pelea. Detesta la tranquilidad y el diálogo. La voz del fanático es su grito.
"El fanatismo es la muerte de la conversación. No se charla con un candidato al martirio. ¿Qué decirle a quien rechaza comprender las razones de los otros y que, desde el momento en que no nos inclinamos ante las suyas, preferiría morir antes que ceder?" (Emile Cioran).
Es bueno que todos tengamos convicciones y las defendamos con firmeza. Pero el fanático cree a pie juntillas en la verdad absoluta de las suyas.
"No es solamente el interés lo que hace a los hombres matarse entre sí. Es también el dogmatismo. Nada es tan peligroso como la certeza de tener razón. Nada causa tanta destrucción como la obsesión de una verdad considerada absoluta. Todos los crímenes de la historia son consecuencia de algún fanatismo. Todas las masacres han sido llevadas a cabo en nombre de la virtud, de la religión verdadera, del nacionalismo legítimo, de la política idónea, de la ideología justa, en nombre del combate contra la verdad del otro" (François Jacob).
El fanático concibe el mundo como un sistema binario. Sólo hay dicotomías. Como el negro se opone al blanco, el bien se enfrenta al mal, el pueblo al antipueblo, la verdad al error, la patria a los traidores. Estas categorías estancas, incomunicables y enfrentadas entre sí, le parecen, en última instancia, reflejo de aquella división primigenia: Dios versus el Maligno.
No concibe los matices, ni que lo bueno y lo erróneo se encuentren, por lo general, repartidos. Abomina de la conciliación. El ama la confrontación entre los opuestos, porque ésa es su manera de ver lo real. Es un daltónico respecto de los grises. Un verdadero discapacitado. Por eso su simplismo resulta, al cabo, infantil. Y como apela a lo más primitivo que tenemos en nosotros, resulta, por ello, sumamente peligroso.
"Todo el problema de este mundo es que los idiotas y los fanáticos están siempre segurísimos de ellos mismos, en tanto que los sabios están llenos de dudas" (Bertrand Russell).
La hiperseguridad del fanático delata sus limitaciones intelectuales. Henchido de certezas, desprecia la duda. Allí radica su debilidad. Su falta de plasticidad. Cree que tiene, de una vez y para siempre, el saber. La "precisa".
"Es la profunda ignorancia lo que inspira el tono dogmático". (Jean de la Bruyère).
"El fanatismo es ciego. Provoca la sordera y la ceguera. El fanático no se hace preguntas, no conoce la duda; él sabe, él piensa que sabe" (Elie Wiesel).
Desde otro ángulo, el fanático puede ser honesto y desinteresado. La mayor parte de los fanáticos lo son. (De hecho, tomar en cuenta la vida y costumbres de una persona es muy interesante: así puede desenmascararse a los vivillos disfrazados de fanáticos.)
El fanático auténtico está "consagrado". Se siente puro. Por eso es que puesto a la tarea de Gran Inquisidor es terrible. El Robespierre del último discurso ante la Convención (cuerpo que después se volvería contra él) dice temer que "por el torrente de vicios que arrastró la Revolución" la proximidad de los malvados lo mancille. No tenemos por qué dudar de la sinceridad de sus delicados sentimientos. Así hablaba el que había mandado guillotinar a Dantón y a tantos otros.
Pero el fanático no se salvará por la autenticidad de su entrega. Su legado chocará contra los pliegues de esa realidad que sus anteojeras le impedían ver. Los castillos de naipes que levantó caerán estrepitosamente. Los dioses son, a veces, compasivos y le ahorran el sufrimiento de presenciar la hecatombe.






