
La ciudad de los pobres
Su nombre evoca callejuelas retorcidas en un infierno de delito y marginalidad, pero no es una zona totalmente impenetrable. La mayor parte de las 1800 familias que habitan la villa de San Isidro sobrevive honestamente. La delincuencia que allí se cobija mancha la dignidad de obreros, mucamas, comerciantes y enfermeras. Compensan su falta de oportunidades económicas con la solidaridad.
1 minuto de lectura'
DOÑA Paula Sena tiene 87 años, sonrisa dulce y ojos chispeantes. En su casita de dos piezas en el corazón de La Cava construyó un altar para la Virgen María con madera, cartón y una estatuilla de plomo que le regalaron las Hermanas de la Caridad.
Todos los días enciende una vela, reza el rosario y espera que las hermanas le traigan la comunión.
Doña Paula también tiene televisor nuevo. Su nieta lo ganó hace poco en una rifa y se lo acaba de instalar, pero la abuela no lo enciende.
"Cuando escucho que hablan mal de La Cava, lo apago", se disculpa con timidez.
A Doña Paula le sobran motivos para apagar el televisor. Casi todos los días aparece un nuevo crimen que los periodistas adjudican a los habitantes de La Cava, a la que no dudan en describir como la villa más peligrosa de la Argentina. Los policías que aparecen en las entrevistas dicen que La cava es una zona liberada para toda clase de ladrones y criminales y los políticos prometen limpiar el lugar para acabar con la inseguridad. Entonces doña Paula pierde la sonrisa.
"Estoy sola y abandonada, mis hijos se casaron y se fueron y ya casi no me vienen a visitar, salvo cuando estoy muy enferma", se queja.
"Ya no puedo trabajar más. Antes lavaba ropa ajena, pero ya no puedo. El gobierno me pasa unos pesos, 100 pesos será, y con eso me arreglo", se lamenta.
"Pobre la finada Candelaria. Toda una vida pidiendo a la Virgen, no pudo conseguir que sus hijos se alejen de ese veneno que es la droga", protesta.
Las quejas, lamentos y protestas tienen destinatario: Carlos Alberto, el nieto de doña Paula, agacha la cabeza y escucha en silencio.
Carlos Alberto Sena tiene 29 años, zapatillas nuevas y jogging último modelo. Salió de la cárcel el mes último. Estuvo siete años por robo a mano armada.
"Ahora se porta bien. A las 11 está en la casa de la madre. Yo le hablo y le hablo, porque el papá de él está ciego y la mamá trabaja todo el día", dice doña Paula.
"Estoy bien", dice Carlos Alberto. "Estoy afuera." Dice que le gusta La Cava porque lo conocen todos. Que quiere trabajar, porque eso quieren su madre y su abuela. "No tengo sueños", suspira resignado.
"¡Doña Paula!"
El llamado viene de afuera. Amelia Quiñones y María Chazarreta han venido a visitarla. Doña Paula sale, con su reuma a cuestas, y las llena de besos.
La Cava es una ciudad de pobres, habitada por 1800 familias, de casitas de madera con techo de chapa que se alzan alrededor de un basural en el medio de San Isidro.
Se divide en barrios con identidad propia, donde todos se conocen: La Quinta del Niño, La Isla, La Cava Grande, La Cava Chica. En cada barrio hay quioscos, almacenes, carnicerías, guarderías, comedores infantiles, canchas de fútbol, clubes sociales con mesa de pool.
No es un lugar para extraños. Las ambulancias y los remises no se animan a entrar y los policías no partrullan el laberinto de senderos y zanjones y basurales que conecta a los pobladores de la villa.
Pero cada rincón se puede recorrer sin problemas de la mano de doña Paula, doña Amalia o doña María. Decenas de chicos corretean en uniforme escolar sin ser molestados. Mujeres adolescentes con jeans apretados entran y salen para ir a sus trabajos sin que nadie les dirija la palabra.
La villa cobija a miles de mucamas, obreros, empleados y jubilados, estudiantes secundarios, catequistas y enfermeras. También hay drogadictos y delincuentes, y muchachos armados que se tirotean casi todas las noches. Pero son los menos.
"Acá hay de todo"
"La Cava es como el Cristo Redentor, que recibe a todos sin pedir documentos", dice doña Amalia, mientras prepara café para sus dos hijos, Oscar, de 25, y Jorge, de 30.
Jorge trabaja para una empresa telefónica y Oscar alquila videos en una tienda de San Isidro.
"Acá hay de todo", dice Oscar. "Depende del camino que uno elija."
Oscar conoce a muchos que eligieron el camino equivocado. "Podés estar con la peor gente, tomarte 50.000 cervezas con ellos y no van a cambiar mi forma de vida. Lo que más quiero es que mi madre esté tranquila. ¿Cómo se consigue? Trabajando todos los días y dando lo que uno tiene."
Doña Amalia escucha eso y se le llenan los ojos de lágrimas. "Yo amo a La Cava desde lo más profundo de mi corazón", proclama con trueno en su voz. "Me duele ver cómo tantos chicos tratan de salir adelante, pero no les dan trabajo porque son de la villa. Me duele porque veo cómo luchan sus padres para darles el ejemplo. Mis hijos nunca me vieron tomar un vaso de vino o prender un cigarrillo. Yo trato de luchar, con todas mis fuerzas, en contra de ese mal que nos persigue...", dice, y sus palabras se diluyen en sollozos.
El mal es la droga, el alcohol, la violencia, la falta de empleo, el callejón sin salida.
La barra de Gomina
Por ahí andan Gomina y sus amigos, haciendo vereda con caras de aburridos, mientras se pasan una botella de anís Bols. No les gustan los periodistas y mucho menos los fotógrafos, pero los dejan tranquilos porque van con doña María, que curó en su casa a varios heridos de bala y nunca delató a nadie.
"Ustedes los periodistas hablan de más", desafía Gomina. "Vos estás regalado con esas cámaras", le dice al fotógrafo de La Nación , "pero nosotros no te hacemos nada".
"Acá no te dan trabajo, Cacho, porque somos negros de la villa", dice un amigo de Gomina. "Lo único que podés enganchar es un laburito para los políticos."
Parece mentira, pero en toda La Cava, en este año electoral, no hay un sólo cartel de un político. Hay, sí, algunas baldosas de cemento que dicen "M. Posse, Intendencia de San Isidro". Hay cables de electricidad y caños de plástico que cuelgan de los techos para llevar luz y agua a la casas, y muchas goteras que embarran las veredas de Melchor Posse.
A pesar de la falta de propaganda visible, según cuentan los habitantes de La Cava, los punteros políticos trabajan la villa a destajo. Ofrecen comida, materiales de construcción, alguna changa. A veces cumplen, a veces no.
La abuela González dice que está esperando tres chapas que le prometieron hace meses para completar su techo. Alicia Gómez pidió madera para hacerse otra piecita para sus tres hijos. Patricia Contreras consiguió arena y cemento para construir, pero no tiene ladrillos. "Siempre le pido a la gente de Acción Social, pero nunca tienen para mí", dice Contreras.
Pero en La Cava los niños no mendigan y hay muchas madres como Zulema González, de 35 años, que se indignan con los pedigüeños.
"Yo nací acá, soy hija de padres alcohólicos y salía a trabajar desde muy chiquita. En la casa de un pediatra, el doctor Cohimi, me enseñaron que no todos son borrachos, que no todos duermen en camas sin sábanas y andan con cabezas sin lavar. Y así crié a mis hijos. Porque mi marido vino a La Cava cansado de cosechar ajo en Tucumán, y yo tengo dos hijos en el polimodal y otro en noveno grado y no los crié en la mugre ni le tuve que pedir nada a nadie."
Zulema dice que hace mucho tiempo que tiene ganas de decir algunas cosas. Respira profundo y sigue adelante: "Sin robar, sin pedirle al asistente social. Porque acá regalan todo: ropa, comida, hasta pañales descartables. Así la vida es muy fácil y sobra tiempo para emborracharse y drogarse. Lo que hace falta son fuentes de trabajo permanentes. ¿Por qué no regalan trapos en vez de pañales descartables que terminan en la zanja desparramados por los perros? Por lo menos, con los trapos, las madres tendrían que lavar los pañales de sus hijos. No acostumbren a la gente a vivir de la dádiva. Yo me crié en la calle, chapoteando el barro, y les enseño el sacrificio a mis hijos. No le pido a Caritas, ni a la municipalidad, ni a las monjas, ni a Acción Social. Mis padres votaban a cualquiera por un vaso de vino y un choripán. Ahora viene la Fernández Meijide y me pregunta qué necesito. Lo único que necesitamos es trabajo para la gente".
Zulema dice que va a electrificar su puerta de chapa para que nadie le robe lo que tanto trabajo le costó conseguir. Ni policía necesita. "La policía baja en helicóptero y da vuelta la villa para encontrar a un ladrón que robó en La Horqueta, pero si los llamamos desde acá adentro no hacen nada, así que yo me defiendo sola", amenaza.
Comedores sin políticos
Julio Esquivel también nació en la villa y vive allí desde su infancia. Empezó a trabajar a los nueve años, se convirtió al catolicismo a los 18 y hoy maneja un comedor en La Cava Chica que alimenta a 250 chicos por día.
"Yo no tengo contacto con los políticos", cuenta Esquivel. El comedor está en una casa de cemento, muy bien puesta, llamada la Casita de la Virgen. Tiene horno microondas, videograbador, capilla, muebles y no necesita protección alguna. Se mantiene con donaciones de damas de San Isidro que organizan torneos de tenis para recaudar fondos. También recibe mucha ayuda de la conductora de televisión Georgina Barbarrosa.
Pero Esquivel no recibe ni un centavo de los políticos ni de la Iglesia Católica, que bastante tiene con el mantenimiento de otro comedor para 1200 chicos, y las escuelas primaria y secundaria que funcionan en la parroquia Nuestra Señora de La Cava, ubicada en el extremo sur de la villa.
"Acá no regalamos nada. Si alguien quiere un paquete de fideos, tiene que ganárselo trabajando. Este lugar lo limpian todos los días las madres de los chicos que vienen a comer," dice Esquivel, orgulloso.
Cada 4 de octubre, día de San Francisco, Esquivel organiza un gran asado para borrachos y cirujas, con baile y guitarreadas. "Es que San Francisco es un santo que se hizo mendigo. Por eso, en su día, los mendigos son reyes", cuenta divertido.
El valor más grande
Cuando se les pregunta a los villeros qué es lo que más les gusta de La Cava, casi todos contestan lo mismo: la solidaridad. María Chazarreta es un ejemplo. Llegó hace 40 años de Santiago del Estero y armó su primer rancho con bolsas de arpillera. Hoy recibe en una casita de cemento recién pintada, con galería y un jardín lleno de flores en el medio de La Cava grande.
Tiene un hijo epiléptico y consigue trabajar un solo día por semana. El resto del tiempo se lo dedica a la parroquia y a ayudar a los demás. Durante 20 años cuidó a un viejito llamado don Juan, que un día apareció en su casa. No lo cuenta ella sino el padre Gregorio, párroco de Nuestra Señora de La Cava.
María se sonroja. "Pobre don Juan. No pudimos salvarlo", suspira. Enseguida, como para borrar el mal recuerdo, cuenta que asistió en cinco partos de vecinas de la villa porque la ambulancia no llegaba, y que el más grande ya tiene 13 años y la llama "abuela".
María Chazarreta tiene un hijo epiléptico de 29 años que tuvo meningitis y necesita cuidados constantes y otra hija de 20 años que sale todos los días a trabajar.
Su marido la dejó cuando perdió el trabajo en el ferrocarril estatal y nunca más lo vio. "Acá las mujeres trabajan más que los hombres, pero si te pagan dos pesos la hora, a veces, es mucho", comenta María, casi al pasar.
En eso pasa por la vereda Fausto "Polaco" Posdoky, de 42 años, cargando dos chapas al hombro.
"Cómo le va Polaco?", saluda María. "Acá me ve, laburando siempre", contesta Posdoky, apurando el paso para ganarle a la oscuridad.
A lo lejos se escucha la sirena de un patrullero. El aroma dulce de marihuana quemada invade el aire. Los villeros de La Cava se encierran en sus casas.
Es hora de partir.






