
La ciudad industrial que nunca existió
En Un Yanqui en la Patagonia (Sudamericana), el norteamericano Bailey Willis narra sus aventuras en la Patagonia de 1910
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Tal vez fue sólo un sueño, el sueño del gran patriota Ramos Mexía, pero de haber sido así, fue un gran sueño. En el medio del precioso paisaje formado por lagos y montañas, Ramos se imaginaba una ciudad pujante con varios miles de ciudadanos industriosos, dedicados a la manufactura, el comercio, la educación y los deportes, obteniendo prosperidad para sí mismos y riqueza para la República. Recibirían, también, el vigor de su entorno, la inspiración para los pensamientos más elevados y el engrandecimiento de la Nación.
Ramos expuso su ideal y me encargó la búsqueda de un lugar para esa ciudad. Acepté la oportunidad con entusiasmo, y la visión me acompañó siempre mientras cabalgaba por la cordillera.
Esta ciudad sería la capital de una provincia que abarcaba toda la región montañosa de la Argentina, desde Junín de los Andes hasta la colonia Dieciséis de Octubre. Había muchos lugares en los que una llanura adecuada, la provisión suficiente de agua y un entorno atractivo sugerían la ubicación de la ciudad. Y en todos esos lugares se desarrollarían centros locales de población. Pero no la gran ciudad industrial, no el asiento de la educación y la cultura, no el centro político de la provincia. Este debía encontrarse sobre una ruta transcontinental, en el cruce de las líneas de comunicación entre el Norte y el sur, en la ubicación más favorable que pudiéramos descubrir.
Obviamente, debíamos buscar ese sitio cerca del lago Nahuel Huapi, pero ciertas condiciones de la zona reducían la elección. El lado superior del lago había sido reservado como parque nacional, y que la industria interrumpiera la tranquilidad de la naturaleza, aunque fuera de manera remota, no era consistente con su propósito. De esta manera, toda el área al oeste de Bariloche quedaba excluida de cualquier consideración.
Cuando supieron de la propuesta de establecer una ciudad, los habitantes de Bariloche intentaron identificarla con su pueblo. Creyeron que podría crecer en torno de ellos. Pero Bariloche no cumplía con los requisitos. No había espacio suficiente para la industria en sus terrazas y elevaciones limitadas; estaba expuesta a vientos fuertes del lago, que envolverían en polvo a la gente y a la maquinaria industrial; y era el portal del parque. La costa sudeste mostraba condiciones desfavorables similares, ya que estaba expuesta a los vendavales y al polvo. Me dirigí al extremo norte, donde un área de diez kilómetros a lo largo de la costa y tres o cinco alejándose de ella no carecía de atractivos. Si no había un lugar mejor, ése sería factible, pero no resultaba del todo satisfactorio.
En ese momento, la geología me hizo una sugerencia. En el extremo oriental del Nahuel Huapi hay una loma formada por piedras y guijarros que habían sido apilados por el glaciar que solía ocupar el lecho del lago, la morena terminal del ventisquero. Cualquier morena terminal es seguida de inmediato por una extensión de pedregullo y arena, diseminados por las aguas que fluyen desde el hielo, llamada llanura de resaca. Ambas características, la loma y el llano, son inseparables; mientras el último suele ser el lugar elegido para una ciudad, la anterior es ideal para las residencias. La morena terminal del Nahuel Huapi mide unos cuarenta y cinco metros de alto y tapa por completo la vista desde el lago hacia el valle del Limay. Frenaría los vientos. Podría albergar una ciudad.
Así fue como, en una mañana clara, Chileno Negro y yo cruzamos el Limay y seguimos el margen derecho del río a través de la loma hasta el lugar en el que el valle se abría delante de nosotros. Era todo lo que esperaba, el sitio perfecto con la extensión adecuada para una gran ciudad. Pero tenía una desventaja: se encontraba aislado del lago. Seguí cabalgando, pensativo.
Unos doce kilómetros más adelante el paisaje se veía interrumpido por una lomada alta que se extendía sin cortes a través de la cuenca. El río parecía correr hacia un hueco en su extremo oriental y desaparecía de la vista. Daba la sensación de que había unos estrechos, en donde se podría construir un dique para convertir el valle en un lago. Si el dique era suficientemente alto, el lago nuevo podría alzarse hasta el nivel del Nahuel Huapi y unirse a él a través de un canal del río inundado. Azucé al Chileno Negro.
La conjetura se volvió realidad. El Limay corre alrededor de una morena terminal más antigua, que alguna vez lo había obstruido por completo y había frenado las aguas de un lago Limay antiguo y glacial. Las aguas habían encontrado un hueco en una lomada de lava sobresaliente y cortado un cañón que la atravesaba. Recrear el lago Limay no requería más que un dique.
Las investigaciones mostraron con rapidez que si se construía un dique a cuarenta y cinco metros de altura, el lago Limay confluiría con el Nahuel Huapi y las embarcaciones podrían pasar de uno a otro sin problemas. El lago Limay bordearía la base de la llanura en la que se erigiría la ciudad industrial; vías de ferrocarril y establecimientos manufactureros surgirían a lo largo de la costa, el capitolio provincial ocuparía un lugar central y la Universidad de la Patagonia miraría el paisaje desde las barrancas de la morena terminal.
El hecho de que las aguas embalsadas, con una caída de cuarenta y cinco metros, serían capaces de proveer suficiente energía hidráulica como para generar electricidad para las industrias y la iluminación era de importancia primordial. Estudié la estructura de un dique adecuado y la naturaleza de los cimientos. La pared se podría hacer de concreto o de mampostería, entre los muros de lava del cañón y basados en la lava; en ese caso sería cara y, además, una inspección de los cimientos mostró que eran débiles y cavernosos. O podría tratarse simplemente de una pila de rocas y guijarros, con un tabique a prueba de agua; entonces su construcción sería barata y su peso se dispersaría tanto que los cimientos resultarían adecuados. Sabía bien qué diseño elegiría un norteamericano, pero también anticipaba que los ingenieros de la burocracia, con su entrenamiento europeo, insistirían en que nada excepto el concreto era seguro. No preví lo que finalmente ocurrió: se amedrentaron ante la sola idea de cualquier tipo de dique en el cañón inferior y propusieron, en cambio, un dique bajo allí donde el Limay abandona el lago Nahuel Huapi; eso fue lo que hicieron. Era difícil persuadirlos de que la ciudad industrial no funcionaría sin energía o que el lugar no sería más que otra llanura sin el lago Limay. Nos armaron un lindo lío, pero de eso hablaré más tarde.
En algún momento de 1914, Lewis relevó en detalle la ubicación para la ciudad industrial. Planeamos y diseñamos las avenidas, marcándolas con monumentos permanentes. Designamos secciones diferentes para que cumplieran funciones diversas, incluyendo hasta un cuartel militar y, también, un campo de deportes. Los sistemas de cloacas y de provisión de agua fueron explicados en el papel. Me preocupé por no dejar nada librado al azar. Al final, el plan fue aprobado por el gobierno, pero la ciudad todavía debía ser construida.
Como lo expresó un inteligente periodista argentino: "La imaginaria Ciudad de los Césares ha sido encontrada. Sólo debemos construirla".





