
La consagración de la trivialidad
Se consolidará la preferencia por los libros de lectura fácil y olvido inmediato. Las editoriales argentinas publicarán un setenta por ciento más de obras de no ficción, entre las que se cuentan manuales de autoayuda, horóscopos, recetarios de cocina y temas de actualidad
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C UANDO en julio último el Premio Rómulo Gallegos, de Venezuela, recayó sobre la última novela de la señora Angeles Mastretta, la tendencia quedó consolidada: ya no se premiaba la literatura de ficción a través de una obra lograda, sino el producto liviano, el libro blando de fácil lectura e inmediato olvido, confeccionado para leer en las playas entre la aplicación de un bronceador y el dilema que plantea un almuerzo o un simple sandwich a media mañana.
Una vez más, la literatura había perdido en beneficio de intereses posiblemente sectarios representados por grupos afines al mercado editorial. La tendencia (cuyo incremento no cesará en 1998) parece preferir novelas de celofán, cuentos de pasiones previsibles con fondos calientes de contorno latinoamericano, donde abunden recetas de cocina de la abuela, resabidas violencias poco imaginativas y, en general, un tono complaciente que no espante al lector del largo verano. Paralelamente, el triunfo actual de la trivialidad como "género" no parece encontrar críticos que denuncien su naturaleza, o que por lo menos la estudien como un rasgo del pauperismo intelectual y estético que nos aqueja. Esta complicidad (¿por omisión?) es tan seria que también ella robustece la flaca tendencia a la que me refiero.
Es interesante (y alarmante) observar que tales autores (la señora Isabel Allende, entre ellos) parecen ignorar, olvidar o desdeñar uno de los fundamentos de nuestra condición: que el rasgo diferencial de nuestra especie es la palabra. Y la palabra alcanza su máxima jerarquía en el hecho poético . Desde ya, la expresión hecho poético no se refiere exclusivamente a la poesía, a la versificación, sino que señala también a toda obra literaria lograda, a toda obra de ficción pura que por su valor propio produzca un fenómeno de belleza, imaginación y verdad.
El poeta ruso Joseph Brodsky escribió en alguna parte un elogio de la palabra que es útil recordar ahora. Brodsky dice que las civilizaciones son finitas y en la vida de cada una de ellas llega una hora en la que el centro deja de sostenerse. A partir de ese momento lo que evita que se desintegren no son las legiones militares, sino el lenguaje. Tal fue el caso de Roma y antes, el caso de Grecia.
Mi sospecha es que, si confiamos semejante responsabilidad a la literatura blanda que hoy se canoniza, esta civilización está recibiendo una magra ayuda. Hace treinta años, novelas como Arráncame la vida o Agua para chocolate no habrían tenido siquiera la posibilidad de situarse entre las obras más o menos destacadas de América latina. Hasta dudo de que pudieran figurar con alguna insistencia en las listas de best sellers .
La tendencia instalada (trivialidad, obediencia al gusto medio, ojos puestos en el mercado) contradice de forma antagónica la misma razón de ser de la escritura: las obras que perduraron a lo largo de los siglos, las que todavía existen como un oasis de salvación en el desierto del lugar común, fueron escritas "contra la corriente", es decir, desobedeciendo en buena medida el curso de los poderes naturales, la oleada pasajera de las modas y la severidad de los reyes, que siempre vieron con recelo aquello que otros escribían. Desde el primer instante de su aparición, la literatura planteó un disentimiento, una disconformidad o, sencillamente, dio una versión de las cosas distinta de las que conformaban el poder y las convenciones. Por otro lado, convengamos en que escribir, inventar ficciones o encarar la complejidad del mundo en la sintética belleza del poema son actos casi antinaturales, no demandados por nadie, no exigidos. Y sin embargo ¿cómo imaginar un mundo sin ese feliz atrevimiento?
En principio, no tendríamos memoria, que es a lo que llevan estas novelas de espesor desdeñable y sustancia televisiva. Luego, y al mismo tiempo, careceríamos de una referencia de identidad que apunte a señalar nuestra singularidad irreemplazable. Careceríamos, además, de conocimiento (no basta la información, ideal epistemológico de hoy), esa función extraña y compleja en la que intervienen los datos recogidos, la reflexión, la imaginación y el arte espontáneo de traducir signos en símbolos que, a su vez, son imágenes vivas y conceptos esclarecedores. En último lugar ( last but not least ), la vida subjetiva perdería amplitud y profundidad para dejarnos desarmados en la playa seca de los hechos.
Hoy por hoy, los lectores argentinos exigentes carecen de una producción contemporánea que los aliente, y observan de qué modo la no existencia de un debate fructífero es reemplazada por trifulcas extraliterarias insignificantes, en las cuales lo que está habitualmente en juego no es una obra determinada sino el celo o el equívoco puesto en ocupar lugares de relevancia en la exposición pública. Hacía por lo menos veinticinco años que un escritor argentino no ocupaba la tapa de un semanario de noticias: este privilegio acordado a figuras de todo tipo le tocó unas semanas atrás a Ricardo Piglia, pero no por la estimación de su obra, la discusión de su valor o la polémica a propósito de sus ideas literarias, sino debido al presunto escándalo de un premio conflictivo. De modo que Piglia apareció entre llamas casi como un caso de corrupción grave. Este despropósito forma parte de la tendencia, es una de sus aristas y subraya el estado de cosas "demoledor" en el que hoy se encuentra la literatura en la Argentina, y sin duda en toda América latina.
Imagino, en este marco, las dificultades que habría tenido James Joyce, de haber nacido, por ejemplo, en la Argentina alrededor de 1970. ¿Qué editor exitoso de estos días se hubiera dignado a hojear su Ulises ? Lo veríamos deambulando por la calle Corrientes tratando de vender copias artesanales puerta por puerta. Otro tanto le hubiera ocurrido a Proust, con el agravante de la extensión de su obra, tan poco apta para las apetencias supuestas de nuestro mercado.
Rara vez, prácticamente nunca, una novela de autor desconocido vende en la Argentina más de quinientos ejemplares, a menos que factores ajenos a la literatura proyecten su persona al centelleo de las noticias, o sea que el autor protagonice un escándalo. Pero es igualmente cierto que los editores no atinan a valorar esas obras y a situarlas, si lo merecen, en un espacio de promoción que las haga visibles, por lo tanto no es improbable que muchos, o por lo menos algunos talentos nacidos para durar jamás lleguen a los ojos de lector alguno.
Nadie sabe exactamente de qué modo se origina una tendencia, tampoco de qué modo se desvía y se pierde en el tiempo. A lo sumo podemos reconocer sus efectos y a aquellos que la sostienen en su propio beneficio. De todos modos, es imposible desvincular totalmente la transgresión de la belleza, sobre todo si ambas conducen a algún tipo de verdad. En China, hace miles de años, el emperador cultivaba la amistad de su poeta favorito, que además era un excelente calígrafo, es decir, un pintor. Un día, cierto poema ofendió al emperador y de inmediato mandó llamar al artista y le ordenó que rectificara esos versos. El poeta se negó a hacerlo y el emperador lo condenó a morir en el desierto. Cuatro soldados lo llevaron maniatado a un paraje perdido y allí lo dejaron entregado a su suerte. Cuando el poeta estuvo solo, vio que sus pies estaban libres: dibujó entonces en el polvo del suelo unas ardillas destinadas a cumplir una misión importante. Las ardillas cobraron vida, royeron sus ligaduras y el poeta volvió a ser libre. No estamos en China ni tenemos emperadores, pero necesitamos ardillas que cobren vida una vez dibujadas.
Por Rodolfo Rabanal
(c)
La Nacion
Tirar la TV por la ventana
LONDRES.-(The Economist)
E N 1946, Darryl F. Zanuck, director de la 20th Century-Fox, declaró que la televisión no tenía futuro a largo plazo. Después de seis meses, dijo, la gente se cansaría de fijar la vista en una caja de aglomerado de madera. Esa caja de madera está a punto de cambiar en los próximos años hasta volverse irreconocible, con la llegada simultánea de dos nuevas tecnologías: la transmisión digital y la high density television (HDTV). Dentro de tres años el televisor de su casa será un aparato muy diferente. Justamente cuando las horas pasadas frente al televisor comienzan a disminuir en el mundo desarrollado, las posibilidades de nuevos servicios captan la atención del espectador.
El que viene será el año en que la radiodifusión pase definitivamente de la era analógica a la era digital. En Gran Bretaña se asistirá al advenimiento tanto de los servicios digitales terrestres como de los satelitales; también en Japón es muy probable un boom de canales digitales vía satélite, y en los Estados Unidos la televisión digital por tierra se acercará a su esperado lanzamiento en 1999.
Todo esto tendrá consecuencias de largo alcance. La radiodifusión dejará de ser un sector circunscripto y acelerará su convergencia con la computación y las telecomunicaciones. Será un medio cada vez más interactivo. Por encima de todo, el mayor espectro de eficiencia de la tecnología digital acabará con las restricciones que siempre se han asociado con la radiodifusión analógica. De esta manera, creará nuevos desafíos para las entidades de radiodifusión, por haberse modificado las reglas básicas a las que estaban acostumbradas.
Para los fabricantes de cajas de aglomerado de madera, las perspectivas son excitantes. Se calcula en 200 millones el número de aparatos que tendrán que ser reemplazados en los Estados Unidos para el año 2005, a medida que en los canales se adopta la tecnología digital. En Gran Bretaña, las pequeñas cajas que se apoyan sobre el televisor harán la sustitución: representan asimismo una buena oportunidad para los fabricantes. Y ello, según que el suscriptor elija recibir la señal vía terrestre convencional, o por satélite o cable. Dentro de cinco años, la gente se habrá desprendido de los televisores que ahora ocupan su lugar en los hogares de casi todo el mundo.
También para las empresas radiodifusoras el progreso en el campo digital ha creado una serie de oportunidades. La BBC, por ejemplo, usará la tecnología digital para ampliar la gama de servicios que puede brindar, y para asegurarse de que sus enormes archivos sean aprovechados más eficazmente que en el pasado. Habrá alrededor de 230 canales en Gran Bretaña para fines de 1998. La tecnología digital tiene también la posibilidad de prolongar la vida útil de la televisión de alta definición. La compresión digital, al brindar mayor flexibilidad, convierte a la HDTV en una perspectiva inmediata. Y los gastos involucrados en esto se reducirán en gran medida por la circunstancia de que todos los largometrajes, que, junto con el deporte, son los servicios de suscripción más rentables, están hechos ya con un formato compatible con la televisión de alta definición.
Las ventajas para el televidente son obvias. La HDTV digital ofrece imágenes nítidas y perfectas. Teniendo en cuenta que los usuarios invierten la mayor parte de sus horas de ocio mirando televisión, y que las familias generalmente compran un nuevo televisor cada cinco años, el atractivo potencial de la HDTV para el consumidor es considerable.
Muchas emisoras se han incorporado ya a la carrera. En Japón, un servicio de HDTV analógica, lanzado en 1991, transmite cerca de cien horas semanales, y a principios de este año, el ministerio de Correos y Telecomunicaciones recomendó la conversión a la HDTV digital. En los Estados Unidos, la CBS, la HBO y Discovery arden en deseos de introducir cuanto antes sendos paquetes de HDTV.
Sin embargo, sería prematuro dar el éxito por descontado: las predicciones anteriormente formuladas se revelaron imprecisas y demasiado optimistas. Los aparatos de alta densidad son de manejo incómodo y más caros, aunque el advenimiento de la pantalla chata no está lejano. Ya se han suscitado reclamaciones de competencia sobre los canales extra creados por la eficiencia del espectro digital. Hasta ahora, las transmisiones por satélite se han concentrado en la utilización de esos nuevos canales para ofrecer servicios pay-per-view y video-on-demand , en vez de imágenes de alta definición. La emisora puede optar por uno de los dos.
Por Christopher Bland
(*)
(c)
La Nacion
(*) El autor es director ejecutivo de la British Broadcasting Corporation.





