
La corrupción y la fábula del burro que salió del pozo
Hace tiempo escuché la historia de un burro que se cayó a un pozo profundo. El animal lloró por horas mientras su dueño, un campesino de escasos recursos, se desesperaba por rescatarlo. Pero no tenía arreos suficientes ni tampoco se los proporcionaron sus vecinos. Finalmente decidió que el pobre burro era viejo y que el pozo estaba seco. No había más alternativa que tapar ese pozo inservible y darle impiadosa sepultura al animal. Con lágrimas invitó a sus vecinos para que lo ayudasen en la tarea macabra. Cada uno alzó una pala y empezó a arrojar tierra dentro del enorme hueco. El burro se dio cuenta de lo que estaba pasando y lanzó rebuznos que partían el alma. Pero luego de una cuantas paladas el condenado animal se aquietó, aparentemente resignado a su destino tan horrible. El campesino, pensando que hubiese muerto asfixiado, se acercó para espiar el fondo del abismo. Fue grande su sorpresa al descubrir lo que menos imaginaba. El burro hacía algo increíble tras recibir cada descarga de tierra: sacudía su lomo con fuerza y pisaba por encima. Pronto todos quedaron sorprendidos al ver emerger el burro y salir trotando a campo traviesa.
Esta historia podría aplicarse a la Argentina, en especial a su lucha contra la corrupción. Cuando parece que se le va a dar un firme golpe en la nuca y liquidarla para siempre, que caerá en el abismo profundo y será sepultada de una buena vez, logra sacudirse la tierra que cae encima y emerge con campanilleo alegre y vital.
Yo era un adolescente cuando en la residencia presidencial de entonces se exhibieron las joyas y pieles de la "Abanderada de los humildes" para escarmiento de quienes la habían adorado con tanta ingenuidad. También se difundieron algunos de los bienes mal habidos por el presidente depuesto. Se consideraba que esas evidencias producirían un desencanto saludable y el país podría encaminarse en otra dirección. Pero un año después, en una cancha de fútbol, vibró la respuesta: "Puto o ladrón, queremos a Perón" . Era obvio que la corrupción que había existido no importaba, porque amplias franjas la toleraban y hasta preferían, con tal de obtener otra clase de beneficios. No era la corrupción un defecto grave.
Por lo tanto, siguió la historia. Los nuevos mandatarios -elegidos o dictatoriales- que se sucedieron en la segunda mitad del siglo empezaban su gestión con proclamas y promesas de honestidad que en pocos meses, con escasa excepción, transformaban en lo contrario. Era una suerte de maldición a la que la mayoría se resignaba y también, cuando se daba la oportunidad, no resistía la tentación de convertirse en cómplice. La corrupción avanzó desenfrenada hacia los más distantes estamentos sociales como un líquido infecto.
Al término del siglo pasado, por fin, el empobrecimiento del país desnudó su letalidad. Su injusticia. Era un juego cuyas reglas beneficiaban a los inescrupulosos y canallas más que a los timoratos o decentes. Hasta entonces había prevalecido otra cosa. Tal como se decía en los tiempos en que la viveza criolla era celebrada como virtud, lo importante había sido no ser "zonzo", no perder la oportunidad, aunque sea nauseabunda. Zonzo era el honesto, el individuo al que "lo pasaban por encima". Un criminal le confesó a Borges: "No se confunda, yo estoy en la cárcel por asesino, no por zonzo". En la escala de valores dominante, lo peor era ser zonzo. Lo mejor, en consecuencia, ser vivo. Por eso el delito no era cometer un crimen, sino dejarse atrapar.
La mayoría de la sociedad argentina tomó conciencia de que la corrupción era desastrosa. Que era contraproducente la consigna de que "roban pero hacen". Porque quien roba arruina lo que hace, o lo hace mal. A mediano o largo plazo se paga un precio exorbitante. Lo ilustran las delicias y luego irremediables desventuras del doctor Fausto. Por eso en 1999 ganó la Alianza, cuya prioridad era combatir la corrupción mediante investigaciones descarnadas, cumplir una gestión transparente y realizar una reforma profunda, estructural, del Estado.
Carlos Gorostiza, a pocos meses de asumir la Secretaría de Cultura, en 1983, me dijo tras observar el repentino autismo de muchos colegas: "¿Lo has advertido?, cuando ciertos funcionarios pisan la alfombra roja, se apunan".
En efecto, pierden contacto con la realidad, con sus electores, con sus promesas, con sus principios. Hace pocos años les ocurrió a los líderes de la Alianza (con excepciones, por supuesto). El escándalo estalló por las coimas pagadas a determinados senadores de la Nación. En aquella época un taxista me aseguró, con el tono apodíctico que suelen emplear, que De la Rúa no tenía la muñeca de Menem y, en lugar de coimear a todos, pretendió hacer ahorritos de inexperto: sólo sobornó a unos cuantos, lo cual provocó la ira de quienes se sintieron injustamente "perjudicados".
Como no se puede imponer la justicia perfecta y castigar a todos los culpables, por algo se debe empezar. Ojalá que este delito tenga su merecida sanción, lo cual es todavía un interrogante.
De poco servirá esta sanción, sin embargo, si luego se vuelve a las andadas. Lo dijo en forma brillante el jurista italiano Cesare Bonessana, marqués de Beccaria, en su obra Dei deliti e delle pene : no importa la intensidad de una sanción, lo que importa es que siempre, siempre, todo delito tenga sanción. De esa forma se lo previene y desalienta. Pero en la Argentina ocurre lo del burro: caen algunos en desgracia, se los descuartiza, luego las paladas de tierra se sacuden con virtuosismo y la impunidad vuelve a la superficie con sus mejores galas.
Las investigaciones en curso pasarán por un resonante corredor, ya que comprometen a funcionarios del más alto nivel, así como personalidades que fueron nuevamente elegidas en los últimos comicios. ¿Qué pasará con quienes exhiban fueros? ¿Qué pasará con quienes exhiban el carnet de afiliados justicialistas? Lo pregunto, porque hace poco no pude responder a esto: ¿hay en la actualidad peronistas presos por actos de corrupción? ¿O constituyen una "familia" cuyo espíritu de cuerpo es más sagrado que los intereses del país? ¿Las complicidades de muchos dirigentes imponen una lealtad recíproca que ningún fiscal puede romper? Hace poco se acuñó la expresión pax justicialista , que es la que ahora imperaría en la República. Sería bueno ver si esa pax entraña una nueva inmunidad. Porque sería lamentable. Tan lamentable como la funesta deserción de la Alianza.
Otro gesto importante del gobierno destinado a barrer con la corrupción ha sido la designación de Graciela Ocaña en el PAMI. En su asunción al cargo dijo: "Si fracaso en el PAMI no tengo retorno a la política, no sólo a mi banca". Fue su respuesta a los correligionarios del ARI que la criticaron por haber pedido licencia en vez de renunciar a su banca de diputada. Si ella fue sincera en el contundente párrafo citado, me pregunto para qué se reserva la banca. Pero no va a importar si, en efecto, logra su cometido. Que no es fácil. Por esa importante y difícil institución pasaron figuras respetadas que se desvivieron para hacerla eficaz y limpiarla de vicios. Algunos nombres como Horacio Rodríguez Larreta o Federico Polak merecen ser recordados en forma positiva. Pero no consiguieron completar su tarea, que es gigantesca. Abundan los intereses en juego y se ha estructurado una red formidable de saboteadores. El PAMI no tiene un nudo gordiano, sino por lo menos cien. Ocaña tendrá que aplicar un tratamiento heroico, con una decidida inyección de detergentes, vomitivos y purgantes. Al PAMI hay que limpiarlo de su mugre, como hizo Hércules con los establos del rey Augías.






