La crisis financiera de 1876

Por Juan José Cresto Para LA NACION
(0)
14 de diciembre de 2001  

QUIZA la crisis financiera que está pasando la Argentina nos permita volver los ojos a nuestra historia para buscar problemas similares en el pasado y ver la forma en que se resolvieron. En 1876, estalló la crisis más honda de nuestra historia, que fue, en relación con lo que era el país en aquel momento, aún más grave que la actual. Pero había diferencias muy profundas. El presidente de aquel entonces era un hombre de cuerpo pequeño, delgado, muy serio, que reía poco y nada, pero era un gigante: se llamaba Nicolás Avellaneda. Y tan grandes como él eran sus ministros: Bernardo de Irigoyen y Victorino de la Plaza, que fueron, con Carlos Pellegrini, los tres mayores economistas que tuvo el país en el siglo XIX. Salieron adelante.

La Argentina estaba endeudada. Hubo que pagar a los acreedores por la guerra del Paraguay (terminada en 1870), la caída de la actividad por la fiebre amarilla de 1871 y, sobre todo, las guerras contra López Jordán, a raíz del asesinato de Urquiza. Se habían pedido, además, créditos para obras públicas. La joven nación, aún sin moneda nacionalizada, no podía pagar tanto dinero y, más aún, cuando el crac de la Bolsa de Viena arrastró a toda Europa, bajaron los volúmenes de exportación y los precios de nuestros productos. Se trataba de una combinación peligrosa procedente del exterior que se sumaba al excesivo endeudamiento nuestro.

En aquellos días dependíamos de Inglaterra, que compraba nuestros productos, los trasladaba en sus barcos, cobraba por intermediación y seguros, pero aun así era una asociación mutuamente beneficiosa, porque Inglaterra invertía en ferrocarriles, empréstitos (con intereses del 6 por ciento anual) y nos proveía de carbón de piedra, vigas de hierro y maquinarias, entre otras cosas. Sin embargo, han pasado ciento veinticinco años años, un siglo y cuarto, y estamos otra vez endeudados sin salida. A las culpas propias debemos agregar las ajenas: desde el término de la Segunda Guerra Mundial, las grandes naciones han discriminado nuestros productos exportables con toda clase de trabas, desde la ley 410 de Estados Unidos, hasta el Tratado de Roma, de 1957, que dio origen a la primitiva Comunidad Europea, y todo ello ¡bajo el pretexto del libre comercio! Y como si esto fuera poco, subsidios y trabas no arancelarias nos han causado un perjuicio equivalente a ¡una vez y media nuestra deuda pública! Son las mismas naciones que nos dan a cambio migajas de ayuda, contra el grueso de los importes que nos impiden comerciar como verdadero monumento a la hipocresía internacional. Y la Organización Mundial del Comercio mira los detalles y se abstiene en los grandes temas.

A principios de mayo de 1876, el ministro de Haciende de Avellaneda, el doctor Luis González, interrumpió el diálogo con el Banco de la Provincia de Buenos Aires, y este Banco suspendió el día 14 la conversión a oro de billetes procedentes de la Oficina de Cambio, creada por Mitre, que administraba el flujo de divisas del comercio exterior. Esa noche, el presidente Avellaneda y los ministros Adolfo Alsina y Bernardo de Irigoyen se reunieron con el gobernador de la provincia, Carlos Casares. La reunión se extendió hasta la madrugada.

Protestas y disturbios

El público no se quejó de la inconvertibilidad de los billetes del Banco Provincia, pero se lanzó sobre el Banco Nacional para pedir el oro. El ministro de Hacienda renunció. Don Bernardo se hizo cargo de la cartera de Hacienda, transitoriamente, además de la suya, de Relaciones Exteriores, y propuso suspender la conversión provisoriamente en un decreto que hoy llamaríamos "de necesidad y urgencia". El Congreso protestó y hubo disturbios, pero don Bernardo, con su calma tradicional, se reunió con el Senado y llegó a un acuerdo para convalidar la medida.

El presidente Avellaneda tenía pobres ingresos, fiscales la mayor parte de ellos, procedentes de la Aduana, pero la provincia de Buenos Aires era más poderosa que la Nación y su Banco operaba varias veces más que el Banco Nacional, antecesor del Banco Nación. La situación era aún más crítica que la actual Había descendido el monto de ingresos, los acreedores internos exigían cobrar sus letras y documentos con vencimientos perentorios. Pero don Bernardo se negó, afrontando la impopularidad, luchando contra todos y a todos convenciendo: "No dejó de pagar una sola letra que venciera en su interinato", dice José Bianco. Y agrega: "Hubo un momento en que, acosado por los compromisos, espontáneamente entregó en tesorería cien mil pesos oro que le facilitara (para sí mismo) su amigo don Juan Acébal". Y pocos días después logró pagar un vencimiento de 400 mil libras en Londres, con la ayuda de Manuel A. Ocampo, presidente del Banco Provincia.

Estos eran los funcionarios de aquella Argentina, austera y patriota, que vivían sin lujos ni privilegios pero con dignidad. El mejor ejemplo es la conocida expresión de Avellaneda: "La República puede estar dividida hondamente en partidos internos; pero no tiene sino un honor y un crédito, como sólo tiene un nombre y una bandera ante los pueblos extraños. Hay dos millones de argentinos que economizarán hasta sobre su hambre y sobre su sed para responder en una situación suprema a los compromisos de nuestra fe pública en los mercados extranjeros".

Hoy nos preguntamos dónde quedó aquella Patria que hemos admirado y querido. ¿No es hora de volver a empezar? Es evidente que algo se ha roto en el tejido espiritual de la Nación. No se trata solamente de la falta de confianza en las autoridades actuales, fruto legítimo de su propia obra, sino de algo más profundo y más antiguo. Sería bueno que nuestros conciudadanos vieran el patriotismo que hay en Estados Unidos, en Chile, en Brasil, en Francia, para comprender que patriota es también aquel que se siente solidario con sus conciudadanos, que es hermano del que viaja a su lado, del que vive en su entorno.

El autor es presidente de la Academia Argentina de Historia.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.