La democracia sobrevive a la crisis de los partidos y la apatía

Para el politólogo francés Bernard Manin, la pérdida de lealtades partidarias y el desinterés político no implican el debilitamiento de la representación
Luisa Corradini
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23 de junio de 2013  

PARIS.-Las democracias contemporáneas provienen de una forma de gobierno que sus fundadores oponían a la democracia", afirma Bernard Manin en las primeras líneas de su célebre libro, Principios del gobierno representativo . Desde ese momento y hasta la última de sus 330 páginas, las reflexiones del respetado politólogo y filósofo francés conducen al lector por un fascinante e insospechado camino.

En vísperas de viajar a Buenos Aires para participar en un coloquio internacional sobre las transformaciones contemporáneas de la democracia, organizado por un grupo de universidades argentinas desde mañana y hasta el viernes, Manin recibió a LA NACION en París. Durante una hora de diálogo, ese respetado intelectual de 62 años, profesor en la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales (Ehess) de París y en la Universidad de Nueva York, analizó las nuevas formas de democracia y desechó los peligros de una supuesta crisis de la representatividad.

Publicado en 1995, Principios del gobierno representativo se transformó de inmediato en obra de referencia de la ciencia política contemporánea. En ese libro, Manin consigue desmontar todos los mecanismos y principios del régimen en el cual vive la mayoría de las sociedades occidentales y que tan pocos conocen en profundidad.

Para responder a esos interrogantes, Manin se sumergió en la génesis del gobierno representativo, en el pensamiento de sus teóricos y fundadores visceralmente hostiles a la democracia -tanto en Francia como en Estados Unidos- a fin de dejar al descubierto sus bases aristocráticas y oligárquicas.

Esas bases se concentran en el acto central de la elección. Un ejercicio banal en la actualidad, pero que hasta comienzos del siglo XVIII había sido percibido como esencialmente antidemocrático por los mayores pensadores, desde Aristóteles hasta Rousseau, sin olvidar a Montesquieu.

Para Manin, cuatro características han prevalecido en todo régimen representativo desde que esa forma de gobierno fue inventada hace dos siglos, y que hoy resuenan especialmente en el convulsionado clima político argentino. Los gobiernos son designados en elecciones que se realizan a intervalos regulares. Los gobiernos conservan, en sus decisiones, una cierta independencia con respecto a la voluntad de los electores. Los gobernados pueden expresar sus opiniones y su voluntad política sin que éstas se sometan al control de los gobernantes. Las decisiones públicas están sujetas a la "prueba del debate".

En su proceso de democratización, el gobierno representativo pasó de la democracia parlamentaria del siglo XVIII a la democracia de partidos de fines de siglo XIX y comienzos del XX, hasta llegar a la democracia de audiencia, de la actualidad. Pero, en todos los casos, aun democratizado, el gobierno representativo fue siempre parcialmente elitista. Una suerte de régimen mixto.

Electorado inestable

Manin analiza el paso de la democracia de partidos a la de audiencia como una desaparición de las lealtades y sumisiones de los electores a los partidos tradicionales que, sin desaparecer, padecen una lenta erosión. "Un número cada vez mayor de electores ha dejado de votar por los partidos, como lo hicieron sus padres y sus abuelos antes de ellos, insensibles a las coyunturas, arraigados en determinantes de clase o de religión", explica. "Esos electores menos fieles a veces votan por una alianza. Con frecuencia oscilan entre el voto y la abstención", agrega.

A la vez inestable e informado, ese electorado conduce a sus representantes a defender sus argumentos ante los ciudadanos mismos: "El debate de los problema específicos ha salido del ámbito del Parlamento o los comités de concertación partidarios. Ahora es llevado ante el público a través de los medios de comunicación", precisa.

Para Manin, sin embargo, esto no quiere decir que los partidos pierden su importancia. "Aún son esenciales en dos terrenos: las votaciones en los parlamentos siguen estando determinadas por consignas partidarias y las formaciones políticas continúan dominando la arena electoral. Son los partidos quienes organizan, financian y preparan las elecciones", señala.

Para algunos de sus colegas, esa nueva forma de cesarismo o de populismo bien puede ser considerada una violación de la democracia representativa. Una identificación no crítica de las masas a un líder elegido gracias a una campaña que manipuló con la complicidad activa del sistema mediático es una violación de los principios de la democracia representativa, afirman.

Manin está de acuerdo. "Hay violación de la representación cada vez que un líder pretende encarnar solo la totalidad de la comunidad, ignorando diferencias y tendencias. El cesarismo transgrede una regla fundamental del gobierno representativo, sobre todo si el pretendiente a César consigue descalificar a sus adversarios potenciales o a impedirles el acceso a la competencia", precisa. "Pero no es lo que observamos en las democracias establecidas", agrega, negándose a hablar de las sociedades latinoamericanas, que conoce "poco".

Definitivamente optimista, Manin tampoco cree que la democracia representativa esté en crisis. Para él, se trata de diferentes etapas en la metamorfosis de la representación. "Los dos indicadores más serios de una crisis son una reducción de la participación electoral y el relativo descrédito de la clase política. Pero, en realidad, la participación fluctúa en función de cada elección", señala. "Cuando la elección es percibida como muy importante, la participación suele aumentar en forma espectacular."

Tampoco cree en el desapego a la democracia participativa, si bien es cierto que cada vez son más los ciudadanos que declaran su escasa confianza en los políticos. "Nadie suele retirarse en la apatía. La mayoría de esa gente se lanza en formas de participación política diversas, tanto electorales como no electorales", dice.

Para Manin, el sistema es capaz de adaptarse a los vertiginosos cambios impuestos por la globalización. "Que las modificaciones establecidas en el siglo XVIII hayan sobrevivido a las dislocaciones sociales provocadas por la revolución industrial; que hayan sido incluso capaces de pacificar el conflicto de clase e integrar a la clase obrera es la mejor ilustración."

"En resumen -concluye-, los hombres no han sido hasta hoy capaces de inventar un mejor sistema político."

Encuentro

El seminario internacional "¿Hacia una mutación de la democracia?" reunirá desde mañana y hasta el viernes a expertos locales e internacionales, como Bernard Manin, Manuel Antonio Garretón y Marc Abeles. Está organizado por la UBA y las universidades nacionales de General Sarmiento, San Martín y Rosario ( www.centrodeestudiospoliticos.org ).

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