La devaluación es una buena noticia para la economía

Julio Rajneri
Julio Rajneri PARA LA NACION
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6 de septiembre de 2018  • 00:28

Aunque el Gobierno haya sido sorprendido y desbordado por acontecimientos que no estaba en sus planes provocar y que intentó vanamente contener, la depreciación de la moneda argentina frente al resto de las monedas del mundo debería ser considerada una buena noticia, aunque como toda decisión económica tenga efectos colaterales negativos. Un dólar "alto", como se lo identifica en términos comunes, beneficia a las exportaciones mejorando la competitividad de sectores productivos menos eficientes y eleva la protección a la industria nacional. Incrementa el turismo del exterior hacia el país, desalienta los viajes y las compras en Chile o en Miami, ayuda a equilibrar la balanza comercial y, eventualmente, a que se logre superávit.

Esta política de dólar alto es la que mantuvieron los países emergentes exitosos, como Japón y Corea del Sur en su período de expansión, y "los tigres asiáticos" y China en la actualidad.

Un proceso de depreciación de la moneda no necesariamente debe influir en la inflación interna. El dólar y el euro fluctúan entre sí a veces con 30 o 40 % de variación y cero de incidencia en los precios internos. Pero la Argentina tiene una característica particular. Sus principales rubros de exportación son a su vez los indicadores centrales del consumo interno, de manera que es inevitable que la depreciación del peso influya fuertemente en el aumento del costo de vida.

La mala noticia es que definitivamente los argentinos rechazan su propia moneda y buscan refugio en divisas fuertes. Durante 80 años el Estado falsificó moneda de circulación obligatoria y el resultado es que ahora nadie la quiere.

Durante un período inicial las esperanzas ayudaron a mantener una expectativa favorable a Macri y el mercado se manifestó expectante. Es fácil atribuir al Gobierno la culpabilidad por la actual corrida pero es más justo decir que todo el país y en una altísima proporción la oposición han contribuido a la pérdida de confianza que se evidencia en esta imparable corrida hacia la seguridad.

La desconfianza del mercado comenzó cuando fracasó el ajuste de las tarifas. Los economistas coinciden en que para combatir la inflación es mejor una política de shock que el gradualismo. Pero no es una elección libre. Se adopta el gradualismo cuando no se tiene la capacidad política de aplicar medidas de extremo rigor en el corto plazo. El Gobierno aceptó convivir con la inflación, pero aplicó una sola medida de shock, el ajuste de tarifas, políticamente factible y de mucho impacto para reducir el déficit fiscal.

Hubo por cierto, un error del Gobierno. También una oposición implacable y hasta una justicia que hizo su aporte. Los inversores tomaron conciencia de que corregir el rumbo argentino no iba a ser fácil, pese al triunfo de un gobierno cuya identificación con las ideas amigables con el mercado eran evidentes. Un segundo fracaso fue la reforma de la ley de jubilaciones. Las concesiones a la oposición fueron tantas que el resultado fue suma cero.

La pérdida de credibilidad del país se traslada hacia su moneda. Este rechazo masivo del peso argentino es un hecho nuevo que los economistas deben enfrentar con pocos precedentes en el mundo. No requiere cambios de personas, sino nuevas ideas y una cierta proporción de audacia en la toma de decisiones. Pero estas decisiones deben partir de dos premisas fundamentales: no debe emitirse moneda y no deben violarse las garantías constitucionales en materia de respeto a la propiedad.

Se podría añadir una condición de carácter estratégico: no deben emplearse las reservas, en el sentido militar y monetario, en batallas que no se pueden ganar. Y ganar en la batalla cambiaria es asegurarse de que no se pierdan divisas que se venden hoy a 10 y que en pocos días se podrían vender a 20 y así sucesivamente.

No hay opciones disponibles. La pérdida de confianza es de tal magnitud que solamente la realidad de las cifras puede calmar la fiebre.

La clave es poder determinar dónde ubicar la trinchera, o sea cuál es el precio límite en que se debe intervenir con posibilidades de éxito. Y el sentido común determina que ese precio será el adecuado cuando su monto alcance tal magnitud que las reservas existentes sean suficientes para comprar todo el circulante en poder de los particulares.

Estas medidas extremas dependen en definitiva de una bala de plata. En el período que se debe atravesar hasta que las exportaciones, el turismo y el crecimiento aseguren un flujo de divisas positivo, se debe eliminar el déficit fiscal con medidas mucho más enérgicas que las adoptadas hasta ahora.

Porque la experiencia indica que, cuando los gobiernos rehúsan aplicar medidas impopulares pero necesarias, el mercado termina por aplicarlas y en forma mucho más cruel y con efectos que no se limitan a la economía, sino también a la política.

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