
La diáspora que llegó de Italia
Un afortunado grupo de judíos italianos emigró a la Argentina entre 1938 y 1948 huyendo de la persecución racial. En Tantas voces, una historia (Editorial Temas), Eleonora M. Smolensky y Vera Vigevani Jarach recogen testimonios y relatos de ese núcleo.
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TAL vez resulte más fácil referirse a la identidad de los integrantes de la colectividad judía italiana por la negativa.
No compartían los rasgos socio-culturales de los italianos que llegaron durante las grandes oleadas inmigratorias separadas por la primera guerra mundial: 1858-1914 y 1922-1929 y su número fue demasiado exiguo para incidir en los censos poblacionales.
No venían con la esperanza de ampliar sus horizontes económicos ya que muchos tuvieron que esforzarse por reconquistar una situación económica tan holgada como la que habían dejado atrás. Los recuerdos que remiten a las hermosas casas abandonadas en Florencia, Venecia o Roma dan cuenta de la ardua adaptación a los barrios porteños.
En la elección de la Argentina como destino migratorio jugaron diferentes factores, incluido el azar. Los eslabones previos de esta particular cadena migratoria eran sumamente lábiles. Algunos contaban con parientes y llamadas de trabajo y unos pocos poseían antecedentes inmigratorios. Los mismos no solo allanaron los trámites de ingreso al país sino que alentaron una predisposición afectiva tiñendo el proceso con connotaciones de un regreso a inciertas raíces. Desde una perspectiva fáctica el respaldo de información y contactos humanos mitigó los primeros impactos en el entorno.
Algunos abandonaron prestigiosas cátedras universitarias o profesiones liberales que no volverían a ejercer por la difícil accesibilidad a una reválida. Mientras algunos médicos revalidaron sus títulos y otros se dedicaron a la investigación, la mayoría de los abogados no pudo franquear las vallas idiomáticas y legales. No eran refugiados políticos por más que el lenguaje burocrático los incluyera en esa categoría: ninguno había ejercido una militancia antifascista y había sido perseguido por ello. Por lo contrario, muchos habían simpatizado con el régimen y algunos habían ocupado altos cargos en la estructura partidaria.
Religión y nacionalidad
Descartado el falaz etiquetamiento racista subsistía la posibilidad de percibirse y ser percibidos como víctimas de una persecución religiosa. Pero ya dijimos que la memoria colectiva de los judíos italianos no registraba persecuciones violentas en el pasado ni las habían sufrido hasta el día de la partida. Aunque existieron incidentes individuales del orden de la chicana y otros, más graves, que respondían a causas ajenas a las ideologías políticas y religiosas, abundaron las manifestaciones de solidaridad brindadas desde todos los sectores sociales de la población italiana. Desde el coronel que se vio obligado a dar de baja al médico conscripto Mario Sacerdoti pero con lágrimas en los ojos le hizo entrega de la espada en una ceremonia pública hasta el carabinero que, en el puerto de Génova, estrechó la mano de Paolo Segre diciendo "la patria pierde un buen soldado". (...)
Las sucesivas adscripciones a una identidad cultural representada simbólicamente por una nacionalidad -italiana, argentina, israelí- y por un judaísmo que no se define por la religión ni la tradición describen paradigmáticamente los conflictivos sentimientos de pertenencia que caracterizan a la mayoría de los judíos italianos. Es decir, de aquellos que se consustancian con los proyectos políticos de los países que los acogen mientras los mismos se condicen con sus propios ideales. Hasta que el quiebre entre las propuestas ideales y las respuestas políticas inquieta las conciencias individuales y reaviva los cuestionamientos acerca de una identidad que se niega a comprometerse con los fanatismos de turno.
Mientras la discriminación fascista indujo a algunos italianos a reafirmar su pertenencia histórica al judaísmo, otros desembarcaron en la Argentina con sus certificados de bautismo y hubo niños muy pequeños que no supieron durante muchos años que habían nacido judíos. Otros, bautizaron a los hijos que nacieron aquí.
Salvo algunos apellidos conspicuos -Levi o Coen-, los demás no revelaban su origen judío y algunos, los menos, aprovecharon esa circunstancia para disimular sus orígenes en ciertos círculos sociales locales.
Así se tratara de la traducción de los arriba mencionados en Sacerdote, de la referencia a ciudades o ríos epónimos -Castelfranco, Fano, Modena, Ravenna, Segre, Soria, Serni, Vigevani, Volterra- o evocaran múltiples significados -Amati, Civita, Di Segni, Forti, Rabello, Sonnino, Vitale-, todos sonaban a italiano y, además, sonaban bien. No producían la irritación acústica de algunos apellidos del este europeo que valían a sus portadores el peyorativo apodo de "ruso". La explicitación de la condición de judíos de sus portadores, a menudo suscitaba cierta perplejidad en los interlocutores argentinos. Nadie lo manifestó mejor que aquella profesora de historia, del Liceo Nacional de Señoritas Nº 1, al exclamar: "¿Cómo? ¿Italiana y judía?".
Aun sin sentirse víctimas de un etiquetamiento prejuicioso, la desconexión de la identidad construida a través de generaciones en un mismo suelo, hizo que todos se sintieran "diferentes".
La cohesión interna
Los vínculos internos de la colectividad se vieron reforzados, durante los primeros años, por circunstancias internas y externas a la misma. En un caso incidieron los patrones de asentamiento que rigen todos los procesos migratorios en cuanto tienden a establecer una proximidad que facilita la reconstrucción de las redes sociales que definen la pertenencia y aseguran la ayuda mutua. En el otro, se hacía necesario superar los escollos que, en un primer momento, impidieron las relaciones con otros grupos sociales.
Algunos amigos argentinos judíos asumieron el compromiso de mitigar las dificultades de los comienzos. Ellos se encargaron de alojar a los recién llegados en hoteles o pensiones donde, por lo general, permanecieron durante escasos días. En algunos casos, estas etapas transitorias son recordadas como un deprimente encuentro con una realidad contrastante con el ambiente irreal vivido a bordo de los barcos. La recurrente mención a las cucarachas simboliza el aspecto tenebroso de esta "bajada a tierra".
Ir al puerto a recibir a parientes y conocidos constituyó uno de los rituales de iniciación durante los cuales los "antiguos residentes" transmitían sus impresiones veteranas a los "recién llegados".
Un segundo momento, de imprevisibles consecuencias, transcurrió en las pensiones que los hospedaron durante los meses siguientes. Dos de ellas, ubicadas en las esquinas de Esmeralda y Viamonte y Esmeralda y Tucumán, fueron escenarios privilegiados de aquella etapa crucial. Allí recalaron núcleos familiares compuestos por padres e hijos pequeños o adolescentes que se empeñaron por establecer los lazos solidarios destinados a paliar la ausencia de los referentes tradicionales. Los nuevos amigos desempeñaron alternativamente los papeles de los padres, abuelos, tíos, primos o hermanos que habían permanecido en las ciudades de origen.
La estadía en las pensiones, bastante prolongada en algunos casos, fue determinante para la consolidación de los vínculos sociales que religarían a los miembros de la colectividad judía italiana en el futuro. La proximidad de estos "hogares de paso" favoreció la sensación de pertenencia barrial.
Los recuerdos referidos a aquellos primeros tiempos confrontan la prosperidad local con la tradicional pobreza italiana. Aun los que habían disfrutado de una buena posición económica habían sido educados en el respeto por el ahorro y contemplaban azorados las manifestaciones de despilfarro en el "país de las maravillas que era futuro para los inmigrantes italianos de la época".
Asombraba la limpieza de las veredas, la buena presencia de la gente, la ausencia de mendigos tanto como las desproporcionadas porciones de comida servidas en los restaurantes y las "yapas" ofrecidas por los carniceros y verduleros. La visión de los tachos de basura, repletos de restos de comida, suscitaban pruritos moralizadores de respeto por "los niños que no tienen qué comer en el mundo" y soplar o besar el trozo de pan caído al piso antes de comérselo.
Ese primer período de adaptación culminó el 31 de diciembre de 1939. Los inquilinos de la pensión Esmeralda (esquina Viamonte) invitaron a sus nuevos amigos a festejar el Año Nuevo como si nada hubiera ocurrido: ellas, de vestidos largos y ellos, de smoking . Los niños, excluidos.
Dicen que el calor, inédito para quienes solían festejar la Navidad con nieve y el clericó que corrió a mares para paliarlo tuvieron la culpa. Pocos quedaron de pie para resistir sus efectos y las consecuencias fueron nefastas: los helados volaron a través de las ventanas abiertas obligando al complaciente vigilante de la esquina a solicitar un poco de contención. Señoras y señores de educación victoriana fueron precursores del destape en la gran cantidad de habitaciones disponibles. Los del "vino triste" deambulaban alienados repitiendo hasta el cansancio una misma frase sin sentido. Los recuerdos más o menos confusos de aquella noche, pasaron a integrar el folklore de la colectividad. Lo que quedó muy claro fue que en el clericó se mezclaron las tensiones y angustias que dominaban a todos: la guerra había estallado tres meses antes y nadie sabía si detendría el incontenible avance del nazismo en Europa.
Un nuevo hogar
Durante 1940, prácticamente todos se mudaron a sus viviendas definitivas, en departamentos alquilados, de mayor o menor categoría, desde el centro hasta Belgrano. Algunos se instalaron en chalets en barrios y suburbios pero las distancias no aflojaron los afectos que se habían consolidado durante el año anterior. Aunque algunos redecoraron los interiores de sus nuevas viviendas con muebles traídos desde Europa, las previsiones de la mayoría se orientaron a evitar gastos imprevistos durante el período de afincamiento, tan cargado de incertidumbres económicas. Tan es así que algunos recuerdan haber llenado los cajones con ropa y zapatos para los chicos desestimando su rápido crecimiento. Recaudo que sometió a muchos niños al uso de tallas y hormas demasiado holgadas y extemporáneas.
La solidaridad que caracterizó las relaciones personales permitió que algunas mujeres pudieran trascender el ámbito hogareño y desempeñarse en sus profesiones. Parientes y amigas intercambiaron sus roles en el cuidado de los respectivos hijos lo cual permitió a algunas asumir compromisos laborales. En ocasiones, acuerdos provisorios se transformaron en permanentes, como en el caso de Eugenia Sacerdote quien se refiere a su cuñada diciendo: "Y así, empezamos a vivir juntas. Dijimos por seis meses y quedamos juntas treinta años".
Marginados del entorno y de su país de origen las acciones de los integrantes de la colectividad judía se orientaron a consolidar vínculos que perdurarían hasta la actualidad.





