La efímera magia de lo novedoso
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Las zapatillas son el mejor ejemplo. Ni bien se compra un par nuevo se cuidan como si fueran las únicas que uno tuviera. Se usan para la mejor salida, no se calzan los días de lluvia y cuando termina la jornada no se sacan de los pies así nomás, sino que se desatan los cordones, se aflojan los nudos y ahí sí, afuera y bien acomodadas.
Lo mismo pasa con la camisa o la remera nueva. Se usa para una ocasión distinguida, se pone y se saca por arriba de la cabeza con cuidado, para no estirar el cuello o, en el caso de la camisa, se desabotona con delicadeza, como si fuera el chaleco bomba. Después se dobla prolijamente y se pone en el cajón más libre de porquerías viejas que se tenga. O, si fuera una camisa, se cuelga en una percha nueva, no de madera porque puede tener astillas y enganchar esa joya maravillosa. Obviamente, se usa una percha que no tenga ninguna otra prenda, ni arriba ni abajo de la preciada camisa, y se garantiza que tenga aire alrededor, es decir, que no haya un sinfín de colgajos de tela que la aplasten, la arruguen, la arruinen o la molesten. Se la cuida como si se tratara de un pajarito bebé que recién se cayó del árbol.
Pero no todo se limita a la ropa. Lo mismo pasa, por ejemplo, con un auto nuevo. Al principio se maneja con delicadeza y tacto, con especial atención a los pozos, los baches, los lomos de burro demasiado empinados, los empedrados furiosos y los reductores de velocidad que adornan las autopistas. Si se estaciona en la calle, se revisa que no haya un árbol cerca que pueda desprender ramas asesinas o, en su defecto, que no haya una bandada de pájaros aguardando a hacer sus maldades sobre la pintura. Si se deja en un garage, se prefiere estacionarlo uno mismo, no dejar las llaves a un encargado con pie pesado para el acelerador. Dos veces al mes, al lavadero, a elegir el lavado especial, el que viene con cera o el que tiene teflón para cuidar el chasis. ¿Las patentes? Al día. ¿Multas? No hay, porque es llevado con una gentileza, amor, cuidado y respeto como jamás se vio.
Sin embargo, un día llega el día del quiebre. No se sabe bien cuándo es pero sí que es producto del cansancio, del hastío y de la rutina. Así, se saca la atención de ese cuidado tan particular por las zapatillas, la camisa y el auto y se pone el foco en el apuro por llegar al trabajo, o en la mancha de humedad que apareció de la nada en la cocina, o en el amor del pasado que asomó por ahí a chismosear.
Entonces ahí se termina el tacto que alguna vez se tuvo con las zapatillas. El día fue largo, el pie se metió por error en un charco y una vez en la casa el descalce es así nomás, sin desatar los cordones, empujando un pie con el otro, como se hacía de niño. Ni hablar de la remera, la camisa, la blusa o el saco: se quita de un tirón, en un solo movimiento y listo.
Y ni hablar del auto. Esa gema sacada de la concesionaria, impoluta, hermosa, única y envidiada por muchos ahora pone a prueba la suspensión con cada pozo que se encuentre. Aquellas frenadas lentas y suaves fueron reemplazadas por detenciones al ras del auto que se encuentra adelante, no aptas para vertiginosos. Y los sábados de lavados obligatorios se convierten, en realidad, en una excepción trimestral. Las capas de tierra sobre el chasis hacen dudar sobre si tenía que ser llevado a un lavadero o a un museo para que lo vean los arqueólogos. Tanto se dejó estar que los muchachos del lavadero descubren qué modelo es una vez que terminan su labor. Y entonces, cuando ya sea retirado del lavadero, aparecerá la gran mentira, que se repitió con las zapatillas, con la camisa y sucederá una y otra vez hasta el fin de los tiempos: “Esta vez lo voy a cuidar”.










