
La era de la modernidad progresista
Es imposible diagnosticar y tratar los problemas por los que atraviesa la Argentina y el mundo actual sin entender la confrontación de ideas planteada entre la modernidad y la posmodernidad. El debate ideológico entre ateos y creyentes, "zurdos" y "fachos", conservadores y liberales, comunistas y capitalistas, neoliberales y neokeynesianos, remite a categorías de la razón. Son debates del pensamiento moderno. Pero el debate que en la actualidad condiciona el futuro en el nuevo siglo es el que enfrenta las ideas y los valores heredados de la modernidad con las ideas y valores de la posmodernidad. Permea la realidad, trasciende a los distintos ámbitos sociales, y, en última instancia, enfrenta el culto al corto plazo con los desafíos de un futuro posible.
El primer filósofo que desarrolló el concepto de modernidad para referirse a una época fue Hegel. Las expresiones "tiempos modernos", "neue zeit", "temps moderns", "modern times", han servido para caracterizar una cultura cuyas raíces pueden retrotraerse hasta el Renacimiento y que se prolongan hasta nuestros días. Tal vez por su contemporaneidad, la génesis de la posmodernidad es más difusa. Muchos intelectuales posmodernos toman como hito de referencia histórica el mayo francés del 68. De allí provienen Jean François Lyotard, Gilles Lipovetsky, Micheil Leiris, Bernard-Henri Lévy y Jean Baudrillard, entre otros. Pero las raíces del pensamiento posmoderno se remontan al revisionismo de Federico Nietzsche (1844-1900) y tienen como hito contemporáneo a Michel Faucault (1926- 1984). Recordemos que uno advirtió sobre la "muerte de Dios"; el otro, sobre la "muerte del hombre".
El pensamiento moderno abreva en la metafísica del ser de Parménides; un ser inteligible que, con sus tributos (único, inmóvil, ilimitado, inmutable, eterno), ha constituido la savia de los metarrelatos religiosos y racionalistas que, a través de veinticinco siglos de historia, han procurado dar sentido y explicación a la existencia del ser humano como sujeto en el mundo y en la historia. La posmodernidad es una vuelta, un retorno a Heráclito, para quien no hay un ser estático y trascendente. El existir es un perpetuo cambiar, un estar constantemente siendo y no siendo; un ser y dejar de ser en el instante. La primera reacción del pensamiento moderno frente al replanteo posmoderno fue la descalificación: era "absurdo" e "irracional".
Sin embargo, la renovada "racionalidad de lo efímero" floreció y ganó audiencias en la medida en que la modernidad, con su monopolio de la razón y su proyecto de futuro, empezaba a exhibir una brecha notoria y creciente entre las expectativas generadas y los resultados alcanzados. Además, los excesos cometidos en nombre de dogmas religiosos o racionales abonaron el escepticismo y la crítica a la herencia moderna.
La "deconstrucción" de los metarrelatos con pretensiones explicativas del ser, libera el sujeto, pero al mismo tiempo lo desestructura. Nietzsche advirtió que, a consecuencia de ello, aumentaría la angustia existencial en el individuo y en la sociedad. Había que aprender a navegar la nada. El "superhombre" de Nietzsche es, al fin y al cabo, el que está en condiciones de surfear el devenir, de encontrar sentido existencial en el instante presente. La posmodernidad sustituyó el proyecto moderno con su ideal de progreso, por una suerte de "no" proyecto ocupado del presente, que se convirtió en la religión de lo efímero.
La sociedad posmoderna ha generado y promovido un caleidoscopio de experiencias y sensaciones para convivir con lo efímero: el consumo bulímico o existencial (para ser) encabeza la lista. La sociedad posmoderna requiere e impone liderazgos oportunistas, consustanciados con el instante de poder presente, y refractarios a proyectos sujetos a rendimientos futuros. Para maximizar la gratificación del instante presente, la cultura posmoderna ha encontrado un vehículo político en las ideas populistas. Populismo y posmodernidad operan sobre la experiencia y las sensaciones y rinden culto al corto plazo. La simbiosis ha retroalimentado el arraigo social de ambos. El populismo posmoderno hoy cruza transversalmente todos los partidos políticos, los de derecha y los de izquierda; a veces se mimetiza de conservador, y a veces de progresista.
Los partidarios del Tea Party y los indignados de Wall Street, por citar un ejemplo, detestan a los banqueros y quieren cerrar la Reserva Federal de Estados Unidos. Sus coincidencias no abrevan en razones modernas, si no en las sensaciones del instante presente. Hay izquierdas que representan el proyecto moderno, e izquierdas populistas posmodernas. Hay derechas modernas y derechas populistas posmodernas. El diálogo y la búsqueda de consensos dividen aguas entre populistas (por derecha o por izquierda) y quienes no lo son. Entre quienes reivindican el proyecto moderno y quienes se identifican con el pensamiento posmoderno.
También el debate económico entre neoliberales y neokeynesianos ha sido impregnado por estas ideas (hay neoliberales modernos, y otros que son populistas; y hay neokeynesianos modernos y otros que son populistas).
El matrimonio entre populismo y posmodernidad tiene su razón de ser, y hasta puede que sea comprensible su auge actual. Pero este matrimonio es responsable de la crisis que hoy padece la economía global. La crisis mundial (recidiva de una enfermedad que se manifestó en 2008 y que fue mal diagnosticada y peor tratada) es una crisis de la economía y de la política posmoderna. En lo político expresa la renuncia a ideales y la falta de proyecto en la que derivó la acumulación de corto plazo y el culto a las sensaciones en el "imperio de lo efímero". El "no" proyecto del populismo posmoderno, el eterno presente de la "cultura de la satisfacción", están probando sus límites. La sumatoria de cortos plazos ha arrastrado al planeta a problemas que comprometen el porvenir, donde las soluciones presentes ya no pueden ignorar las consecuencias futuras.
Por restricciones materiales, sociales y ambientales, ya no se puede depender del consumo bulímico para superar la crisis y sostener el crecimiento. Sería como cavar para salir del pozo. El desarrollo sustentable dejó de ser una opción, hoy marca el rumbo y condiciona el presente. Urge concertar políticas a nivel global que se traduzcan en inversiones de largo plazo para consolidar un nuevo patrón de crecimiento y consumo. De allí surgirán nuevas demandas y nuevos empleos. Urge conciliar los desafíos presentes de la justicia social con las demandas de la justicia social intergeneracional. Lo que no sólo compromete planes y programas relacionados con el medio ambiente; también involucra el stock y los flujos previsionales en una población mundial que todavía crece y envejece. Urge erradicar la pobreza con metas de corto, mediano y largo plazo, y políticas y programas consecuentes. Todo esto requiere reformar y democratizar muchas instituciones internacionales, pero el avance de la gobernanza en el mundo global también debe realizarse con criterio estratégico. Las instituciones financieras internacionales deben alinear sus objetivos de manera que la interdependencia global pueda operar políticas contracíclicas.
¿Es posible decidir y obtener resultados en todos estos frentes sin un proyecto de largo plazo? Un proyecto donde importa el pasado y se aprende de los errores, y donde las decisiones presentes se toman teniendo en cuenta el futuro. Pero la idea de proyecto y de futuro remite de nuevo a la racionalidad moderna, no a la deformada por los vicios del absolutismo dogmático y los nefastos experimentos de ingeniería social que fueron su consecuencia, sino a la modelada por los límites del constitucionalismo y el Estado de Derecho. La racionalidad de la tolerancia y la democracia plural; la del ideal de progreso y de justicia social. La de la educación igualadora de oportunidades, la de "m’hijo el dotor" y el ascensor social. La del esfuerzo presente en aras de un futuro posible.
Esa modernidad progresista es la que deberá incorporar a su visión de futuro los desafíos del siglo XXI y plantear una alternativa a la posmodernidad populista. Esa modernidad progresista debe expresarse en nuevos liderazgos. Vuelve el turno de los estadistas, aquellos que descuentan el futuro a tasas bajas, porque el futuro tiene para ellos valor presente. Líderes capaces de militar en una contracultura de lo efímero, consustanciados con las políticas de largo plazo que se imponen para salir del atolladero del presente cortoplacista.
El autor fue secretario de Energía de la Nación






