La ESMA jamás dejará de ser lo que fue

Norma Morandini
Norma Morandini PARA LA NACION
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16 de diciembre de 2020  • 00:10

¿A alguien se le ocurriría decir ex-Auschwitz? El más tenebroso de los campos de concentración del nazismo, cuya mención retrotrae y simboliza el Holocausto y el exterminio de millones de judíos. No decimos ex-La Perla, ex-Olimpo, ex-Automotores Orletti, ex-Mansión Seré, solo algunos de los nombres de los campos de detención clandestina que poblaron el país en los años en los que el Estado se hizo terrorista y utilizó las mismas armas que decía combatir. En cambio, la ESMA, el más tenebroso de los campos de la Marina, la Escuela Mecánica de la Armada, se nombra con el prefijo ex. Si bien es correcto anteceder el prefijo ex a lo que ya ha dejado de serlo (exgordo, exmarido, exlegislador), la ESMA jamás dejará de ser lo que fue: el más tenebroso experimento de crueldad que unió a "los réprobos con sus demonios, al mártir con el que encendió la pira", tal como describió Jorge Luis Borges en una crónica memorable escrita el día en que asistió al Juicio de las Juntas y escuchó el testimonio de uno de los sobrevivientes de la ESMA, Víctor Basterra, obligado a falsificar la documentación que sirvió para que algunos de los marinos se quedaran con las pertenencias de sus secuestrados, sus casas, sus autos, sus campos.

En la ESMA murieron miles de personas, vivieron engrilladas, torturadas; otras, como mis hermanos, arrojadas al agua en los fatídicos vuelos de la muerte. Muchos sobrevivieron, por sus testimonios sabemos que mantenían comunicación con sus familias, salían a trabajar a los ministerios, podían estar sentados a nuestro lado en alguna parrilla de la Costanera

En la ESMA murieron miles de personas, vivieron engrilladas, torturadas; otras, como mis hermanos, arrojadas al agua en los fatídicos vuelos de la muerte. Muchos sobrevivieron, por sus testimonios sabemos que mantenían comunicación con sus familias, salían a trabajar a los ministerios, podían estar sentados a nuestro lado en alguna parrilla de la Costanera. Es el lugar en el que se conmemoraba la Navidad y aparecía Massera para saludar a los presos desaparecidos, el lugar donde se preparaban los informes de prensa para contrarrestar las denuncias contra la dictadura y la documentación para hacer de Massera el nuevo Perón, las megalómanas ambiciones del más político de los integrantes de las Juntas Militares. ¿Será por esa promiscuidad que rápidamente se le agregó a la ESMA el prefijo "ex", se la congeló como museo sin participación democrática, fue apropiada por el gobierno de Néstor Kirchner, sin ninguna resistencia del gobierno de la ciudad? Un museo que por su sola existencia niega ese prefijo y hace sospechar que la verdad entera es aún más espantosa.

Fue en el acto del 24 de marzo de 2004; la locutora oficial, con énfasis estridente, leyó el texto escrito en los despachos de la propaganda y estrenó la denominación "ex-ESMA". Néstor Kirchner, el presidente de la Nación, o sea, de todos, hizo su discurso para "los compañeros", en nombre del Estado pidió perdón y ofendió la memoria histórica al ignorar al presidente Alfonsín y su decisión de restaurar el Estado democrático de la manera más auspiciosa: con el juicio y la condena a las juntas militares. Desde entonces, el imponente edificio de la Avenida del Libertador se convirtió en un reducto kirchnerista, con organismos que por la filiación partidaria niegan la universalidad de los derechos humanos, la verdadera negación expresada en "ex": los derechos humanos en nuestro país han dejado de ser universales para ser la apropiación de una concepción antidemocrática que hace de los montoneros los mártires de la historia, como fue festejado este último 10 de diciembre. Sin que se repare en que en el mismo lugar en el que se recuerdan los vuelos de la muerte se glorifican los aviones que fueron a Malvinas. Es ese continuum que contamina las napas más profundas de nuestra historia, en la que solo hay víctimas, verdugos y mucha falsificación, lo que cancela cualquier humanización para que asumamos las responsabilidades que cada uno de nosotros tuvo en esa tragedia colectiva, sin lo cual cuesta caminar de corazón abierto y compasivo hacia una auténtica reconciliación democrática. Sin mentiras.

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