
La espera y las banderas
José Miguel Varas Para LA NACION
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COPIAPO, Chile
Cuando llegamos a la mina San José, entre las lomas gentiles de la cordillera de la Costa, nos recibieron las 33 banderitas chilenas del cerro. Fuerte sensación de déjà vu : es que de veras las habíamos visto. Como las vieron y las pintaron en sus hojas de dibujo los niños de cinco y seis años del prekinder y el kinder del English Institute, el colegio ñuñoíno [de Ñuñoa, un barrio del Gran Santiago de Chile] donde están dos de mis nietas. Llegué a la mina con la gran carpeta que contiene esos dibujos y la entregué a la oficina municipal de coordinación, con la esperanza de que los vean los niños de los mineros y conozcan las soluciones que ofrecen los niños de Ñuñoa: que lleven un gran robot (un robot bueno) y los saque; que les den un monopatín para que puedan subir por esas galerías inclinadas. Una chiquita de cinco años pide que les den una pala para que puedan cavar. Otra quiere que les manden manzanas.
Las banderas flameaban al viento de Copiapó con su alegría inocente, sus colores de bandera chilena y su diseño tan simple, tan infantil. "Mi banderita chilena con su cara de caballo", dijo una vez Neruda en Montevideo, mirando la que colgaba de un mástil inclinado en diagonal ante el consulado de Chile. Si se fijan, tiene en realidad cara de caballo, aunque hace falta un poeta para descubrirlo.
Caminamos por el cerro áspero, a tropezones, pisando piedras angulosas, mirándolo todo, tratando de saber o de entender o de sentir. Es una especie de cráter muy abierto en torno a la entrada de la mina. Detrás de unas redes negras de plástico se está haciendo la enorme losa de concreto que servirá de base a la tremenda máquina que perforará la roca y que mandó Codelco. ¿Qué sería de nosotros sin Codelco?
En lo más alto del anfiteatro, en un sector doblemente vigilado, están las autoridades. Invisibles, intocables. Fuerte custodia de carabineros con cara de pacos. No hay acceso. A veces descienden en autos poderosos, sin mirar más que hacia adelante. Detrás, una nube de polvo. "El único ministro que conocemos es el de Minería, el del nombre difícil, ése estuvo con nosotros; si fuera candidato votaríamos todos por él", dice un minero que trabaja en otra mina, y está aquí porque su hermano es uno de los 33. De manera espontánea se reproducen los estratos sociales herméticos del país, de la ciudad. El nivel superior -gobierno nacional- sería algo así como el barrio La Dehesa. Más abajo, digamos a la altura de Las Condes, está el gobierno regional. En el siguiente peldaño, más amplio, están las cuatro municipalidades de donde provienen los mineros: Copiapó, Vallenar, Caldera, Tierra Amarilla.
Hay un sector para niños, una oficina de coordinación y, lo más importante, el comedor, donde se dan alimentos gratuitamente a los familiares. Producto de donaciones a las municipalidades, de instituciones y empresas. Unas voluntarias de la Cruz Roja andan por ahí distribuyendo naranjas y manzanas. En el comedor municipal, sobre las toscas mesas con cubierta de melanita, están almorzando algunas mujeres. Una Virgen con manto dorado y niño en brazos, de tamaño más que natural, preside el comedor. A cierta altura, dentro de una especie de botiquín con puerta de vidrio, está la diminuta imagen de oro y plata de la querida Virgen de la Candelaria.
Cuando se supo que estaban vivos hubo aquí una enorme explosión de júbilo. Pero las caras se alargaron y la euforia pasó a medida que se fue tomando conciencia de la espera de tres o cuatro meses que está por delante y de las dificultades del rescate. Los vieron, los vimos en el video recibido desde el pozo, animosos, sudorosos y flacos. Ahora dicen que estarán de regreso para la Pascua. Quizás.
Las pocas mujeres con las que logramos hablar no sonríen. Responden preguntas y callan. Están esperando y saben que tienen que seguir y seguir esperando.
Las 33 banderitas flamean al viento frío de la altura copiapina. ¡Qué gran año para la venta de banderas chilenas! La gente las compró por el terremoto, por el Mundial, por el derrumbe de la mina San José. Y seguirá comprándolas por el Bicentenario. Cuántas más comprarán cuando por fin se produzca el difícil parto y los mineros salgan al aire libre después de ascender hora tras hora tras hora por ese pozo estrecho de 700 metros. © El Mercurio/GDA





